Instalado en Córdoba, ya afianzado en su camino de joven folklorista, Raly Barrionuevo editaba en 1996, y en plan de aventura autogestiva, su primer disco: El principio del final. El músico nacido en Frías, Santiago del Estero, venía recorriendo las peñas universitarias desde comienzos de la década, dándole forma a una particular interpretación de la tradición sonora de la que había bebido desde niño en su tierra natal. Más de 20 años después, ese debut con nombre urgente y definitivo juega un enriquecedor contrapunto con 1972, su nuevo disco, en el que el cantautor viaja a los inicios de su vida y de su arte. Con el año de su nacimiento como título, una foto familiar ilustrando la portada y una docena de composiciones que incluye valsecitos, zambas y tonadas, el santiagueño rescató esas postales de cuando todo estaba por comenzar.

La idea de 1972 surgió en un momento muy particular para Barrionuevo. Y así lo cuenta: “Antes de la pandemia ya tenía un agotamiento de 20 años de tocar. Me fue bien en ese tiempo, pero se me acumuló el cansancio y me di cuenta de que me podía dar el lujo de parar la pelota y retirarme por un rato. Disolví el grupo y así, estando totalmente solo en mi casa de Unquillo, empecé a buscar archivos y me encontré con un material que había quedado grabado, y afuera, de mi disco de 2009 Radio AM. Lo volví a escuchar y pensé que tenía que terminar ese homenaje a mi mamá, a Elvira Ceballos, a toda la gente que se había ido y que amaba esas canciones tradicionales”. Así fue como el músico convocó nuevamente al guitarrista y arreglador Luis Chazarreta para retomar aquellos registros sonoros que habían empezado junto con la pianista Elvira Ceballos y Daniel Barrionuevo en bombo legüero. “Calle angosta”, “Zamba de la añoranza” y “La ene ene” eran algunos de ellos. Con nuevas intervenciones, encontraron su forma definitiva en este nuevo lanzamiento.

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–¿Cuántas canciones tenían ya grabadas de las que se editaron en 1972?

–Todas, menos “Febrero en San Luis”, que la agregué junto con la versión en vivo de “Alfonsina y el mar”. Porque con Elvira decíamos siempre de grabar esa zamba para el disco, pasó el tiempo, no lo hicimos y falleció. Pero un sonidista que trabaja conmigo me dijo que tenía el audio de uno de los programas que hago en la radio de la Universidad de Córdoba, Nada del otro mundo, que una vez hicimos desde un teatro y tocamos con Elvira esa zamba. Entonces decidí agregarla y eso cerró la idea del disco. Además, mi voz estaba descansada, mucho mejor por haber estado un año sin cantar en público, así que canté todo de nuevo y lo terminé. Mi sueño era mezclarlo con el Portugués Da Silva y fue muy loco, porque cuando fui a Buenos Aires él me iba contando que un montón de esas canciones las había grabado en sus versiones originales: “Esta la grabé con Troilo, esta con aquel…”, y así.

–El disco tiene un repertorio de chacareras, valses, zambas, tonadas, y hasta el tango “Y dicen que no te quiero”, además de las participaciones especiales de Ramón Navarro y Daniel Altamirano. ¿Cómo surgieron?

–Yo ya tenía hecha la grabación de “Patio de la casa vieja”, pero lo llamamos a Ramón (Navarro), él habló con el Portugués (Da Silva) que había grabado la canción con los Quilla Huasi y bueno… Ramón estaba en un momento especial, encerrado por la pandemia y surgió que podía grabar algo en una sola toma. “No sé si podré cantar, pero sí te puedo hacer el recitado”, me dijo. Y al final se envalentonó y grabó unas voces hermosas. Cuando le hice escuchar eso a León Gieco se puso a llorar, no lo podía creer. Es una medalla muy preciada haber cantado con don Ramón Navarro una zamba suya. Y grabar con Daniel Altamirano fue muy fuerte, sus canciones fueron muy importantes para mí, tanto las de Los Altamirano como de él solista. Un gran artista Daniel, y un gran decidor, además.   

–Más allá de darle continuidad a esa tradición musical, hay una fibra muy íntima que marca al disco. ¿Qué otros motivos hubo para pintar un paisaje tan personal?

–Lo que yo sentí cuando encontré la foto completa de mi mamá embarazada de mí, en la que estaba mi papá, que con mi hermano conocíamos cortadita…, pensé que estas canciones cantadas hoy por mí se transformaban en un puente para unir esa historia que alguna vez se rompió. Y las ausencias pasan a ser presencias muy fuertes. A partir de ahí le pasé a la diseñadora esas fotos para trabajar sobre esa idea, y la de las cajitas de los recuerdos, como tenía la gente de antes, como la que yo abrí de mi mamá cuando ella falleció. Cosas que, cuando en vida de ella, eran lugares totalmente prohibidos. Uno se transforma en un profanador… Así cerró así la idea. Este disco es como poner un manto de amor sobre mi historia, a través de las canciones y de mi voz.

Aunque aún en tren de grabar 1972 Raly Barrionuevo no pensaba en salir de nuevo a los escenarios, un contacto casual de la pianista Marina Ábalos, hija del legendario Adolfo Ábalos y con quien habían coincidido en la agrupación de Peteco Carabajal, lo hizo cambiar de opinión. “Como no estaba Elvira, pensé que nunca presentaría el disco en vivo. Pero cuando me llegó ese mensaje de Marina, pensé: ‘A esta mujer me la mandó Elvira’. Elvira amaba el sonido de los Hermanos Ábalos. Así que le escribí y le pregunté a Marina si quería tocar. Pianistas hay muchos, pero que tengan ese sonido de piano antiguo argentino, como el de Adolfo Ábalos, hay pocos. Ella dijo que sí, le pasé algunas canciones y le dimos para adelante”.

Se presentaron por primera vez la primavera pasada, en Rosario, sin ensayo previo. El grupo, además de a Ábalos, Chazarreta y su hermano Daniel, incluye a Leonel Guzmán en guitarra. “Ahora estamos tocando en los festivales, que tienen dinámicas muy distintas a la de los teatros, y está bueno llegar con una formación folklórica. Eso me da tranquilidad a mí, sonar de una manera cruda”.

–¿Por “cruda” qué se debe entender, exactamente?

–En los festivales hay una idea predominante de cómo sonar en el escenario, y tiene que ver con una idea de concierto casi libretado. Para mí, desnaturaliza la esencia. Y no me refiero a los instrumentos solamente sino a cómo se plantean hoy las presentaciones. Porque mi música siempre tuvo influencias sonoras de otros estilos. Al principio me dio cosa no tener un bajo, por ejemplo. Pero me acostumbré y me gusta. Y no solo tocamos el disco, sino las canciones mías, y hay momentos en que estoy yo solo con mi guitarra. Lo que quiero decir es que aunque me llevó tiempo, la formación se acomodó a la dinámica festivalera y está muy bien.


Fronteras claras

Para hablar de esos repertorios de 1972 o Radio AM, Raly Barrionuevo repasa su propia historia. “Ambos lados de mi familia son del departamento de La Paz, en Catamarca, de origen campesino. También tengo tíos y tías de la ciudad que venían a casa y todos cantaban esos valsecitos antiguos. Mi papá, a quien conocí muy poco, era cantor y un tipo totalmente gardeliano, teniendo en cuenta la relación de Gardel con la música popular, cuando era una sola y no había esa diferencia que vino después entre el tango y el folklore”, cuenta el músico.

–¿Y cómo sería eso? ¿Qué define hoy, entonces, a la música popular?

–Yo amo a los músicos folklóricos de cualquier lugar del mundo, que quieren a su música, la cuidan, la hacen evolucionar. Que respetan a los mayores y cuya obra no está ajena al contexto en el que viven. Con la música popular argentina, desde el centralismo en que vivimos, la mirada está puesta en músicas que tienen raíz en otros lugares. Incluso, a veces se las considera más argentinas que las que son realmente argentinas. Y para mí son más recreaciones de músicas de otros lugares.

–¿Te referís al rock argentino?

–A los músicos de rock argentino prefiero verlos como músicos folklóricos, que más allá de haber bebido de otros lugares, son artistas argentinos; si no, no los tomaría muy en serio. Si yo quiero escuchar rock voy a las fuentes, a Bruce Springteen. Doy vuelta la idea: ¿cómo sería un grupo de Estados Unidos que se llame La Salamanquera y haga chacarera? Me resultaría gracioso. Pero la conquista fue de allá para acá, y no al revés. Entonces a Fito Páez, que es un artista increíble y que admiro, como a tantos otros tantos con los que incluso he tocado, lo veo como un músico folklórico. Ocurre que se impuso tanto el rock nacional, como una marca, que resulta muy fuerte. Me parece que León (Gieco) fue un nexo muy importante entre la música folklórica argentina y el rock, y es como un padre para muchos de nosotros. Me gusta también el camino que hizo Natalia Lafourcade, por ejemplo. Empezó haciendo algo muy parecido al pop, pero terminó haciendo folklore de su tierra y con mucho conocimiento. Acá muchos hicieron al revés: empezaron haciendo folklore y terminaron haciendo pop. ¿Cómo es eso? Me cuesta asimilarlo. No puedo entender cómo algunos músicos empezaron en el folklore y terminaron en el pop. «

1972 – Raly Barrionuevo

  1. «Amémonos», Carlos Montbrun Ocampo y Manuel M. Flores.
  2. «Zamba de la añoranza», Atuto Mercau Soria.
  3. «La ene ene», Remberto Narváez y Aníbal Cufré.
  4. «A unos ojos», Hernán Videla Flores y Carlos Montbrun Ocampo.
  5. «Si yo fuera río», Carlos Leguizamón y Marcelo Ferreira.
  6. «Calle angosta», José A. Zavala y Alfredo Alfonso.
  7. «La de los angelitos», Adolfo Ábalos y Julián Díaz.
  8. «Vallecito», Buenaventura Luna.
  9. «Al jardín de mi madre», Héctor Marcó y Manuel Ortiz Araya.
  10. «Febrero en San Luis», Néstor Basurto.
  11. «Gato de mis pagos», Fortunato Juárez.
  12. «Achalay mi mama», Ángel Juan Linares.
  13. «Y dicen que no te quiero», José Canet.
  14. «Patio de la casa vieja», Ramón Navarro.
  15. «Alfonsina y el mar», Ariel Ramírez y Félix Luna.
    Arreglos y dirección musical: Luis Chazarreta.

Haciendo camino al andar y Hermano Hormiga

A lo largo de la nota Raly Barrionuevo hará referencia muy seguido a cierta inclinación repentista –si acaso así puede llamarse– sobre los momentos creativos que inspiran sus discos o las señales que guían su camino artístico. Así, por ejemplo, cuando aún estaba queriendo darles forma a las canciones que hoy componen 1972, un viaje a Viena, a Londres y la influencia de los sonidos de Irlanda, desvió el rumbo compositivo hacia lo que finalmente fue La niña de los andamios (2017). “Mi plan es no tener plan. Funciono de esa manera. Posiblemente pare un par de años de nuevo, posiblemente me ponga a tocar canciones con mi guitarra. Estoy muy copado con eso. Ahora se terminan los festivales y pasaré a otro sonido, no tengo un proyecto específico ni mucho menos, y en el poco tiempo que tengo, escribo”, cuenta el músico.
De entre los trabajos que abordó junto con otros colegas, Hermano Hormiga, el dúo que lleva adelante con Lisandro Aristimuño (que tiene su álbum homónimo), es uno de los más singulares. “Con Lisandro, somos hermanos. Estamos conectados todo el tiempo, con todo lo que nos pasa en la vida, está siempre todo latente: coinciden los planetas y de repente hacemos algo. Porque, además de ser mi hermano, es un músico supercreativo y amo su música, y lo que hacemos juntos es algo nuevo: no es ni la música de Lisandro con Raly ni la mía con Lisandro, sino que es Hermano Hormiga, algo especial”, sintetiza el santiagueño.

Foto: Prensa Raly Barrionuevo

Mi Buenos Aires querido

Raly Barrionuevo cerró el verano con una actuación que bien puede considerarse un ritual entre el músico y sus seguidores porteños. El pasado domingo se presentó nuevamente en Ciudad Cultural Konex, esta vez junto con su formación actual de piano, guitarras y bombo, además del bandoneón de Eduardo Ramírez. El músico santiagueño ofreció más de dos horas de canciones, dedicadas no solo a 1972 sino también a composiciones propias. “Inkonexion, mi último disco con banda, lo grabamos justamente en vivo en el Konex. Es un público increíble el de Buenos Aires. Cuando yo era chico, veíamos una vez por año a algún artista que llegaba al pueblo. En cambio el público porteño está acostumbrado de otra manera, tiene otra gimnasia, es muy enamorado de sus artistas y muy ‘mimador’. Y eso se supersiente, el algo muy especial que se vive, como si estuviéramos todos en el escenario”, destaca Barrionuevo.