Buenos Aires, década del 40, barrio del Bajo Flores.

Un niño zurdo baila valses con su madre en fiestas judías.

Sus movimientos son torpes, básicos.

El ritmo no es lo suyo. Todavía.

Lo inscriben en clases de violín. Pero deja.

La música no es lo suyo. Todavía.

Al entrar a la adolescencia, ve una película sobre la vida de Glenn Miller.

Los sonidos de un instrumento compuesto de platos y tambores que salen de la pantalla, lo conmueven.

Se enamora de la batería.

Y es correspondido.

Ahora sí, el ritmo y la música serán lo suyo.

Para siempre.

¿Te acuerdas, Zurdito? Esta es la introducción de la crónica «La batería del Zurdo» que publicamos en 2021 en el libro «La voz de las cosas». Y lo digo en plural porque, aunque el texto va firmado por mí, en realidad lo escribimos entre los dos en esas largas sesiones que tuvimos en tu casa. Café, mate y pipa de por medio, y alguna vez uno que otro whiskey, nos juntamos muchas tardes durante muchos meses para hablar de tu infancia, tu familia, tus amigos, que nunca fueron pocos; y de tu vasta y casi inabarcable carrera musical.

No fue fácil. Algunos recuerdos eran demasiado movilizantes, pero si la emoción te (o nos) superaba, nos deteníamos, nos tomábamos la mano y nos quedábamos en silencio un rato. No había apuro. Compartir esas tardes fue uno más de tus actos de generosidad. Cada tanto te llevaba los borradores impreso porque nunca quisiste tener computadora, ni celular. Leías, releías, subrayabas, me comentabas. Para mí, lo más importante era respetar tu historia. Cuando me dijiste que estabas conforme, que ya podíamos mandarla al editor Roberto Herrscher, sentí que había cumplido una importante misión: muchas personas se iban a enterar de que en Argentina había un músico legendario y querible llamado Enrique Zurdo Roizner.

*

Te quise casi desde que te conocí una noche en que la productora María Zago me invitó, creo que ya hace más de una década, a un asado en casa de su amigo Kevin Johansen. Esa cena fue la puerta de entrada a un mundo de afectos hoy imprescindibles que, a partir de entonces, fueron creciendo en reuniones en las que alternabas chistes judíos (siempre queríamos que los contaras), con anécdotas de tus aventuras musicales al lado de Piazzolla, Mercedes Sosa, Vinicius y tantos más. La lista de los músicos con los que tocaste, de tan larga, es irreproducible. Podíamos escucharte durante horas.

zurdo roizner con Astor Piazzolla
El Zurdo Roizner junto a Astor Piazolla.

Homenaje al «Zurdo» Roizner

Tu sonrisa siempre me pareció la de un nene que acababa de hacer una travesura. Pero cualquier halo infantil se disipaba en cuanto te sentabas frente a alguna de tus baterías y comenzabas a trabajar. La seriedad y la concentración se imponían. Nunca dejaste de estudiar. Eras feliz con tus platillos, toms y baquetas. Con tus hijas Jessica y Mariela y tus nietos Nina y Felipe. También, cuando engrosabas alguna de tus múltiples colecciones de botellas, lapiceras, pipas o casetes. O cuando comías (despacito, bien a tu estilo) alguna carnita, tacos, un guiso. Eras un estupendo y agradecido comensal.

Verlos juntos a ti y a Kevin, o escucharlos hablar a uno del otro, provocaba ternura. La definición de amistad debería incluir sus nombres. O mejor, habría que inventar una palabra para describir su encuentro que tuvo mucho de magia, su relación y ese cariño tan profundo que compartían y que irradiaba a quienes teníamos la suerte de estar cerca.

Si habremos brindado. Celebramos cumpleaños, bienvenidas, despedidas de viajes. O el puro placer de la amistad. Reímos. Hasta bailamos y cantamos al son de mariachis con Kevin, Lala, Kari. Tenías una inagotable capacidad para disfrutar la vida. Después de cada concierto, venía el saludo en camarines, un abrazo, el recordatorio del cariño mutuo. Si pasábamos tiempo sin vernos, nos llamábamos para ver cómo andábamos. 

A la última cena que convoqué en mi casa no pudiste ir porque tenías ensayos con la Orquesta del Tango de Buenos Aires. Luego vino el Fin de Fiesta en el Konex. Querías estar en los escenarios hasta el final de tu vida. Lo lograste.

*

Te escribo ahora, desde México, como una forma de exorcizar la pena inmensa. Enterarme de tu muerte a siete mil kilómetros de distancia de Buenos Aires sumerge a la tristeza en otro estadio. Quisiera abrazarme para llorar con los amigos compartidos, consolarnos, pero habrá que resignarse a la distancia. Entre lágrimas, leo los mensajes de cariño y admiración que se replican en los medios y en las redes y no puedo evitar sonreír. Eras experto en frenar los halagos. «Están equivocados, pero dejemos que vivan con el error», decías ante cualquier alabanza. Generaste mucha admiración, Zurdo, pero, sobre todo, amor. Como bien escribió Liniers: el orgullo de que hayamos sido amigos me va a durar toda la vida.