Acaso una de las ventajas pedagógicas del género documental por sobre otras formas cinematográficas sea su capacidad para dar sentido explícito a un conglomerado de acontecimientos históricos que aguardan, en el tiempo, una actualización permanente, una apuesta hermenéutica que les dé luz, y sentido, respecto no solo de su contexto sino también del pasado y del futuro: porque ningún fenómeno cultural empieza ni concluye al fin únicamente en su perímetro temporal, sino que siempre se teje a partir de ramificaciones ocultas, pretéritas y ulteriores, que van de su inexistencia a su emergencia y posterior transformación. 

En ese sentido, luego de analizar los seis capítulos de Rompan todo: la historia del rock en América Latina el sabor de boca resultante es agridulce. Porque si bien se trata de un proyecto necesario, por momentos palpitante, centrado en reinterpretar lo mejor del rock argentino y sus paralelos latinoamericanos, no deja de ser cierto que la capacidad exegética de la serie es harto limitada: el enfoque, en lo que toca estrictamente al caso argentino (no nos referiremos aquí a los otros países, aunque falte la gran banda uruguaya Opa, de los hermanos Fattoruso), no logra consumar una narrativa concluyente sobre los hitos de nuestro rock y los géneros afines que supimos conseguir. Sí hablaremos de la lamentable ausencia de Brasil, pues la omisión del tropicalismo y el rock anterior y posterior resulta injustificada en tanto se trate, quizá, del caso más rico del continente en obras de fusión de pop, rock y sonidos y ritmos tradicionales. Pero vayamos al momento argentino.

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Presentado con imprecisión, y no exento de polémica, el capítulo (en sentido amplio) argentino pasa sin decantar una síntesis histórica ni una comprensión penetrante del nuestro rock en toda su trayectoria. Pues más allá de los valiosos aportes de Litto Nebbia, Billy Bond, Pedro Aznar, Ricardo Mollo y Fito Páez, cuyas presencias iluminan la parte argentina (o porteña: no se habla de Rosario) del documental, la ausencia de actores clave como Miguel Grinberg (autor del imprescindible Cómo vino la mano. Orígenes del rock argentino), Pipo Lernoud (poeta y letrista de Estoy aquí parado, sentado y acostado), o de periodistas históricos altera el documental al punto de que se llega a omitir al que con justicia es considerado el álbum más complejo, innovador y revolucionario: Artaud.

En paralelo, se perciben excesivas elipsis a la hora de conectar las respectivas carreras de los artistas con sus “momentos cumbre”, algo atomizados en el éxito continental o la mera canonización: Spinetta pareciera que terminó su carrera en el 72 (se obvian el mentado Artaud y su banda predilecta, Invisible, sin repasar Jade ni su trayecto solista hasta Las Bandas Eternas); de Charly se habla hasta Piano Bar; no se menciona al Miguel Abuelo trascendental de la primera etapa; la inmensidad de Federico Moura es despachada en diez segundos por Vicentico, y Fito queda restringido a su best seller… Aun si se da en el clavo al manifestar el relieve de los músicos o las bandas, hay algo que queda desdibujado con la escasa capacidad de síntesis que muestra el documental respecto de cada trayectoria.  

Por otra parte, no se nombra siquiera a Pajarito Zagurí, Aquelarre, Color Humano, Aeroblues, Porchetto, Miguel Cantilo, Polifemo, la Trova rosarina, Riff, Encargados, Fricción, V8, Don Cornelio, Suéter, GIT, Sobrecarga, Hermética, Las Bay Biscuits, Rata Blanca, Pericos, Divididos, Las Pelotas, Ratones Paranoicos… Tampoco hay referencias a los años 50 y principios de los 60, a precursores como el gran Johnny Tedesco o Eddie Pequenino y sus Rockers, entre otros. Y ni hablar de los grupos más interesantes del presente, o de festivales antológicos como B. A. Rock, de cuya primera entrega se cumplieron 50 años en noviembre pasado. Claro que sería imposible y demencial pretender abarcarlo todo con lujo de detalles, pero una propuesta con las pretensiones de Rompan todo debería tener un nivel de investigación más profundo y abordar una amplia constelación histórica con la mayor capacidad sintética posible. 

Desde luego, Brasil está ausente porque allí el rock en castellano no tiene una audiencia considerable. ¿Motivo suficiente para borrar de un plumazo una tradición tan extraordinaria? Si se quería enganchar a Brasil -que como país latinoamericano no puede faltar- hubiera bastado ir del “Rock’n’roll em Copacabana” (1957), de Cauby Peixoto, al III Festival de Música Popular organizado en San Pablo en octubre de 1967, en el que actuó Caetano Veloso acompañado por Los Beat Boys, grupo argentino  formado en La Cueva. El tropicalismo, tal como se expresa en el excelente documental Tropicália (2012), de Marcelo Machado, fue muy resistido por incorporar instrumentos eléctricos y mantener una actitud pop frente al tradicionalismo izquierdista de la MPB. Ahí hay rock, sin duda. Paralamas, Ratos de Porao o Sepultura, entre muchos otros, también pedían presencia. En rigor roquero, la presencia del gran Víctor Jara y de Los Jaivas (un acierto del documental) estaría menos justificada que la ausencia de los tropicalistas o incluso de la Nueva trova cubana.      

Capítulo aparte merecen el excesivo nivel de protagonismo de Gustavo Santaolalla, y el reflote de la estéril polémica con Charly, a quien se llega a tildar de ser incapaz de producir el primer disco de Maldita Vecindad y los Hijos del 5° Patio, que finalmente es producido por… Gustavo Santaolalla. Momento harto innecesario. Luego, Santaolalla puede hablar de Serú Girán como parte del estáblishment (sí había posiciones conservadoras en torno a Serú, pero su música, hoy, está más allá de esa cerrazón) u oficiar como presunto introductor de la new wave en la Argentina con su buen disco Santaolalla, el cual habría sido, según Claudio Kleiman, el “primer disco moderno” e influido en Clics Modernos, donde Charly le habría “copiado” el concepto y la banda (recordemos que G.I.T fue la base de Porchetto en Metegol, de 1980, y ahí fue cuando García los conoció). Pero Clics Modernos es una totalidad, no un tanteo: un disco pop con sintetizadores, cajas de ritmos y samplers, algo alejado del disco de Santaolalla, aunque no tanto de Virus y de Los Abuelos, que en 1982 ya venían rodando y tenían discos en la calle.

Aquí hay polémica: si vamos más atrás en el tiempo y hacemos una comparativa rítmica, armónica y melódica entre, por ejemplo, el hit de Santaolalla, “Ando Rodando”, y “Yendo de la cama al living” (ambos temas son de 1982), la abundancia conceptual, posmoderna, new wave, de Charly, es monumental, y no admite influencia, como querría Kleiman: la búsqueda climática, el trabajo sobre los silencios, el dramatismo y las repeticiones cuasi industriales de la base en “Yendo de la cama al living” estarían mucho más cerca de la frialdad cristalina de Joy Division, si se quiere (aunque la comparación no sea del todo justa, aunque sí aclaratoria) que de una propuesta que, dicho sea de paso, de new wave tiene perfil pero no concepto. Poco se recuerda, en definitiva, que ya antes del final de Serú, Charly reivindicó a Virus y Los Abuelos, anticipando un giro estético descomunal que, antes que descafeinar su música, impulsó su ironía tanguera y la tensión psíquica que lo caracteriza.

Rompan todo: la historia del rock en América Latina no es el último documental que se hará sobre rock argentino y latinoamericano. Pero su pretensión canónica, al denominarse “la” historia, y no (algo más acorde) “una” historia (según Santaolalla), hubiera requerido una mayor inteligencia narrativa y cronológica. Un método más ajustado con el que ir armando el rompecabezas del rock con la mayor amplitud y precisión. No deja de ser una buena noticia que en tiempos de penuria florezca una propuesta que ponga a la música popular argentina y latinoamericana en el centro de la escena. Tal y como estamos, el balance divulgativo será positivo. Sin embargo, al menos en el caso argentino, la miniserie documental se nos antoja una oportunidad perdida con la que hacer justicia a un movimiento artístico único, que pudo mostrarnos la utopía de un país autónomo y culturalmente superlativo.