–¿Cómo va?

–Bien. Digamos.

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–¿Cómo vas llevando la pandemia?

–Casi me pegó un tiro. Decí que pude hacer algún show y discjockear. Sino todo se hace demasiado difícil.

–¿Por qué Odio?

–¿Por qué no? Es un sentimiento que ahora está mal visto. Los boludos que no tienen vida y tratan de tenerla en las redes sociales le dieron mala fama. Pero es un concepto poderoso. Nadie queda indiferente al nombre del disco.

–¿Qué es el odio par a vos?

–Amar cuesta… Amo profundamente a dos, tres… ¿veinte personas? Pero odiar me resulta mucho más sencillo y natural. Este mundo es una mierda, no hay muchas cosas que tengan sentido y ninguna persona razonable puede sentirse cómoda en él.

Niños, niñas, señores, señoras, identidades no binarias de cualquier edad: no repitan en sus casas la actitud de Sergio Rotman. O sí. Después de todo, los sentimientos y/o cómo transitarlos son una prerrogativa personal, siempre y cuando no afecten a terceros. Las palabras del cantante, compositor, saxofonista y ocasional guitarrista pueden sonar al testimonio de un depresivo crónico. A una persona agobiada por la existencia y casi a contramano de cualquier impulso vital. Pero no. Rotman oficia de escéptico implacable, de pesimista consecuente y sin embargo –o al mismo tiempo– es un hacedor incansable.

Para quienes transitan el mundo de la cultura rock Sergio Rotman no necesita presentaciones. Pero acaso algunas coordenadas sean de ayuda para los escépticos. Como parte de Los Fabulosos Cadillacs disfruta de casi todas las comodidades que la aristocracia de la industria de la música regional puede dar. Los escenarios más grandes del continente, hoteles seis estrellas, tocar en el Madison Square Garden, haberse codeado con figuras como Debbie Harry (Blondie), Rubén Blades, Celia Cruz o Mick Jones (The Clash), entre muchas otras. Su aporte en la banda más grande de rock alterlatino que dio la Argentina no es central, pero tampoco es menor. Más allá de idas y vueltas –se registran cuatro portazos oficiales y otros tantos regresos de Rotman a la banda–, aportó más de 17 canciones al grupo que comandan Vicentico y el Sr. Flavio. “Siguiendo la luna”, uno de los máximos hits de los Cadillcs, es el más emblemático.

Pero la pasión según Rotman parece encontrar el mejor ámbito de desarrollo en el under. En ese espacio asoló los ‘90 al comando de Cienfuegos (punk y postpunk herético), se reencontró con algo de esa tradición espesa y febril con El Siempreterno en los ’10 y hasta se permitió alternarlo con excursiones más lúdicas a la música de su adolescencia con Los Sedantes. Paralelamente, sigue oficiando de partícipe necesario de Mimi Maura, la banda comandada por su pareja (nacida como Midnerely Acevedo) que construyó un repertorio poco usual de ska, reggae y boleros, y más de una vez estuvo cerca de dar el salto a la masividad. Existen otras aventuras extracurriculares de Rotman, pero en 2019 el cantante y compositor le puso el cuerpo y el alma a su primer disco solista –en una movida que con humor corrosivo calificó de traición por alguna promesa autoinfringida– y hace un puñado de días lanzó su sucesor: Odio

“Venía de una etapa en la que casi no pude componer y me quería comer las paredes. Digamos que una situación personal de la que no quiero hablar me inhibió esa facultad por un tiempo. Por eso digo que Rotman, mi primer álbum solista, es un disco de covers. No porque sean todos temas de otros artistas. Si mal no recuerdo, tenía sólo cuatro temas de otras bandas o solistas. Pero la única canción que pude componer específicamente para el disco fue “Crisis”. Las otras ya las tenía, algunas incluso las había grabado en un CD que sólo vendíamos en los shows. Entonces fui tomando canciones que ya tenía y grabándolas con otro espíritu y forma, también incluí ‘Amnesia’, un tema mío que habíamos editado en Fabulosos Calavera (Los Fabulosos Cadillacs). Por eso Odio, curiosamente o no tanto, me hace sentir otra vez pleno. La pandemia hizo volar todo por el aire, pude volver a componer y grabamos en el medio de la nada”, destaca el músico.

Rotman –el álbum– estaba alimentado de fervor postpunk, excursiones al reggae existencialista y algún momento más cercano a un pop sombrío, pero con una producción minuciosa y más cristalina. Odio se planta como una continuidad lógica, pero más catártica, urgente y brumosa. Con un sonido más crudo y un aumento en los niveles de punk rock en sangre. Se trata de once canciones escritas por Rotman para la ocasión, que comienzan con lo más cercano a un hit que propone el álbum: “Diamante”, un medio tiempo cantado con Mimi Maura, que habla de silencios, “lágrimas de esclavos” y  olvidos. La despedida del disco corre por cuenta y cargo de la alegría sardónica de “Finalmente”, donde Rotman advierte que te podés ir a dormir y puede que para vos no haya un sol al otro día.

Pero claro, entre el principio y el final del disco pasan muchas cosas. La mayoría determinantes. En ese rubro se destacan el avance sinuoso y entusiasta de “Aves de rapiña” –“de repente sos la presa y lo sabés”–, “Cielo parcialmente nublado” –con una atmósfera casi tribal que sugiere un choque entre Wire y el primer The Police–, el punk-rock/hardcore de “Cielo azul”, el blues moscovita y envolvente de “Vladivostock”, la reflexión etérea y melancólica de “Ido”, “el canto a la vida” flotante de “Morirse” –“Morir es una opción, morirse es una opción…¿de qué sirvió llorar?”– y los ecos de Sex Pistols para la historia de una pelea de pareja de “Casa”, entre otros.

“Estoy muy contento con este disco –confiesa Rotman–. No porque con el anterior no lo estuviera. Pero disfruté de poder hacerlo más allá de todos los pronósticos. Estábamos en la primera ola, todo era incertidumbre y equívocos. Logramos conseguir un estudio y los músicos se fueron copando para venir y dejar lo mejor que tienen. Lo grabé, lo edité, lo pude tocar en un show acorde a estos tiempos y terminó de complicarse todo otra vez. La música se define en vivo. Vos grabás, pero todo se acomoda en los escenarios, adquiere otra dimensión. Por eso en estos momentos la humanidad vive sin música. Es terrible. Tocar en vivo da vida, hace la experiencia completa. Somos seres tribales. Sin la ceremonia nos perdemos la mayor parte de esto. Me sentí muy bien tocando Odio, cosa que no me había pasado con Rotman.”

–¿Qué había pasado con Rotman en vivo?

–No lo sé. Quizás influyó que no estaba pasando un buen momento. Pero sentí que no fluía y seguramente el problema era yo. Me sentí torpe, absurdo. Si hubiéramos podido dar más shows quizás se hubiera acomodado. Pero quedé mal.

–Es muy raro. No hubo quejas de los shows, tenés casi 40 años sobre los escenarios y sos un frontman con mucho carácter.

–Pero creo en lo que uno siente y en que eso se proyecta en la música. El escenario no es un protocolo. Es un lugar donde pasan cosas. Entre la banda y el público presente. El streaming es una farsa absurda.

En Odio participa una selección de guitarristas de rock entre sombras y afines. Una particularidad que no le quita heterogeneidad al álbum –en definitiva comparten idiomas estéticos– y suma matices. La lista incluye a Pablo Martín, Saúl Díaz de Vivar, Florián Fernández Capello, Hernán Espejo, Chivas y Ugo (de normA), Gonzalo Campos, Matías Cugat, Diego Aloé y Ariel Minimal. Sostiene Rotman: “Es una idea que quise hacer realidad desde El Siempreterno. Me acuerdo que llamé a Ariel Minimal para que grabara un solo tema, pero es tan talentoso y tiene tanta sensibilidad y pasión que tocó todas las canciones del primero disco y no paramos más. En el primer disco solista empecé a alternar guitarristas y en Odio no quise perder la costumbre. Me gusta ese juego de personalidades y matices”.

Por estos días Rotman está en Puerto Rico (país de origen de Mimi y centro de operaciones parcial de la pareja), disfrutando algo de las playas y padeciendo también las restricciones de la pandemia. Pero no descansa. Prepara un minishow en vivo y en pocas horas entrará a grabar con músicos locales el EP Canibalismo –una especie de sucesor del EP Aislamiento–. Rotman respira y vive música. Haciéndola y escuchándola. “Es un momento complejo para la humanidad. Decí que a mí me apasiona el under, no especulo y hago lo que quiero. Pero una banda como Los Fabulosos Cadillcs no se puede mover y ni se sabe cuándo podrá hacerlo”.

La tan mentada muerte del rock y la omnipresencia de los no tan nuevos géneros urbanos no pasan desapercibidos a su mirada. Y para expresarse no anda con rodeos: “Yo escucho todo. Pero todo. Y no pasa nada determinante en lo que muchos ven como LA música nueva (risas). ¿Juntan millones de clics? ¿De qué te sirven millones de clics? La gente no te va a ver por tener millones de clics. No le sacudís el alma al que et escucha con millones de clics. Las cosas van y vienen, está todo bien, hay algunas más interesantes que otras, pero el poder de una guitarra eléctrica no va  morir nunca. No se puede doblegar. La escuche más o menos gente, este la industria cerca o mire para otro lado.” «

ROTMAN – ODIO

1. Diamante (con Mimi Maura).
2. Aves de rapiña.
3. Cielo parcialmente nublado.
4. Cielo azul.
5. Pacto de no agresión.
6. Hannet (con normA).
7. Vladivostok.
8. Ido.
9. Morirse.
10. Casa.
11. Finalmente.
Todos los temas de Sergio Rotman, excepto “Vladivostok”, de Sergio Rotman y Gonzalo Campos.

Con una pequeña ayuda de mi amigo

“Es uno de mis mejores amigos. En la adolescencia viajamos a Europa y nos trajimos los mejores discos de postpunk cuando conseguirlos por acá era imposible. Se transformó en un músico genial y nos tenemos mucha confianza. Me puede decir que tal cosa quedó como la mierda y aunque al principio no lo hubiese pensado, lo sigo hasta donde me diga.” Sergio Rotman habla de Pablo Martín, el argentino radicado en Nueva York que hoy forma parte, nada más y nada menos, de Tom Tom Club, la banda de los ex Talking Heads Chris Frantz y Tina Weymouth. En los ’80 Martín trajinaba el under porteño con el grupo El Corte.

Rotman explica: “El sonido obsesivo y detallista de mi primer disco solista es el resultado directo del laburo de Pablo. Él es músico, pero también es ingeniero y productor, tiene una mirada general muy profunda. Sabe lo que quiere y acomoda las cosas donde tienen que estar. En Odio tocó la guitarra y maneja las perillas sólo en cuatro temas. Necesitaba algo más urgente y no quería quemarle la cabeza. Pero siempre es un honor y un placer tenerlo cerca, aunque viva lejos, como amigo y como una referencia musical ideal para charlar y compartir”.