Alberto Kornblihtt es biólogo molecular, doctor en Ciencias Químicas de la UBA, uno de los investigadores más importantes de la Argentina, también docente, e integra el directorio del Conicet; pero es, sobre todo, un obsesivo.

Tiene distintos archivos de Excel con listas. En uno de ellos relevó los 38 países y 410 pueblos y ciudades que visitó en sus 66 años. No extraña viajar. “Estoy más desesperado por abrazar a mi nieto, no puedo hacerlo desde que empezó la pandemia”. Otra lista contiene el nombre de las 2269 películas que vio en su vida. Las últimas fueron la canadiense Antigone; y Vértigo y Cuéntame tu vida (ambas de Alfred Hitchcock), una de las preferidas de su madre, y su introducción al psicoanálisis.

Su director favorito es Woody Allen. A modo de homenaje, utilizó la tipografía Windsor en la tapa de su flamante libro No, no está bien. Está mal, que lleva como subtítulo Una pasión argentina por la ciencia (y por el arte y la política).

Dirige el Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias del Conicet-UBA. En la universidad, es docente de Introducción a la Biología Molecular y Celular desde hace 30 años. En la primera clase les advierte a los 300 alumnos que no crean todo lo que está en los libros. Del suyo, el texto que más le gusta es “La Duración de los Días”, donde hay, dice, “ciencia pero también La Luna, de Bertolucci”. Relata cosas como que “nadie cuenta que la vida se originó cuando los días duraban 9 horas”. Y hasta desentraña el dilema del huevo y la gallina.

–¿Qué aspectos de nuestras vidas cambiarán por la pandemia?
–Va a cambiar el cuidado con el que se viaja en grandes distancias, sobre todo en avión. La gran difusión del virus es por la gran difusión de los viajes. Quizás también haya una revisión de la construcción de grandes ciudades para arriba, con tanta aglomeración y transporte público hacinado. Como un efecto positivo de la pandemia, el uso de plataformas como Zoom va a limitar las reuniones personales innecesarias en el trabajo. Las clases no. Anhelo que volvamos a la presencialidad, porque el vibrar con los alumnos tiene otro color y otro efecto.

–¿Cómo viste el debate de la presencialidad, sobre todo en CABA?
–Como una resistencia injustificada a un DNU, amparada en un sector de la sociedad para el cual es un trabajo muy grande que los niños estén en la casa y prefieren que estén en el colegio. Y son los sectores de derecha, como el Gobierno de la Ciudad y quienes lo apoyan, que le están quitando a la izquierda la capacidad de desobediencia. En la historia de la humanidad, los sectores más desobedientes de las reglas eran los revolucionarios, y ahora es la derecha la que desobedece un decreto basado en restringir la circulación, no en restringir la educación. De nada sirve decir que los chicos no se contagian dentro del aula. Y pongo en duda que si estos sectores fueran gobierno nacional no habrían adoptado la enseñanza virtual, amparados en que sus países de referencia, como Alemania y Francia, lo hicieron.

En la constelación Kornblihtt surgen nombres clave. El Nobel Luis Federico Leloir es uno. En su Fundación Campomar entró a trabajar en 1977. “Era sumamente original y creativo, sencillo y austero”. También figura su amigo y maestro Francisco “Tito” Baralle, que le propuso hacer el posdoctorado en su laboratorio en la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, cumpliendo algo que él ya se imaginaba a los 16 años: hacer ciencia en el país de Newton, Darwin y los Beatles. Alberto, su esposa Etel y su hijo Juan vivieron en Oxford de 1981 a 1984. En el medio, la Guerra de Malvinas. “Por estar en el país enemigo, el Conicet suspendió mi beca posdoctoral en 1982. Los ingleses asumieron el pago de mi sueldo”. En la constelación aparecen el Nacional de Buenos Aires, sus padres y el tango. También el rector fascista de la UBA, Raúl Zardini, que “en una oportunidad trajo al cura Raúl Sánchez Abelenda para exorcizar el Aula Magna”, habitada por los demonios del marxismo. Y hasta Rosa Guaglianone, la docente de Biología de cuarto año que le enseñó a Kornblihtt a no conformarse con lo aparente. “Hasta ese año no sabía lo que era una célula”.

–Decís que la escuela debe ser un lugar para disfrutar del conocimiento, y que eso no está ocurriendo.
–En este momento, con la pandemia y el papel abnegado que están cumpliendo los docentes, no les podemos pedir cambios en la manera de enseñar para cumplir con ese deseo. Hubo cambios, pero los mayores tienen que ocurrir en la escuela secundaria. La inyección de pasión tiene que venir de los institutos de formación docente.

–En pandemia se escucharon argumentos como “infectadura”. ¿Qué se hace ante eso?
–Los científicos tenemos que aclarar ciertas situaciones fundamentalmente con la evidencia y el razonamiento lógico, pero no es algo que podamos solucionar por nosotros mismos. Hay una tendencia internacional, relacionada con el relativismo cognitivo y con la new age, a considerar las afirmaciones según el grado de personas que las apoyan y no según el grado de evidencia que las sustenta. Es un problema serio. No toda decisión tiene que basarse en la ciencia, pero debe tener algún tipo de motivo que no sea dogmático o caprichoso. Y cuando una persona dice “nos quieren envenenar con esa vacuna”, levanta adhesiones, pero no tiene ningún fundamento ni sustento racional. A veces es muy difícil refutar eso, porque quienes adhieren no escuchan otros argumentos, se conforman con aquella afirmación que les gusta. Es un problema casi de gusto. Una posición frente a la vida donde se privilegia lo individual a lo colectivo y lo solidario. En ciencia tuvimos en el Ministerio, luego degradado a Secretaría, una exacerbación del concepto de emprendedurismo. (Luis) Barañao decía que los científicos tenían que producir puestos de trabajo y fundar sus propias empresas, y tener ideas que permitieran una transferencia a la actividad comercial o productiva. Pero eso se da cuando hay una demanda de un sector social o médico, como el caso de la pandemia. La investigación científica es una construcción colectiva. Los avances se dan por grupos de trabajo, no una persona que tuvo una idea genial.

Si algo le sorprendió del virus “es su ir y venir sobre la capacidad de mutar”. Pero Kornblihtt cambia el tono de voz cuando habla de la muerte. En el libro cuenta que le tocó perder a padre, madre y hermanas a temprana edad. ¿Cómo sobrevivir siendo el único sobreviviente?, se pregunta. Y sitúa la primera vez que tuvo noción de que la gente se puede morir de una gripe: fue de adolescente, cuando leyó La tregua, de Mario Benedetti. Hoy hay casi 700 fallecidos diarios por un virus. “Me duele muchísimo que mueran 700 personas por día, eso es en la balanza tan grave como que esté afectada la economía, no puedo mirar para otro lado. La cantidad de muertos por día obliga a tomar medidas restrictivas de circulación porque esto todavía sigue: estamos entre los cinco países con mayor número de contagios y muertos diarios por millón de habitantes. Frente al número de muertes cotidianas hay una insensibilidad tanto de los sectores que enfrentan al gobierno como de los que lo apoyan. Si cayera un Jumbo argentino todos los días, sería tapa de los diarios de todo el mundo. Y serían evitables muchas de ellas, por ejemplo, si cerramos las fronteras más fuertemente, porque ahora entra la variante india”.

Una ley promisoria para la ciencia

Kornblihtt, miembro del directorio del Conicet, valoró la reciente Ley de Financiamiento de Ciencia: “Es muy promisoria. Si se cumple es la primera vez que tenemos una ley realmente pensada para aumentar la inversión estatal. Implica un aumento del 15% año a año del porcentaje y se votó por unanimidad”. La iniciativa legislativa también promueve la igualdad de género y la tendencia a la federalización. Para Alberto, este último punto no es tan fácil: “Como miembro del Directorio puedo asegurar que hacemos esfuerzos y hay iniciativas para el federalismo, pero no puede ser: ‘Bueno, hago un ingreso a la carrera para X provincia, que no está muy desarrollada en ciencia’, porque eso solo no es una herramienta de promoción. La persona tiene que ir a un lugar con cierta infraestructura y masa crítica. Por lo menos, en ciencias experimentales, la manera de promover el federalismo es generando institutos, laboratorios y edificios, dotándolos de todo lo necesario para hacerlo más atractivo, que sirva como núcleo de atracción. El federalismo es mucho más caro que simplemente destinar recursos humanos”.

La discusión con la senadora macrista que dio título al libro

En 2018, Alberto Kornblihtt expuso en el Congreso a favor del aborto legal. Instó a pensar “en los genetistas que hacen diagnóstico prenatal, detectan que el embrión va a nacer con una enfermedad no curable y se lavan las manos al no garantizar la opción de la interrupción del embarazo”. La senadora radical Silvia Elías de Pérez lo inquiere: “Ha dicho que si los médicos detectan que el embrión va a nacer mal y no recomiendan un aborto es lavarse las manos”.

AK: –No dije recomendar.
SEP: –Bueno.
AK: –En todas partes del mundo donde se permite el aborto hay lo que se llama genetic counseling. Si se hace un diagnóstico prenatal y se sabe que el niño va a nacer con una enfermedad para la que no hay cura, se le informa a la madre de la posibilidad de interrumpir el embarazo.
SEP: –O sea que usted está propiciando el uso eugenésico del aborto.
AK: –No, es la voluntad de la madre.
SEP: –Pero está claro que si detectan que es un niñito con síndrome de Down…
AK: –No dije síndrome de Down, dije una enfermedad incurable. ¿Usted cree que el síndrome de Down es una enfermedad?
SEP: –Una discapacidad.
AK: –¿Usted cree que el síndrome de Down es una enfermedad? Lo dijo usted.
SEP: –Está bien…
AK: –No, no está bien, está mal.