El nombre le puede sonar a padres o abuelos de niños pequeños: los pterosaurios fueron reptiles voladores característicos de la época de los dinosaurios. Y en lo que hoy es Argentina hubo, y muchos. Y se podrá decir que, al menos por ahora, aquí vivió el más grande de Sudamérica.

Un equipo científico de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCUYO) presentó a Thanatosdrakon amaru: la segunda palabra alude a una deidad quechua, la primera significa “dragón de la muerte”. Se trata de una especie de reptil volador, de entre 250 y 66 millones de años de antigüedad y de 9 metros de largo que, según los investigadores, es el más grande de nuestro continente.

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Estos ejemplares de saurópsidos arcosaurios voladores existieron durante casi toda la era Mesozoica y fueron los primeros vertebrados en conquistar el aire. Así lo detallaron Bernardo González Riga y Leonardo Ortiz, responsables del descubrimiento y miembros del Museo y Laboratorio de Dinosaurios de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales y del Instituto Interdisciplinario de Ciencias Básicas de la UNCUYO. Sus alas estaban formadas por una compleja membrana sostenida por el cuarto dedo de la mano, que estaba hipertrofiado.

Los restos de «Thanatosdrakon» se hallaron en la zona de Malargüe, al sur de la provincia de Mendoza, en un yacimiento minero cercano al río Colorado, en rocas de fines del período Cretácico.

“En el lugar encontramos dos ejemplares de lo que jamás se halló en toda Sudamérica, los restos de dos pterosaurios. Se encontraban excepcionalmente preservados y corresponden al esqueleto axial (vértebras) y al esqueleto apendicular (huesos de los miembros anteriores y posteriores) de dos ejemplares, uno más chico que el otro. Del primero y más grande también se pudieron encontrar algunos restos óseos, como el húmero; del segundo, pero más joven, todo un reservorio de material óseo. Lo lamentable del descubrimiento es que no podemos develar las causas de su muerte, o si son madre o hijo”, detallaron.

El descubrimiento tuvo su origen en los trabajos de Leonardo Ortiz para su tesis doctoral como becario del Conicet, en los que analizó los aspectos evolutivos y paleoecológicos. Así pudo identificar que Thanatosdrakon es una de las especies voladoras más grandes del mundo.

Ante todo una aclaración, o desmitificación: no era un dinosaurio. Tampoco un ave. Explica Ortiz: “Los pterosaurios fueron un grupo muy singular de animales que vivieron desde el Triásico hasta el Cretácico y representan los primeros vertebrados que adquirieron la capacidad de volar activamente. No son dinosaurios, aunque sí convivieron con ellos durante decenas de millones de años”.

“Tampoco son aves –continúa–. Aparecieron unos 75 millones de años antes y los antepasados de ambos son muy distintos. Se presentaban en diversas formas y tamaños. Algunos eran pequeños como gorriones, y otros, tan grandes que cada ala medía tanto como un colectivo mediano. Como las aves actuales, volaban, ponían huevos y tenían una vista muy aguda, con grandes ojos para divisar mejor la comida desde el aire a distancia”.

Según expusieron, este hallazgo es de suma importancia para la paleontología local, no solo debido a que los huesos presentan características singulares nunca vistas en otros ejemplares hallados, sino que nunca se encontró, en el mundo, ejemplar con estas características de conservación. Gracias a eso, pudieron recrearlo en 3D. “Esto nos indica que estábamos ante una especie nunca antes vista en el planeta, por eso su nombre”, explicó el paleontólogo.

De huesos y deidades

El apodado “Dragón del Mar” perteneció al clado Azhdarchidae, un grupo de pterosaurios del Cretácico Superior del cual forma parte el ya famoso Quetzalcoatlus, el pterosaurio más grande del mundo, que fue hallado en México, llamado así por la deidad azteca Quetzalcóatl (la serpiente emplumada).

“El ‘Quetzalcoatlus’ es un género extinto de pterosaurios pterodactiloideos del Cretácico Superior en Norteamérica, y uno de los mayores animales voladores conocidos de todos los tiempos. Como nuestro ‘Thanatosdrakon’, ‘Quetzalcoatlus’ era un miembro de los azdárquidos, una familia de avanzados pterosaurios sin dientes, con cuellos rígidos e inusualmente largos, tenía un pico muy agudo y afilado. Lo que caracterizaba a ambos era su cresta craneal, muy presente en la especie”, explicó.

Otro aspecto de Thanatosdrakon que llamó la atención es la anatomía y el tamaño de sus huesos, que corresponden a un espécimen gigante: uno de los más robustos del mundo.

«Es inusual hallar numerosos huesos de pterosaurios de gran tamaño y en buen estado de conservación. Este aspecto es crucial, ya que ‘Thanatosdrakon’ preserva elementos nunca antes descubiertos en los otros ocho azdárquidos gigantes encontrados en el mundo, ni siquiera en el ‘Quetzalcoatlus’. Esto se debe a que su esqueleto y, más precisamente su columna vertebral, nos habla de huesos con características neumáticas que, a nuestra interpretación, le permitían descender con gran rapidez y atenuar su caída. Si bien hay mucho trabajo por realizar en este ejemplar, todo indicaría que estamos ante un hallazgo inusual en la historia de la paleontología mendocina y del planeta», sostuvo el experto.

El hallazgo también enfatiza la importancia y los desarrollos del Laboratorio y Museo de Dinosaurios de la UNCUYO. Un tipo de área de investigación que no suele ser muy usual. El Laboratorio de Dinosaurios ya había hallado anteriormente a Notocolossus, uno de los más grandes del mundo, o las huellas de dinosaurios excepcionalmente preservadas, denominadas Teratopodus.

González Riga destacó la importancia de tener un laboratorio y museo dedicado a estudios tafonómicos y de preservación paleontológica: “En Mendoza como en Argentina, es importante el rol del Conicet y de las universidades nacionales, dado que favorecen el desarrollo de vocaciones científicas y la formación de jóvenes investigadores que realizan importantes estudios de relevancia internacional, tal como es el caso de Leonardo Ortiz. Por ello, es importante vincular sinérgicamente investigación, docencia, socialización de la ciencia y formación de recursos humanos, aspectos que dan proyección social y valor científico a los bienes paleontológicos de nuestro país”.