La disputa pública entre Dolores Etchevehere y sus tres hermanos varones –Sebastián, Juan Diego y Luis Miguel, el de perfil más alto acaso por su antecedente como presidente de la Sociedad Rural y ministro de Agricultura de la gestión de Mauricio Macri– expuso, entre varias mezquindades arraigadas, la violencia económica estructural que sufren las mujeres en el campo.

De acuerdo a datos de la Organización de las Naciones Unidas de la Alimentación y la Agricultura, más conocida como FAO por sus siglas en inglés, las mujeres están al frente de más de la mitad de la producción de alimentos en el mundo, aunque sólo el 14% de ellas son propietarias de las tierras. En Argentina, la tendencia se mantiene: apenas el 20% de las explotaciones agropecuarias de todo el territorio son administradas por mujeres, según un relevamiento del Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI) – Somos Tierra.

“El caso de Dolores sirvió para poner sobre el tapete un tema que estaba prácticamente invisibilizado y es que la propiedad de la tierra está en manos de los varones”, señala Mónica Polidoro, presidenta de la Asociación de Mujeres Rurales Argentinas Federal (AMRAF).

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Para la representante de un sector históricamente postergado, se trata de un “tema cultural” que está íntimamente relacionado con el actual modelo extractivista.

“Teniendo en cuenta –justifica– que la mayoría de la producción agroecológica está en manos de las mujeres, me permito pensar que si la tierra hubiera sido propiedad de las mujeres el modelo sería otro”.

Para Eve Kloster, militante del MTE (Movimiento de Trabajadores Excluidos), el Proyecto Artigas es “una punta de lanza en términos de feminismo popular”, y agrega que, “si bien Dolores ha sido una despojada, en la ruralidad, es decir, las campesinas, las trabajadoras de la tierra y las compañeras de los pueblos originarios sufren una opresión más fuerte”.

“El acceso a la tierra para las mujeres –explica– es un problema estructural que tiene que ver con un sistema machista y patriarcal que existe hace muchos años. Esa violencia se ejerce sistemáticamente y nuestras compañeras del pueblo pobre, trabajadoras de la economía popular, son quienes la sufren más”.

Por último, Kloster insiste en que “el Proyecto Artigas también viene a mostrar la necesidad de pensar un modelo agrario sostenible con las trabajadoras de la tierra dentro de todo el proceso, y con una perspectiva rural haciendo énfasis en la necesidad de poner en valor el desempeño de cada una de las mujeres”.