La genealogía fue durante siglos un asunto más o menos exclusivo, una ciencia de linajes nobiliarios, impulsada por estirpes interesadas en preservar la pureza de su descendencia, o el entretenimiento de familias patricias en busca de ancestros que dieran lustre a prosapias de cabotaje. Hoy se ha convertido, felizmente, en una disciplina al alcance de cualquier hijo de vecina. Y el principal impulso se lo dio internet. Millones de personas en todo el mundo se queman literalmente las pestañas frente a la pantalla rastreando a sus antepasados en bases de datos que son cada vez más profusas y reúnen, digitalizados, un número inmenso y siempre creciente de actas de bautismo, de matrimonio, de defunción, biblioratos enteros de registros civiles, de iglesias y cementerios de todo el planeta, también censos de población y archivos migratorios. Un gigantesco acervo documental, disponible online, para resolver el rompecabezas de los orígenes, saber quiénes fueron y de dónde vinieron los que nos preceden en el frondoso árbol de la vida.

La piedra angular de esta movida que crece exponencialmente se fijó mucho antes de que existiera la web, en 1894, cuando se fundó la Sociedad Genealógica de Utah, en Estados Unidos, con el propósito inicial de reunir información geneálogica de los difuntos y honrarlos en sus ceremonias. Esa misión se expandió. Hacia 1938, la entidad, dependiente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, comenzó a microfilmar página por página los registros de nacimientos, casamientos y muertes, primero los de su credo, luego los de otros, construyendo la biblioteca de documentos de utilidad genealógica más grande del mundo. Mucho después llegó internet y, en 1998, nació el sitio FamilySearch.

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“El fin principal es preservar la historia familiar. Con el correr de los años se fue aplicando siempre la mejor tecnología disponible. Y desde 2002 se avanzó definitivamente hacia la digitalización de todo ese acervo documental, que queda enteramente accesible para todo el que quiera reconstruir su propia historia, ahora en la nube, con backups permanentes”, explica Carlos Cantero, gerente de FamilySearch para Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay.

El número crece a cada segundo. Hoy son más de 4700 millones las imágenes digitalizadas en las que el usuario puede, con un poco de paciencia y otro poco de fortuna, encontrar la partida de nacimiento de su abuelo, el matrimonio de sus bisabuelos, si eran migrantes la lista de pasajeros del barco en el que llegaron, y así hacia un pasado cuyo único límite es la curiosidad.

Ahora bien, la web permite buscar pero también armar, con los datos recogidos, el propio árbol genealógico. La estructura es colaborativa. “Actualmente hay 8 billones de nombres cargados en la plataforma. Cuando cargás tus datos, la página linkea con la información ya disponible. Pero además, si esa información aparece en el futuro, porque FamilySearch hace un nuevo acuerdo con un gobierno o una comuna y se digitaliza material de otro registro civil u otra iglesia y surge alguna coincidencia que puede interesarte, te avisa”, explica Cantero. El eslogan es sencillo: “Empieza con lo que sabes y construye un puente al pasado. Te ayudaremos a llenar los espacios en blanco”. La ayuda es literal. La iglesia de los mormones tiene más de 5 mil centros de historia familiar dispersos por el mundo, con voluntarios que dan soporte web y telefónico para guiar en el uso del sitio, que no tiene fines de lucro.

No es el único buscador genealógico online. Hay muchas empresas, que poseen sus propias bases de datos y en general suscriben acuerdos de uso con FamilySearch. Las principales son MyHeritage, Geneanet –ambas con mucha documentación europea–, Ancestry Inc. –focalizada en América del Norte–, Geni y FindMyPast. El mecanismo de navegación es “freemium”, es decir, la búsqueda es libre y gratuita hasta que la exploración se complejiza y obliga a entrar en reservorios de datos que tienen dueño. Casi todas ofrecen softwares para construir árboles genealógicos, linkearlos con los de otros usuarios y dejarlos en la nube. Y apuestan a un servicio que está revolucionando las pesquisas: análisis de ADN para identificar, en sus bases de datos genéticos, personas desconocidas con ancestros en común (ver aparte).

Vilamaniscle, Fontanaluccia

Abogado, director de un área jurídica, Miguel Freixa tiene gimnasia en la lectura de fojas y fojas y asegura que, con un golpe de ojo, puede identificar los datos esenciales de las miles de antiguas actas manuscritas que ha fatigado por años en busca de sus ancestros: los nombres y las fechas, la parte reveladora de cada registro digitalizado. “Ahí donde el sacerdote o el escribiente del registro civil, también los copistas medievales, dibujaban mejor la letra, con más cuidado y a veces con una pluma más gruesa, está el dato importante: por ejemplo, el nombre del niño bautizado, los de sus padres. El resto es una fórmula, ‘puse óleo y crisma’, y ahí el trazo de la escritura es más mecánico”, explica.

Cuenta Freixa que es el resultado de una “rara mezcla, por parte de mi padre, de catalanes y criollos más una parte holandesa, por mi abuela que vino de Groningen, y de judíos por parte de mi madre. En mi familia paterna había una fuerte tradición oral, en las reuniones, en la sobremesa, básicamente relatos sobre los ancestros criollos. Evidentemente, a mí siempre me interesó saber: de chico conocía los nombres de mis ocho bisabuelos, no era algo habitual. Ahora bien, cuando no había herramientas online, la posibilidad de investigar más era muy limitada. Mi bisabuela criolla era Cepeda, y durante mucho tiempo creí que descendíamos de Diego de Cepeda, oidor de la Audiencia de Charcas, que era un tipo despreciable, pero después, ya con acceso a documentos antiguos digitalizados, descubrí que mi ancestro era un homónimo, contemporáneo de ese Cepeda, vecino fundador de Santa Fe, que aparece en una lista de permisos para salir a cazar vacas para vender los cueros. Mis tías eran las que contaban, pero mi padre no. Y en 2012, cuando falleció, empezamos a tirar de la piola, ya con más recursos online, y entendí por qué: a través de FamilySearch, encontré en Vilamaniscle, el pueblito de Gerona de donde llegaron los Freixa, las partidas de nacimiento de él y sus hermanos, que eran hijos adúlteros de mi abuelo con otra mujer”.

Susana Tazzioli, profesora de historia de Casilda, en Santa Fe, confiesa que “jamás” se había interesado por la genealogía, “hasta que un día me preguntaron por el origen de mi familia y ahí me cayó la ficha de que no sabía por dónde empezar a buscar. Mi hermano mayor, que había conocido a mi abuelo, sabía de qué pueblito había venido: Fontanaluccia, en Emilia-Romagna. Y después, un conocido me contó que los archivos de los mormones eran los más completos, así que me metí en una computadora muy vieja que heredé de mi hija, cuando se fue a vivir a España, y la verdad, no salí nunca más. Encontré a mi abuelo, y después seguí, porque cuando descubrís algo, querés más, y te vas apasionando, al punto de quedarte toda la noche inspeccionando uno por uno folios de actas manuscritas de hace dos siglos, guardadas en una parroquia de un pueblito italiano perdido en la montaña”.

Su punto de partida fue un censo santafesino de 1887, en FamilySearch. Y después, Antenati, una web oficial del Ministerio de Cultura italiano donde las comunas van volcando sus registros digitalizados. “Buscando te vas dando cuenta todo lo que tienen que saber los genealogistas: idiomas, historia, geografía”. Susana aprendió a bucear en ese caos de nombres, “porque encima todos los Tazzioli se llamaban Domenico”, hasta que un dato lateral le confirmaba que había dado con el ancestro correcto, y también entendió por qué a la entrada de la chacra en Casilda había un castaño, “que allá era el alimento fundamental, esa semilla la trajo mi bisabuelo gringo”.

Las búsquedas de Miguel y Susana los llevaron a esas aldeas entrañables, Vilamaniscle y Fontanaluccia, como una forma de cerrar un círculo, pero continúan. Las de muchos otros están por empezar.

Kits de ADN para hallar parientes por el mundo

Los kits de ADN son el último avance de la pesquisa genealógica. Varias las empresas los comercializan. “Encuentre nuevos familiares que usted nunca pensó que existían”, prometen. Sin análisis de sangre ni saliva, se trata de un pequeño hisopo que se frota en la mejilla y se envía al por correo al laboratorio. Se asegura privacidad (los datos son encriptados) y el resultado está disponible en cuatro semanas. Lo que se obtienen es, en porcentajes, una estimación del componente étnico de la persona, y una estimación de origen geográfico, con bastante precisión: no Italia sino, por ejemplo, la región de los Abruzzos. MyHeritage entrega resultados discriminando 2114 regiones distintas.

Esos resultados se comparan con la base de datos genéticos de cada empresa y, entonces, aparecen parientes, más o menos lejanos. “La precisión del estudio de ADN es notable –dice Miguel Freixa–. Yo tengo primos sextos en Holanda, que encontré a partir de la búsqueda genealógica y con los que tenemos ancestros en común. Lo sabíamos, pero pudimos corroborarlo con el ADN, en una población relativamente endogámica como era la del noreste de Holanda cinco generaciones atrás”. En cualquier caso, las posibilidad de hallar coincidencias está sesgada por la “clientela” de cada firma, en función de la región de la que obtiene más perfiles genéticos para comparar.