Luego de haber publicado ensayos sobre su profesión, la arquitectura, durante la pandemia le dio rienda suelta a su vocación por la ficción. El resultado fue una novela de más de 400 páginas, “En cuatro palabras”. En ella desarrolla una historia que tiene que ver con su origen familiar en la que se mezcla el minucioso dato histórico con la ficción.

Nuestro origen es parte sustancial de nuestra identidad. Por eso, por lo general, en algún momento de la vida, cuando nuestros mayores comienzan a irse y dejamos de tener a nuestro lado a quienes fueron los archivos vivientes de nuestra historia familiar, intentamos recuperar esa historia que nos dicen quiénes somos.

Pablo Pschepiurca, arquitecto, escribió sobre historia de la arquitectura y, siempre tentado por la ficción, también relatos breves que nunca publicó, hasta que la posibilidad de  escribir una novela le tocó el hombro y decidió acceder a ese llamado. El resultado fue una extensa novela, En cuatro palabras (Paradiso), una suerte de rescate ficcional y, a la vez, histórico de su propio origen.

En ella pone en escena cuatro personajes, sus cuatro abuelos, nacidos a fines del siglo XIX y que vivieron vidas migrantes signadas por sucesivos pogromos, guerras y revoluciones. Ellos son Mendel, Sara, Jeudith y Gersh, todos nacidos en pequeños pueblos ubicados en lo que hoy son Polonia y Ucrania. Todos ellos tuvieron como destino la ciudad de Buenos Aires, donde vivieron y murieron en la primera mitad del siglo XX.

Sos arquitecto y si bien has escrito sobre arquitectura e incursionaste en la ficción a través del relato breve, ésta es tu primera novela,  tiene más de 400 páginas y se nota en ella una formación literaria ¿Cómo te largaste a hacer una obra de largo aliento? ¿De qué modo te formaste en la ficción?

-Soy muy lector. Fui formado en una casa donde la lectura, el arte y la  política eran centrales. La verdad es que siempre quise escribir ficción. Mi trabajo como arquitecto es un trabajo profesional, pero durante muchos años hice historia y crítica de la arquitectura. Publiqué un libro en colaboración que se llama La red Austral que es la historia de la revolución de Le Corbusier desde 1925 hasta su muerte en 1965. Pero no es un tratado, sino que está planteado como un libro de espionaje. El gusto por la escritura siempre lo tuve. Escribí algunos cuentos breves que nunca publiqué.  Con la novela se dieron varias circunstancias.  Por un lado, la pandemia me abrió un periodo de tiempo muy importante y, por otro, con  el temor al contagio, a la muerte, se despertaron algunos fantasmas.

-¿Y cuál fue el disparador?

-Una pregunta fuerte por mi origen. Mi familia murió tempranamente. Tengo muy poca referencia familiar y con la que tengo empecé a hacer una investigación que me llevó algunos a puntos fijos. Tuve, además, la fortuna de cruzarme con la editora Julia Saltzmann. Se me fueron imponiendo preguntas cómo dónde vivían mis antepasados y  de qué forma. Mi madre me había dejado una especie de cuadrito familiar, pero yo lo perdí. Quería escribir una novela y no tenía una historia. Aunque ésta es  una frase ambigua. No tenía una historia de mi origen. De pronto me empezó a ganar la historia de los tres imperios de fines del siglo XIX y principios del XX y logré averiguar sobre los cuatro puntos fijos donde nacieron mis abuelos que luego fueron los personajes y eso lo respeté a  rajatabla porque me pareció que sería lo que le daría verosimilitud al relato. Con estos elementos reales fui armando una especia de rompecabezas, una estructura. Tenía tres repositorios fundamentales: una gran caja que me dejó mi mamá, con postales, cartas, etcétera en ruso y en idish que nunca había ni discriminado ni traducido y me puse a hacerlo; el libro de Mendel que es una suerte de Aguafuertes porteñas escritas en idish que son una denuncia del capitalismo y un libro de una tía abuela escrito en idish y en una versión rústica que nunca nadie había leído ni se había ocupado de traducir; en él contaba su infancia en el pueblo de Talne.

-¿Fueron tus fuentes?

-Sí, los tomé como como fuentes documentales. Si bien soy un lector contemporáneo y leo los libros que hoy se escriben de autoficción, poco adjetivados y con muy poca descripción, yo estaba ganado por otro terreno en donde me vi sumergido. Entonces la escritura me salía con un relato, con un narrador en tercera persona y con descripciones muy largas.  Tenía ganas de reivindicar esas lecturas de mi infancia que me tenían tardes enteras sumergido en un mundo del cual no podía salir. Esa es la literatura que me constituyó a mí como adolescente. Me pareció que una manera de romper con eso era que estos personajes subieran a los barcos que los trajeron hasta aquí  y que luego de 30 años, ya cerca de la muerte, empujados por toda esta historia miraran un poco hacia atrás. Estos personajes que hablan en una primera persona desmesuradamente porteña y tanguera iban a entrar en una colisión lingüística, lo que iba a terminar de darles carnadura.

-¿En qué te modificó meterte tan profundamente en esa historia que tiene que ver con tu origen?

Por ignorancia yo creía que parte de la generación de mi padre fue la protagonista de un ascenso social, cultural y  económico, fue la generación profesional, la que fue a la universidad, la que tuvo otros intereses, la que discutió  de arte…

-¿Y no fue así?

En realidad Mendel ya era un intelectual de primera, leía a Schiller,  hablaba cuatro idiomas, era tan romántico como marxista y tan políticos como poeta. Era una generación que, a partir de la revolución de 1905,  se había integrado a la vida urbana de una manera potente, que había cambiado su forma de ser, de vestir,  de pensar,  que había roto con los rabinatos más reaccionarios. En la novela, Mendel, porque esto sí es todo ficción, va siguiendo al Ejército Rojo a cada una de las ciudades en las que forma gobierno. Su proyecto es llegar hasta Varsovia y luego acompañarlo hasta Berlín. Él está con la Revolución mundial y, de pronto, se encuentra con que el Ejército Rojo es derrotado y él queda totalmente expuesto. De ahí la huida.

Foto: Diego Martinez @ildieco_diegomartinezph

-El libro tiene una gran investigación por detrás.

-Sí, es una ficción apoyada en miles de datos de la realidad y creo que eso es lo que le da verosimilitud. Yo estoy muy vinculado a la historia a través de la arquitectura, aunque no soy un historiador. Creo que la novela es verosímil porque todo lo que está escrito puede ser probado.

Pero el tema de la verosimilitud o tiene que ver con la verdad histórica, sino con la coherencia interna de la novela, con la credibilidad que un texto tenga más allá de que esté basado en hechos reales o no. Y esto lo manejaste muy bien en la novela porque más allá de los hechos históricos como la Gran Guerra no se distingue qué es ficción y que no.

-Por eso en el posfacio aclaré qué era real y qué no o más bien qué estaba documentado y qué no. De todos modos, la verosimilitud admite una huida desmesurada como por ejemplo la huida de Polonia donde salen todos un poco menos que corriendo y en calzoncillos llevándose las joyas y los baúles. Hace poco,  me  pidieron en una entrevista que me hicieron para un suplemento que dijera cuáles eran algunos libros que influyeron fuertemente en mí. Y en esos libros  hay verosimilitud, pero al mismo tiempo esa verosimilitud admite  lo desmesurado como sucede en La guerra la guerra del fin del mundo de Vargas Llosa, Sinfonía napoleónica de Antonhy Burgess, Años de perro de Günter Grass.

– En este sentido, está escrita a contrapelo de lo que se escribe hoy.

-Sí, y eso lo hice a propósito. Eso soy yo.

-Supongo que te hiciste un esquema previo de la novela. Pero luego, la escritura se fue imponiendo y quizá te llevó hacia otro rumbo. ¿Cómo manejaste esa tensión sin apartarte demasiado de la historia de tus abuelos?

-La estructura no es la historia de mis abuelos. Sí es aquello que mis antecesores dejaron en mí. Por eso había algo de eso que me salía solo. También empecé a encontrar universales. Mendel es un muchacho con un conflicto muy fuerte con su familia, con una vocación  cosmopolita, militante. Le gusta vagar por las ciudades, tiene un amor por el espacio que es mi propio amor por el espacio. Yo recorrí minuciosamente cada uno de esos lugares que no existen más y que hubo que reconstruir.  Fue una reconstrucción ardua, pero muy placentera de cada uno los barrios judíos tanto de Lublin como de Varsovia y de Uman.  Mendel es finalmente un hombre desencantado al que la tortura lo marca. Es muy naif. Cree que jamás le pasará nada porque no es un hombre de acción, es un hombre de palabra y cree que a la palabra se contesta con la palabra. Pero ve que a la palabra se contesta  con palos y esos palos los encuentran tanto en Europa como cuando viene aquí y reniega enseguida el Partido Comunista y tiene una experiencia de ruptura permanente con cada uno de los lugares y, siempre defendiendo sus ideales, muere en  1934, luchando contra el ascenso del nazismo que se había producido en 1933. Esta preocupación por la humanidad y por la redención del hombre,  la despreocupación, por sí mismo, el hecho de no tener pertenencias, sino de pertenecer al mundo y al fluir del progreso es lo que me interesó de Mendel. En Sara me interesó muchísimo la fuerza de su personalidad. De Gersh es de quien menos sabía. Fue un hombre nacido para ser contable como efectivamente lo fue durante 30 años en la cooperativa y que, por cuestiones de la vida, le tocó ser un aventurero y salir a pelear contra los molinos de viento y salvar a su familia. Tuve que controlarme para no desarrollar demasiado los personajes secundarios. Si fuera por mí, no hubiera dejado de escribir nunca mientras escuchaba música de Erik Satie