Desde el 20 de marzo, el día que entró en vigencia el DNU que impuso el aislamiento social preventivo y obligatorio en todo el país, el lobby anticuarentena fue ejercido de distintos modos por diversos actores: el Círculo Rojo, los medios concentrados, el ala dura de la oposición y una heterogénea fauna de caceroleros y terraplanistas que salieron temerariamente a protestar poniendo en riesgo a toda la población. Pero entre las muchas industrias cuya actividad quedó vedada por razones de profilaxis contra la aglomeración de personas y para prevenir el contagio, está la industria de la fe. Y desde ese sector también se hace escuchar, cada vez con más fuerza, el rechazo a las medidas sanitarias del gobierno.

Nobleza obliga, la Iglesia, particularmente la católica, presenta manifestaciones muy diversas, desde los curas villeros que inmediatamente aprontaron salas de aislamiento para vecinos con síntomas leves en los barrios vulnerables y un Papa que tempranamente advirtió que “nadie se salva solo” ante la pandemia, pasando por el apoyo del arzobispo porteño Mario Poli a las medidas, hasta la exaltación de feligreses como Elisa Carrió, que tuiteó que “el Santísimo está secuestrado” cuando supo que Horacio Rodríguez Larreta había decidido postergar la reanudación de las actividades religiosas.

Pero es un hecho que la imposibilidad de impartir misa con normalidad se está convirtiendo en una afrenta del gobierno para los sectores más conservadores del catolicismo.

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Días atrás, la Corporación de abogados Católicos difundió un comunicado en el que alertó contra “un modo de gobernar no acorde al ordenamiento legal”, entendiendo que “la decisión de continuar el confinamiento y la asunción de los riesgos sanitarios de las actividades autorizadas, corresponden ser tomados por toda la sociedad a través del Congreso Nacional y las legislaturas locales”.

El documento postula que “el ejercicio del derecho de profesar libremente el culto, de forma que los ciudadanos puedan poner en manos de Dios todos esos dolores y angustias, ha quedado seriamente restringido ante la imposibilidad de efectuar ceremonias en forma pública. En el caso particular de la Iglesia Católica, pese a su calidad de persona de derecho público y de los principios de derecho internacional que le reconocen libertad y autonomía en su actuar, garantizados en el Concordato entre la Santa Sede y la República Argentina, se ha visto también afectada por la prohibición de la concurrencia de personas a la celebración de la Santa Misa y la administración habitual de los sacramentos”.

El texto lleva la firma del presidente de la Corporación, el abogado Pedro Javier María Andereggen, protagonista de sonados episodios de la militancia antiderechos, como la presentación de varias cautelares para impedir abortos no punible en hospitales porteños, una estrategia jurídica que ya había utilizado en 2009 contra los primeros matrimonios igualitarios, y antes, en 2004, para provocar la clausura de una exposición de obras de León Ferrari.

“Pedimos a María de Luján, nuestra Patrona, que nos proteja y libre de la pandemia y que ilumine a nuestras autoridades en las medidas que deben adoptar”, cierra el comunicado de Andereggen.

A mediados de julio, el cardenal Mario Poli, arzobispo de Buenos Aires, sumó su voz a una carta conjunta entregada al jefe de gobierno porteño, firmada también por el gran rabino Gabriel Davidovich, de la AMIA; el eparca armenio Pablo Hakimian; y Iosif Bosch, arzobispo de la Iglesia ortodoxa griega. Le pidieron que autorice la reapertura de los centros de oración, para permitir a los fieles elevar sus plegarias contra el coronavirus.

La misiva, titulada “Los derechos del pueblo argentino de relacionarse con Dios y practicar su culto en todo tiempo”, los jefes de las Iglesias dicen que “nuestros credos no son una actividad esencial sino una necesidad vital para la población”. Y se dijeron profundamente preocupados por “cómo se intenta invisibilizar a Dios. Aparentemente se lo ha corrido de la escena, como si la superación de lo que nos desafía solamente estuviera en manos de un estado omnipotente”.

“No pedimos privilegios ni nada que ponga en riesgo la salud”, dice la carta, pero advierte: “No olvidemos que el resultado siempre está en manos de Dios. El mismo Dios que ordena ir al médico es el Dios que cura”.

La situación terminó de escalar la semana pasada, cuando sacerdotes de la diócesis de San Rafael se rebelaron y dieron la comunión –la hostia–  en la boca a sus devotos, no en la mano como habían acordado la Iglesia y el gobierno mendocinos. La Conferencia Episcopal les pidió que fueran leales a su obispo y respetaran las medidas de prevención. La disputa terminó con el cierre del seminario de ese bastión ultraconservador, que se originó en el Instituto del Verbo Encarnado, creado por seguidores del obispo integrista Adolfo Tortolo, vicario castrense durante la última dictadura cívico-militar.

Sin embargo, a contramano de los abogados ultramontanos y la cúpula de las iglesias, buena parte de los creyentes parecen haber comprendido cabalmente cómo hay que obrar ante una crisis sanitaria como la que enfrenta el mundo.

Sin ir más lejos, y en vísperas de una de las manifestaciones de fe habitualmente multitudinarias que el catolicismo ofrece en la Ciudad de Buenos Aires, la parroquia de San Cayetano realizó su primera misa virtual ante el patrono del trabajo, ante la imposibilidad de recibir en el santuario del barrio de Liniers a la cantidad de gente, creciente en épocas de crisis, que cada 7 de agosto van a pedir pan y trabajo para ellos y los suyos.

“Los santos atienden en todos lados”, dijo el párroco Alejandro “Toto” Vignale luego de la primera misa, en una demostración de que se puede tener fe sin poner en riesgo la salud de todos. “San Cayetano no tiene ningún problema y está gustoso de ir a la casa de todo el mundo”, agregó en diálogo con la agencia Télam.

En efecto, y para evitar aglomeraciones, este año no habrá misas con la presencia de fieles en San Cayetano. La comunión entre el santo y sus devotos será virtual. Las misas serán transmitidas a través del sitio web www.sancayetano.org, en la página de Facebook y el canal de YouTube del Santuario San Cayetano y por www.radiopanytrabajo.com.ar

El cardenal Poli debió pedirle a los fieles que “recen desde sus casas, prendan una vela al San Cayetano que tienen en sus altarcitos, porque Dios sabe escuchar la oración de los devotos donde se encuentren. Nosotros celebraremos las misas dentro del santuario, que podrán ver por televisión y por las redes, y vamos a poner las intenciones de todos ustedes. Que esta peregrinación no sea con los pies sino con el corazón”.

Fuera del AMBA, los oficios religiosos vuelven lentamente en las provincias. Esta semana se habilitaron en Chubut, con un máximo de 30% de ocupación de la capacidad del templo o lugar de reunión.

Quince días atrás, una provincia de fuerte tradición católica como Tucumán también recuperó las misas presenciales, reanudadas tras la aprobación de las autoridades sanitarias locales. Entre las muchas medidas de prevención, el protocolo exige, desde luego, el uso de tapabocas, el distanciamiento social (los bancos están separados), restricciones en el desplazamiento dentro de los templos y hasta trapos de piso con lavandina en el ingreso. A las personas con factores de riesgo y adultos mayores, se les sigue recomendando no asistir a los oficios y seguirlos por redes sociales.

A los asistentes se les pide que se inscriban previamente, para establecer una cantidad máxima, y por el momento, deben dejar asentados sus datos personales al ingresar, previendo que, ante la circunstancia de un brote del virus, se pueda reconstruir la cadena de contagios.

Sólo el sacerdote, que da la misa, puede estar si tapabocas, y quien quiere comulgar debe avisarle, para que éste se acerque hasta el lugar. Para evitar la salivación excesiva en un ambiente cerrado, los cantos están suspendidos.

Por el momento, en el AMBA la situación es distinta. Y la actividad religiosa deberá esperar a las fases 4 y 5, que sin embargo tampoco habilitan celebraciones que impliquen concurrencia masiva, como bautismos, casamientos, comuniones o bat mitzvah y bar mitzvah. Seguirá la transmisión vía streaming de los oficios, con presencia mínima de personal religioso y turnos de 20 minutos para permanecer dentro del templo con el único fin de realizar oraciones. Un último requisito: las pilas de agua bendita deben permanecer vacías.