Más de 330 mil hectáreas de bosque nativo arrasadas en lo que va del año en Córdoba y otros cientos de miles más en los humedales del Delta del Paraná. El avance feroz del extractivismo encuentra una resistencia en los distintos movimientos ecofeministas. Son las mujeres las que ponen el cuerpo para apagar el fuego. Literal.

“Las quemas intencionales de los humedales del Delta del Paraná (que se iniciaron en febrero de este año y que todavía siguen activas) son el resultado de un largo saqueo, que incluye una larga cadena de violencias narrada en las historias de mujeres de río que llevan su vida adelante tanto en las costas como en las islas incendiadas, y que han tenido que resistir con sus cuerpos el avance del fuego, las fumigaciones con glifosato a metros de sus hogares, o la pérdida de ingresos como ocurrió hace poco con las pescadoras que se quedaron sin poder pescar, y así también sin qué dar de comer a su familia, como consecuencia de la bajante histórica del Paraná”, explica Ana Fiol, docente, investigadora y miembro de Río Feminista.

En Córdoba, militantes feministas se sumaron en los últimos meses a las asambleas ambientalistas y se prepararon como brigadistas para poner el cuerpo contra los incendios. A ellas se les suman las campesinas indígenas que desde siempre sostienen la vida comunitaria en los territorios, y que ahora, a la par de sus compañeros, se suman para pelear contra el fuego y armar los campamentos improvisados donde mantienen a salvo a sus familias.  “Las mujeres somos ese vínculo directo con la tierra, con el cuidado de nuestra producción, de nuestros montes, de nuestros hijos y de nuestros jóvenes”, dice Ana Lucia Agnelli, militante y miembro del Movimiento Campesino de Córdoba y de la Coordinadora en Defensa del Bosque Nativo (Co.De.Bo.Na).

Contra la colonización

Antes de recorrer las historias en primera persona, es necesario remarcar por qué somos las mujeres las más afectadas ante la crisis ecológica. En su libro “Ecofeminismo para otro mundo posible”, la filósofa ecofeminista Lucía Puleo afirma que somos “las primeras perjudicadas por la contaminación medioambiental y las catástrofes ´naturales´, tal como ya lo demostraba la conferencia de la Mujer de Naciones Unidas celebrada en el año 2000”, sin embargo, “no se visibiliza la relación entre la estratificación de género y los problemas medioambientales”. Y aporta un dato: “Biológicamente, el cuerpo femenino tiene una mayor vulnerabilidad ante la contaminación. Esta cuestión ha sido comprobada por numerosos estudios que indican que los agrotóxicos presentes en los alimentos y en las dioxinas de las incineradoras nos afectan más a las mujeres que a los hombres. Existen claros indicios de que el aumento del cáncer de mama en los últimos cincuenta años se debe principalmente a la contaminación medioambiental con xenoestrógenos, es decir, sustancias químicamente similares al estrógeno”.

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(Foto: Prensa UTT)

Vandana Shiva y Maria Mies, referentes indiscutibles del ecofeminismo, lo definen como “una potente corriente de pensamiento y un movimiento social que liga el ecologismo y el feminismo”, y que “se trata de una filosofía y una práctica activista que defiende que el modelo económico y cultural occidental se constituyó, se ha constituido y se mantiene por medio de la colonización de las mujeres, de los pueblos ´extranjeros´ y de sus tierras, y de la naturaleza”. En el libro “Ecofeminismo: Teoría, Crítica y Perspectivas” también dejan expuesta la subordinación de las mujeres a los hombres y la explotación de la naturaleza como dos caras de una misma moneda respondiendo a lógicas comunes: la ilusión de poder vivir al margen de la naturaleza, el ejercicio del poder patriarcal y del sometimiento de la vida a la exigencia de la acumulación. “El ecofeminismo -dice en el prólogo del libro- denuncia cómo la inmanencia de la vida humana y los límites ecológicos quedan fuera de las preocupaciones de la economía y del desarrollo. Esta denuncia trastoca las bases fundamentales del paradigma económico capitalista y revela que su lógica es incompatible con la de un mundo sostenible y justo”.

Invisibles

Río Feminista (Cuenca del Río Paraná) está integrada por 38 mujeres de diversas organizaciones territoriales principalmente de Entre Ríos, y en menor medida de Santa Fe y  Buenos Aires, que se unieron hace casi dos años para conformar una red de redes con un doble objetivo: interconectar a feministas y ambientalistas de diversas organizaciones a largo del Delta del Paraná con el fin de retroalimentar saberes y experiencias, y, en paralelo, recuperar las historias de las mujeres de las islas que han sido invisibilizadas históricamente y que ahora además resisten las quemas.

Así fue que a principios de 2019 un grupo de la red viajó por el río Paraná desde Victoria (Entre Ríos) hasta Eldorado (Misiones), parando en distintos puntos del camino para recuperar las historias de las mujeres que vienen acuerpando la defensa de su territorio ante el avance extractivo.

“Las mujeres de río sabemos que la naturaleza ya no es tan predecible y por eso siempre estamos preparadas para lo que pueda suceder”, anuncia María Paula Ruiz Díaz, docente de arte e integrante de Río Feminista. “Empezamos recorriendo la zona de islas más cercanas a Entre Ríos, entrando en contacto con las cocineras y maestras del lugar, porque son las que tienen más a mano el pulso cotidiano de los cuidados y de lo que pasa en el territorio. Con los días también nos fuimos dando cuenta de todo el trabajo Isleño invisibilizado de las otras mujeres de la zona: las pescadoras, las huerteras, las estoqueadoras, las dulceras, entre otras. Así fue que decidimos ampliar el recorrido y extenderlo por el Paraná hasta Misiones”.


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(Foto: Natalia Roca)


Fiol también recuerda que cuando estaban “en pleno trabajo de recolectar las voces invisibilizadas de las mujeres, empezaron las quemas y fue ahí cuando vimos con total claridad que en la narración de las vidas de las compañeras isleñas estaban escritas las razones estructurales que hoy desembocaron en esas mismas quemas”. Para Fiol, los incendios son el resultado del avance del agronegocio en los cuerpos y en los territorios. “Si bien la cuestión ambiental se puso fuertemente en agenda por lo que sucede con las quemas de los humedales, desde siempre hemos elegido trabajar en función de lo ambiental comunitario, bajo esta idea de que cuando aprendemos a construir con el otro también se aprende a cuidar el espacio y a respetar la vida, una noción muy del ecofeminismo,” subraya.

Ruíz Díaz agrega que hay dos formas de luchas bien presentes: “Así como hay familias que han tenido que ir a la costa para mantener a su familia a salvo, también hay otras que han puesto el cuerpo y se han quedado resistiendo. De cualquier manera, lo que se ve en las historias de las distintas isleñas es la manera en que el extractivismo arrasa con nuestros territorios, con nuestros cuerpos y con nuestras vidas en comunidad. Y ahí siempre, siempre, se ve a las mujeres poniendo el cuerpo. Al extremo está la historia de Josefa, que se atrincheró en el municipio de Victoria porque un tal señor Juárez quería sacarle sus tierras, quien ya tenía 2000 hectáreas y además quería las 180 hectáreas que tenía ella. Josefa resistió con el cuerpo, fue a juicio hasta que por fin le confirmaron su tenencia de territorio y hasta el día de hoy vive en su lugar. También existe el testimonio de otras mujeres que han venido a la costa justamente por la intervención del puente que cambió las bajadas y subidas del río, perjudicando el hábitat y haciendo imposible sostener una vida constante. Así las comunidades se fueron rompiendo y fueron nuevamente las mujeres las que decidieron mudarse y llevarse a sus familias a un lugar más seguro”.

Fiol suma más relatos con la misma impronta: “También está la mujer que te cuenta que su madre la parió a ella y su hermana en la isla, y después se tuvieron que ir porque el ganadero vecino que quería sus tierras las amenazó”.

“Las islas hoy –concluye– son zona de sacrificio. Si me preguntás dónde viven los más vulnerables, te digo que justamente ahí, en las zonas que han quedado devastadas. En cuanto a las mujeres, lo que buscan de manera urgente es la presencia del Estado. La otra vez, una isleña me contaba que a su viejo se le quemó todo el boyero, y me preguntaba si no había un programa para ayudar a reparar estas pérdidas. Desde ese tipo de presencia se necesita hasta una mucho más amplia y determinante. Necesitamos que todos los niveles de gobierno se hagan responsables de su parte y actúen a favor del pueblo”.

A la par de nuestros compañeros

“Hoy ponemos el cuerpo en los incendios como ya lo hacíamos para hacer frente a la violencia machista y patriarcal. Volemos a las calles para decir basta de avances violentos y económicos sobre nuestros territorios. El monte es vida”, introduce Ivana “La Colo” Trevin, brigadista, trabajadora social y militante ecofeminista miembro del Movimiento Plurinacional de Mujeres de Capilla del Monte. Ella es de Charbonier, un pueblo a 15 kilómetros de Capilla del Monte. El 23 de agosto tuvo que auto evacuarse junto a su familia y a vecinos por culpa del fuego. Ese primer foco arrasó con unas 50 hectáreas. En ese momento, además de organizarse para cortar rutas y exigir respuestas al gobernador Juan Schiaretti, se preparó como brigadista con los bomberos de la zona. “Somos las feministas de distintos puntos de la provincia las mismas que ahora participamos de las asambleas ambientalistas y resistimos el avance de los fuegos cuerpo a cuerpo a la par de nuestros compañeros. Es clave cómo la organización feminista potenció a las luchas ambientalistas que ya estaban activas en la provincia por causas pasadas”.

Entre esas causas históricas que menciona Trevin, hay situaciones emblemáticas, como el caso de la campesina Ramona Orellano, de 94 años, que desde hace más de 20 resiste los desalojos de sus tierras de origen y que todavía lucha por obtener los derechos sobre ese territorio familiar. “Ramona fue una de las mujeres de la comunidad que marcó un antes y un después para nosotras por su determinación de lucha y por su condición de mujer al frente de la defensa de su territorio. Una gran luchadora y un faro en donde nos pudimos reconocer todas nosotras, como mujeres con incansable necesidad de luchar y de ponernos de pie”, se suma Ana Lucia Agnelli, militante y miembro del Movimiento Campesino de Córdoba, una organización que tiene más de 20 años en la provincia y de la que participan unas 1200 familias.

Hace una década, las campesinas empezaron a reconocerse en la gran participación que tienen tanto en las tareas productivas como en la de garantizar la reproducción y la sostenibilidad de la vida de las familias y las comunidades. Así se dieron cuenta de la poca o nula intervención que tenían en la toma de decisión sobre los medios de producción, su titularidad y su lugar en la política sectorial. “Al llegar a sus casas, las mujeres campesinas siempre fueron las que se encargaron de que los niños y niñas estén cuidados, que las cabras estén atendidas, que el patio esté limpio y que las sillas alcancen para todos. Y gracias a que nos empezamos a juntar y a reconocer en las mismas situaciones de vulnerabilidad y desigualdad, nos fortalecimos tomadas del feminismo como herramienta para la transformación”, recuerda Agnelli. 



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(Foto: Gentileza Natalia Roca)



El movimiento campesino generó una cooperativa de mujeres que tiene un emprendimiento de costura, diversos espacios con queseras y una fábrica de tomates, entre otros. “El eje de lo productivo también creció y fue liberador. Además, hicimos escuelas de formación donde pusimos sobre la mesa qué era la violencia, cómo queríamos ser representadas en nuestra organización, y cómo nos queríamos empezar a relacionar entre nosotras y con nuestros compañeros”.

Para Lucía Castellano, militante ecofeminista de Sierras Chicas, en Córdoba, “los incendios son uno más de los flagelos que nos azotan desde hace tiempo. Este año ha sido demasiada la destrucción del poco monte nativo que nos queda. En una provincia que tenía 12.000.000 de hectáreas de bosque nativo hace 100 años nos quedaban unas 600.000 hectáreas hasta este año y de eso se quemó la mitad. Por eso decimos que donde hubo fuego ahora tiene que vivir el monte. No aceptamos que aparezcan más countries, ni canteras, ni ningún tipo de emprendimiento en zonas quemadas. Y esto no es un capricho ya que lo dicen las leyes vigentes”.

Castellano cita al geógrafo Pablo Sigismondi para quien los incendios en Córdoba son “crímenes de lesa ambientalidad”. “El ecofeminismo –finaliza– no es ajeno a este movimiento en defensa de la vida, porque es la misma lucha. Somos víctimas de un modelo extractivista, patriarcal y ecocida que se manifiesta de muchas maneras. También la resistencia de las comunidades indígenas nos aporta una cosmovisión muy interesante, ignorada por la visión occidental hegemónica que ve a la naturaleza sólo como fuente inagotable de ´recursos´, lo que nos ha llevado a este extractivismo feroz, con las consecuencias que conocemos; la pandemia, entre otras. Si no entendemos que somos parte de la naturaleza y no sus dueños, si no cambiamos nuestros modos de producción, distribución y consumo actuales, no hay futuro para nosotres ni para las generaciones venideras”.