El etíope Feyisa Lilesa se ganó un lugar en la Historia después de su actuación en Río 2016. No lo logró por la medalla de plata que consiguió en los 42 kilómetros de la maratón olímpica, luego de hacer un tiempo de 2h09:54 y quedar segundo entre los 150 participantes, sino por algo aún más importante para su país. Su nombre y apellido quedará para siempre en el recuerdo por el gesto que realizó en el instante en que llegó a la línea de meta: Lilesa levantó los brazos, cruzó sus muñecas y simuló tener unas esposas en sus manos. Pocos minutos después, cuando realizó una conferencia de prensa por la medalla que consiguió, todo quedó claro: Lilesa, al igual que los afroamericanos Tommie Smith y Jonh Carlos en los Juegos Olímpicos de México 1968 en los que alzaron sus puños envueltos en un guante negro para protestar por los acontecimientos racistas de su país, estaba pidiendo Justicia.

“Soy oromo, y en Etiopía los oromo somos reprimidos por el Gobierno. Nos matan y nos encarcelan, somos sospechosos por el simple hecho de ser oromos. Represento a mi pueblo y creo que debo dar a conocer lo que nos pasa: desde hace nueve meses, un millar de personas murieron y tengo parientes presos. Llevaré la protesta de mi gente allí adonde vaya”, comenzó su exposición Lilesa, en la que puso en duda su vuelta a su país. “Allí si hablás sobre democracia te matan. Si vuelvo a Etiopía, tal vez me maten o me metan en prisión. Es muy peligroso vivir allí. Tal vez tenga que ir a otro país”, siguió el etíope, que aún no decidió dónde se radicará.

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La etnia a la que pertenece Lilesa es una de las más numerosas de África y también de las más castigadas. En Etiopía, los amharas –etnia minoritaria– gobiernan el país desde el proceso de descolonización y mantienen desde los años 70 una guerra de baja intensidad contra los oromos, quienes durante los últimos años se han organizado en diferentes frentes de lucha armada en búsqueda de la independencia de Oromia, una región montañosa que ocupa, principalmente, el sur de Etiopía, con una población de 20 millones de habitantes con cultura e idioma propio. Se estima que hay más de dos millones y medio de refugiados oromo en países cercanos como Somalía y Eritrea. “Somos 15 millones y el Gobierno nos obliga a dejar nuestras tierras, nos encarcela, nos mata. Les pido que ustedes, periodistas, que hablen de la democracia que no existe en mi país y de los intereses económicos que apoyan la represión de los oromo”, reclamó, enfático, en la conferencia de prensa.

Lilesa sabe que al contar lo que dijo puso en riesgo su propia seguridad, pero no le importa: ya lo tenía pensado y sabía que era la mejor forma de masificar el problema. “Si vuelvo, sé que podrían encarcelarme o incluso matarme, es algo que ya he discutido con mi familia. Pero yo represento a mi pueblo y creo que debo dar a conocer lo que nos pasa”, dijo el ganador de la medalla de plata. “Podría ocurrir que ni siquiera me dejen pasar del aeropuerto”, continuó.
Menos de 24 horas después de que sus dichos se vuelvan virales por todo el mundo a través de las redes sociales, una campaña estadounidense en internet logró recaudar casi 50 mil dólares para que pueda pedir asilo allí o en el que país que quiera. “Llamamos a todos los etíopes y defensores de los derechos humanos a que hagan contribuciones para apoyar al atleta Feyisa Lelisa, que mostró un gran heroísmo al convertirse en un símbolo internacional para las protestas oromo”, dice el texto de la campaña en el sitio www.gofundme.com, bajo el hashtag #OromoProtests.

Desde el gobierno garantizaron que no habrá represalias para Lelisa y que “no será imputado por sus opiniones políticas”, según declaró el jefe de la Oficina de Comunicaciones de Etiopía, Getachew Reda. El etíope de 26 años no cree en esas palabras y los hechos lo avalan. Según denunciaron el Congreso Federalista Oromo y la ONG internacional Human Rights Watch, durante las protestas del último año al régimen autoritario del Gobierno etíope hubo más de 400 muertos. De hecho, el 8 de agosto, tres días después del inicio de los Juegos Olímpicos, una nueva manifestación contra la persecución al movimiento independentista terminó con 104 fallecidos y otro tanto de heridos por la represión.

El keniata y compañero de podio, Eliud Kipchoge, escuchó atentamente toda la conferencia de prensa de Lilesa y apoyó con aplausos las palabras de su colega, sin importarle a ninguno de los dos –ni a ninguno de los presentes, ni a los que se enteraron, ni a nadie– la regla de la Carta Olímpica que prohíbe protestas políticas. “Ese fue mi sentir y tengo un gran problema en mi país porque es muy peligroso protestar. Seguiré protestando por los presos oromo porque esa es mi tierra”, dijo Lelisa, que quedará para siempre en todos los libros de los Juegos Olímpicos por su defensa de los Derechos Humanos.