Cuando Friedrich Nietzsche escribió que “no hay hechos, solo interpretaciones”, no podía imaginar el alcance de esa frase en sociedades como la estadounidense, donde para cada explicación oficial hay al menos una teoría que la desmiente con mucho más fundamento. Desde el asesinato de John Kennedy hasta los atentados del 11-S. A 20 años de los atentados a las Torres Gemelas las teorías conspirativas toman tal impulso que el presidente Joe Biden ordenó desclasificar en un plazo de seis meses documentos secretos de la investigación del FBI por las presiones de los familiares de las cerca de 3000 víctimas fatales.

No son los únicos que quieren saber lo que ocurrió ese día. El movimiento de los Truthers (los que no creen en la verdad oficial) que incluye al “Comité de Abogados por una Investigación del 9/11” y “Arquitectos e Ingenieros por la Verdad”, entre otros, organizaron la 17ª edición del “9/11 Truth Film Festival” en un teatro de Oakland, California que se transmitió por la web.

Las sospechas sobre el verdadero carácter de los ataques nacieron desde el día 12 de setiembre de 2001. Los dos edificios se desmoronaron en caída libre como solo pueden hacerlo cuando hay una demolición controlada, según los especialistas. Otra mole cayó a las pocas horas sin que hubiera impactado ningún avión. Otro grupo de truthers se llama Remember Building 7, por el Edificio 7.

El conserje de la torre Norte del World Trade Center, William Rodríguez, alertó tempranamente que había escuchado explosiones en el sótano antes de que se estrellara el avión. Muchos de los rescatistas revelaron que la humareda no era compatible con el combustible de las aeronaves o los elementos de una construcción. Posteriormente se reveló que había amianto en las paredes y un fondo de compensación creado para atender demandas de víctimas recibió más de 67.000 solicitudes de indemnización en los últimos diez años de personas que estaban cerca del lugar: la mitad por casos de cáncer, unos 4000 a nombre de enfermos que ya murieron.

El WTC había pasado de manos seis semanas antes de los ataques. El inversor inmobiliario Larry Silverstein había pagado unos 3200 millones de dólares de alquiler por 99 años -algo usual por esos lares- y tuvo la precaución de contratar un seguro que incluía ataques terroristas. Además, según los registros comunales, las torres deberían ser demolidas porque efectivamente se había utilizado amianto en las paredes, y para la época ya había sido prohibido.

La versión oficial es que Al Qaeda había llevado a cabo el atentado y que el responsable ideológico era Osama bin Laden. Tanto él como 15 de los 19 terroristas implicados eran de nacionalidad saudita. Un dato para profundizar, pero el FBI no hurgó demasiado allí. Bin Laden era heredero de una familia con fuertes intereses en la construcción en Arabia Saudita que tenía vinculación comercial con los Bush.

El presidente George W. Bush estaba en el colegio primario Emma Booker, de Sarasota, Florida, cuando le informan del atentado. La imagen de su cara de sorpresa recorrió el mundo. Un alumno de esa escuela, Isaac Eger, se convirtió en periodista y encontró algunos datos reveladores. Tres de los terroristas habían vivido en ese distrito. No solo eso: sus colegas Anthony Summers and Robbyn Swan detectaron que la pareja de Adbulaziz y Anoud al Hijji huyó misteriosamente de su lujosa vivienda del 4224 de Escondito Drive días antes del 11-S. En la vivienda FBI encontró que la heladera estaba llena, había fruta sobre la mesa, pañales sucios en el baño, un auto nuevo en la entrada y una caja fuerte vacía. Muy raro para alguien que se va de viaje. La pareja tenía relación familiar con el rey Saudita.

Un exagente del FBI que participó de la Operación Encore, Danny González, dijo que la pista saudita fue eliminada muy rápidamente y no figura en el informe de una comisión que volcó en 600 páginas la versión del gobierno. Pero hay familias plantearon demandas judiciales a las autoridades de Arabia Saudita. Otro agente, Ken Williams, había elaborado un memo semanas antes de los ataques en el que advertía sobre individuos de nacionalidad saudita que estaban tomando misteriosas lecciones de vuelo en Arizona.

Tirando de esa línea se llega hasta Jamal Khashoggi, descuartizado en la embajada saudita en Estambul en octubre de 2018 por agentes del príncipe Mohamed bin Salman, el hombre fuerte del régimen, según reconoció el gobierno Biden. Periodista de profesión y corresponsal del Washington Post, Khashoggi habría tenido información o documentación que probaría la responsabilidad de la monarquía en el ataque y de la cobertura que le dio el gobierno de Bush.

Si verdaderamente esta vez liberan los documentos sobre el 11-S, la onda expansiva puede voltear mucho más que los edificios emblemáticos del poder financiero de Nueva York.