A los 51 años, Pedro Castillo pasó de ser un docente rural y sindicalista que apenas había conocido lo que era ser protagonista en la escena política nacional de su país al liderar un largo y exitoso paro en 2017, no tenía prácticamente seguidores en las redes sociales y estaba afuera del radar de todos los analistas de Perú, al Presidente electo que asumirá el poder la semana próxima.

“Será un Gobierno en el que nadie se quedará atrás. Traigan sus diferencias, pero con lealtad y con dignidad. Y sepan que no vamos a permitir que roben un centavo”, así adelantó anoche el perfil que tendrá su gestión, luego que la Justicia electoral finalmente terminará de resolver las cientos de impugnaciones de su rival, Keiko Fujimori, y lo proclamara ganador del balotaje del 6 de junio pasado con poco más de 40.000 votos de diferencia.

El perfil de Castillo estuvo en el centro de su campaña y sus propuestas desde el principio.

Casi como una antítesis de Fujimori, Castillo, gremialista, maestro de escuela pública y referente de una región rural, prometió representar las demandas de muchos de los sectores sociales que quedaron relegados económica y socialmente en los últimos 30 años de crecimiento macroeconómico, y también de quienes fueron desoídos durante estos 18 meses de pandemia de coronavirus.

“No necesito disfrazarme de paisano para llevar una propuesta a mis hermanos agricultores. Soy chacarero, soy obrero, soy agricultor, soy rondero y soy maestro a mucha honra, y me siento totalmente avergonzado de esa clase de Estado que sigue manteniendo una Constitución que ha reducido a su mínima expresión los derechos constitucionales”, aseguró Castillo en una entrevista en referencia a la actual Carta Magna, aprobada en 1993, durante el Gobierno de Alberto Fujimori, padre de Keiko y actualmente preso por crímenes de lesa humanidad.

Castillo nació hace 51 años en la localidad de Tacabamba, del distrito andino de Cajamarca, una de las regiones más pobres de Perú pese a contar con la mina de oro más grande de Sudamérica.

Ese mismo año, el presidente peruano Juan Velasco Alvarado dio luz verde a la Reforma Agraria (1969) y liberó a los campesinos del pongueaje, sistema similar al siervo de la gleba de la Edad Media.

Sus padres, campesinos iletrados, tuvieron nueve hijos, pero Castillo, el tercero de ellos, fue el único que tuvo la oportunidad de ir a la universidad.

Se formó como profesor de primaria y luego cursó un bachillerato en Educación en 2006 en la Universidad César Vallejo para finalmente graduarse como magíster en psicología educativa por esta misma casa de estudios en 2013.

En la campaña contó como de pequeño, durante sus vacaciones escolares, solía recorrer a pie -incluso durante días- las haciendas cafetaleras que rodeaban Puña, para conseguir changas y comprar sus útiles escolares.

Esta crianza estructurada, quizás, definió su perfil conservador frente a debates actuales como la legalización del aborto, el matrimonio homosexual, la eutanasia y el enfoque de género en la escuela, lo que genera críticas de sectores que defienden la libertad e igualdad ante la ley.

Durante su campaña también puso en alto el lema “No más pobres en un país rico”, una promesa que demostró tener eco en las regiones más pobres e ignoradas por las políticas sociales y de desarrollo, muchas de las cuales votaron abrumadoramente por él en el balotaje.

Aunque su cara y su nombre se hicieron conocidos con el paro docente de 2017 en Lima, Castillo hacía tiempo que intentaba hacer realidad sus aspiraciones políticas.

En 2002 se afilió al partido Perú Posible e intentó sin éxito ser candidato del distrito de Anguía, en su Cajamarca natal. Finalmente abandonó esa fuerza en 2017 cuando perdió la inscripción en la justicia electoral.

El 30 de septiembre pasado, casi al cierre de la fecha límite para presentar las candidaturas presidenciales para este año, Castillo se inscribió a Perú Libre y esta fuerza lo anotó como su candidato.

El acto pasó desapercibido para la mayoría de los peruanos.

Pese a que pasó meses haciendo campaña, muchas veces incluso a pie, por gran parte del país, nunca apareció en los cálculos electorales de los analistas peruanos ni de los otros candidatos presidenciales hasta que el 11 de abril ganó la primera vuelta con casi el 19% de los votos.