La Corte Suprema se tomó su tiempo: seis largos años. Pero, finalmente, dejó a Carlos Pedro Blaquier, dueño de la poderosa agroindustrial Ledesma SAAI, en los umbrales del juicio oral por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura.

Este tipo, de 93 felices primaveras, será acomodado en el banquillo de los acusados por la denominada “Noche del apagón”, sobre el secuestro de 113 trabajadores del Ingenio Ledesma –38 están desaparecidos; entre ellos, el intendente del pueblo, Luis Ardes–, ocurrido entre el 20 y el 27 de julio de 1976 en la localidad jujeña de Libertador General San Martín, más conocida como “ciudad Ledesma”.

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Por tal hecho, en 2012 fueron procesados 23 militares, además del “Zar del Azúcar” y un antiguo gerente, Alberto Lemos. Eso hizo de esta historia un emblema de la complicidad civil en el genocidio.

Pero tres años después, la sala IV de la Cámara de Casación, integrada por Gustavo Hornos, Juan Carlos Gemignani y Eduardo Riggi, supo beneficiar a estos dos con “la falta de mérito”, siendo el fallo apelado por la organización H.I.J.O.S. Desde entonces, el asunto permanecía estancado.

Ahora, cuatro integrantes del Máximo Tribunal votaron la revocatoria de Casación, menos Carlos Rosenkrantz quien –en vez de apartarse– votó en disidencia. Los cierto es que para ello tuvo una razón: su vínculo amistoso con la familia Blaquier.  

Tanto es así que, antes de saltar hacia el despacho más importante del Palacio de Tribunales, ese magistrado tuvo el honor de recibir una millonaria donación para la Universidad de San Andrés –de la cual era rector–, realizada por la (ya difunta)  esposa del imputado, Nelly Arrieta de Blaquier.

El propio Rosenkrantz lo reconoció en 2016, durante la defensa de su pliego en el Senado, al aclarar que desde la Corte no se excusaría de intervenir en esa causa contra Blaquier con un argumento impecable: la donación no era para él sino para dicha casa de altos estudios.  

Sin embargo, en aquella ocasión no mencionó que su esposa, Agustina Cavanagh, era la directora ejecutiva de la Fundación Cimientos –que, según su home page, promueve la “equidad educativa” a cambio de jugosos contratos con el Estado–, mientras que su presidencia la ocupaba Miguel Blaquier, un exabogado de la azucarera y sobrino de Carlos Pedro. El mundo es un pañuelo.

Lo cierto es que don Carlos es un hombre múltiple. En algunas librerías de saldos todavía se pueden encontrar al menos tres obras ensayísticas suyas; a saber: Pensamientos para pensar, El milagro griego y Los amores de Luis XIV. El título del primero lo dice todo. En el segundo, el autor vuelca su lúcida mirada sobre el mundo helénico, destacando que esa civilización se erigió en “la gran conveniencia de limitar la cantidad de ciudadanos”, y sostiene aquella tesitura con un dato de suma utilidad para las sociedades contemporáneas: “En la antigua Grecia, los esclavos del Estado cumplían funciones de vigilancia y de policía”. El libro sobre el penúltimo monarca francés es, sin duda, su texto más íntimo. En parte, porque hace eje en la relación con su favorita, Françoise d’Aubigné, más conocida como Madame de Maintenon –con quien se unió en matrimonio morganático sin haberse separado de la reina María Teresa de Austria–, en una clara alusión al vínculo simultáneo que él mismo mantenía con sus esposas, doña Nelly y Cristina Khallouf. Desde una perspectiva más global, Blaquier se cree la reencarnación misma del Rey Sol.

De hecho, su mansión porteña, La Torcaza, sobre la Avenida Sucre, en las barrancas de San Isidro, es una versión desmejorada, casi naïf, del Palacio de Versalles. Sobrecargada con estatuas, mármoles de Carrara y un sauce llorón –obsequio del paisajista Carlos Thays–, este reyezuelo de cabotaje, atesoró bajo su techo, entre visitas de embajadores, altos dignatarios de la Iglesia y baluartes de las finanzas, la ilusión de hacer propia aquella máxima acuñada por su ídolo: “El Estado soy yo”.

“En el fondo, soy muy romántico”, le diría, al concluir el siglo XX, a su amigo, el marchand Nacho Gutiérrez Zaldívar, en un programa televisivo que este animaba en la ATC del menemismo. También confesó: “La filosofía me resultó de gran utilidad en mi vida empresarial”.

Beneficiado por la dictadura del general Onganía con el monopolio de la industria azucarera tras el cierre compulsivo de los ingenios tucumanos, Blaquier supo anudar fructíferos lazos de intercambio con todos los gobiernos de facto. No solo proporcionaba listas de obreros “subversivos” y asistencia logística a las fuerzas represivas sino que su imperio financiero fue un sostén explícito, casi obsceno, del régimen que vio la luz en 1976.

Prueba de ello es su intercambio epistolar con el entonces ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz. En una carta fechada a fines de 1978 se dirige a él con un efusivo “Querido Joe”, y no duda en expresar su “profunda admiración por la recuperación de la Argentina”. En aquella misma hoja también se refiere a sus gestiones con “el señor Harry Stenbreder” –un influyente funcionario del Departamento de Estado norteamericano– para mitigar las sanciones económicas aplicadas por el presidente Jimmy Carter a la Junta Militar debido a sus crímenes.

Hay un hecho que pinta a Blaquier por entero. Durante un allanamiento efectuado tras su procesamiento en las oficinas centrales de la empresa, junto a legajos sobre trabajadores desaparecidos, también fue hallado un escrito que describe trabajos de inteligencia efectuados por orden suya en 2005.

Es que este sujeto no fue un simple colaborador de la dictadura, ya que –a diferencia del calamitoso final de sus jerarcas–, su poder continúa intacto.

A más de tres décadas y media de la restauración democrática, aquella urbe de 43 mil habitantes perdura como un santuario de la etapa más ominosa de la historia argentina. Porque esa republiqueta privada es el único territorio del país en el que la dictadura no terminó. La impunidad que (aún) acaricia esa figura espectral da cuenta de ello. «