Un mechón azabache lanzó en campaña a un candidato que jamás fue “el colo”. Pelos desprolijos estilo Silvio Soldán enmarcan una mirada satánica y afirmaciones delirantes: así crece en la aceptación menos politizada, también menos cautiva. Saltos a la Gral. Paz para cerrar la maquiavélica jugada de un señor sin pelo con aspiraciones presidenciales serias y, asunto clave, que esos candidatos no respondan por su pasado. Fotos rescatadas del arcón para dañar la imagen presidencial con una acción que es mucho más grave que una chambonada, mientras se soslaya la fiesta de los mariachis. Un exministro de la expresidenta (actual vice) se sonríe de un spot que la presenta como una violenta desequilibrada mental (tal como un presunto periodista-médico serio la diagnosticó por TV).

Un impresentable de barba casual, machirulo destratador, acusa cobardemente (en la misma frase afirma lo contrario) a una renombrada oficialista: provocador serial sin límite ético, ningún ingenuo, que se toma los genitales en pleno escenario, mientras habla su candidata de pelo lacio y mirada cándida. Ella jura tener los mismos valores que su correligionario, y también los opuestos, niega su pasado, el de su gobierno, todo lo que hizo y dejó de hacer. Como si fuera poco, volvió Macri.

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Apenas algunos ejemplos. Es abrumadora la banalización de la campaña. Chabacanería, desprecios, mentiras flagrantes. Solo algunos pocos intentan transitar la exposición ideológica y de conceptos. Al oficialismo le cuesta horrores zafar del juego de alta frivolidad; la ultraderecha empuja a la derecha y le come los porotos; la izquierda tampoco halla resquicio para que su habitual bagaje de propuestas no acabe convirtiéndose en un fárrago en el que se desaproveche tanta doctrina valiosa.

Como si, en realidad, hubiera poco para ofrecer a la sociedad en medio de una profunda crisis económica, social y política, ahora, en la puerta de escape de dos pandemias, la neoliberal y la sanitaria. Como si no hubiera nada concreto para debatir. Como si el objetivo fuera la vacuidad ideológica, ya sea porque no se acierta el modo de mostrar el futuro que se quiere, o porque mejor es no mostrarlo.

Y, en muchos casos, puntualmente en una derecha que logra imponer la agenda discursiva preelectoral, solo se apela a cuestiones emotivas. No confundir: lo emocional es nervio motor de las acciones políticas, pasión, sudor, ganas. Pero también, sin cortapisas, la confrontación: ideas, historias, gestión, memoria. Qué más propicio que unas Primarias para concretarlo.

Probablemente, muchos de los que se precipitan a no debatir son los que pusieron el grito en el cielo al descubrir a una docente «adoctrinando» de modo desenfrenado, a los gritos. Con gritos de parecida identidad a los del candidato de pelo desordenado. Le cayeron sin piedad ni consideración. «Te robaron el futuro», dijo, pero no se debate lo que dijo sino cómo lo dijo. Y ni mu dijeron del otro docente al que la Ciudad premió con la dirección de un colegio aunque fuera sancionado por apologista de la dictadura, nada menos. Son los mismos que se afirman a la historia oficial, la que se enseña aún hoy y desde siempre, la que nos dice que los próceres son los Roca… La historia de la ética, la moral y las creencias de las clases dominantes, la de la prensa hegemónica y el pensamiento único, la de los que ganan. La historia del poder real.

Ese tema, justamente, la educación que queremos, es uno, solo uno, de los temas esenciales que la sociedad se priva de debatir. Casi nada.