Rosa Laurito era secretaria de uno de los abogados de Siderúrgicas Grassi, Raúl Aguirre Saravia, y estuvo secuestrada tres meses en Campo de Mayo en el marco de la persecución a los grupos Grassi y Chavanne por parte de la Comisión Nacional de Valores (CNV), encabezada en la dictadura por Juan Alfredo Etchebarne.

En Campo de Mayo logró ver y oír muchas cosas que otros sobrevivientes no pudieron, ya que tenía mayor libertad de movimientos e incluso el jefe de la Cárcel de Encausados, el comandante de gendarmería Darío Correa, la utilizó como su secretaria. “Al mes de estar ahí se dio cuenta que no tenía nada que ver y que los que estaban ahí tampoco eran ‘terroristas’, entonces Correa me hizo su secretaria y todas las mañanas estaba con él tomando mate”, relató Laurito ante el Tribunal Oral Federal 5, que lleva adelante el juicio oral en el que están acusados Etchebarne y el exagente civil de inteligencia Raúl Guglielminetti.

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En su testimonio, Laurito colocó a Etchebarne en el centro de la operación para detener y mantener cautivos a los dos grupos empresarios por el delito de “subversión económica”. “Me lo dijo Raúl Aguirre Saravia, no sé si será verdad o no, pero parece que Etchebarne lo fue a ver para pedirle dinero a cambio de que dejara las cosas de Grassi tranquilas. Raúl lo sacó carpiendo del estudio y le dijo que no le daba nada. Etchebarne le dijo que lo iba a pagar caro y nos mandó detener”, mencionó sobre los días previos a su secuestro y el de los hermanos Raúl y Eduardo Aguirre Saravia.

La familia Grassi ya contó una amenaza similar del entonces ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz, quien, tras la negativa de René Grassi de vender el Banco de Hurlingham, el funcionario de la dictadura le dijo: “Vos no sabés lo que estás haciendo, hasta que no te vea arrastrarte por el piso no te voy a dejar en paz”.

En 1976, el Banco de Hurlingham había sido comprada por el grupo Chavanne a la familia Graiver pero el Banco Central rechazó la operación y en 1978 Juan y Marcelo Chavanne se lo transfirieron a Siderúrgicas Grassi, sus socios en otros negocios. El estudio Aguirre Saravia había intervenido en la operación en representación de los Grassi. Tras una denuncia de la CNV, los directivos de ambas empresas, sus familiares, contadores y abogados fueron detenido ilegalmente.

El primero de los Aguirre Saravia en ser secuestrado fue Raúl, a quien detuvieron en el estudio. Luego fue el turno de su hermano Eduardo, quien se encontraba en su casa. Laurito fue testigo de su secuestro, el 14 de septiembre de 1978, ya que había ido a llevarle unos documentos. A los pocos días, el 22 de septiembre, la fueron a buscar también a ella.

La llevaron a Campo de Mayo, donde fue interrogada. “Con los ojos vendados me llevaron a un escritorio. Me dijeron que estaba Etchebarne y que era él quien me estaba interrogando, junto con los militares. Yo contesté todas las preguntas que me hicieron. Me preguntaban qué asuntos llevábamos, si sabía algo de Gravier. Yo no lo había conocido ni nada. De los Grassi tampoco sabía nada”, rememoró la mujer y resaltó que el propio Etchebarne estuvo en los interrogatorios bajo tortura de otros de los detenidos.

“¿Como supo que estaba en los interrogatorios?”, le preguntó el fiscal Alejandro Alagia. Laurito contestó: “Me lo dijeron los guardias. Inclusive después de que declaramos nosotros, los militares se dieron cuenta que Etchebarne los estaba utilizando a ellos para agarrarnos a nosotros, por sus propios intereses. Entonces cuando vieron que los Grassi tampoco tenían nada que ver, no lo dejaron entrar más. Eso lo vi yo: un día golpearon la puerta, yo estaba ahí en la oficina con Correa, el jefe de la cárcel. Preguntaron quién es. “El doctor Etchebarne”, contesta él. “Tengo orden de no dejarlo pasar”, le dijeron, y no lo dejaron pasar más”.

Cartas, fichas y soguitas

La mujer contó que en el centro clandestino de detención trató de “desprenderse mentalmente” de su vida anterior. “Me dije: yo vivo acá ahora. Así que quería que estuviera limpio como mi casa”, explicó. Comenzó a limpiar y a cocinar, “tratando de crear un buen clima porque la gente sufría mucho y a muchos los torturaron, a mí no me torturaron gracias a Dios”, agregó.

En esas tareas de limpieza encontró rastros de las personas que habían estado detenidas antes que ellos. En un depósito vio unas 30 fichas de personas en una cajita, algunos eran periodistas, pero el único nombre que reconoció fue la de Jacobo Timerman, director del diario La Opinión. Allí también encontró pequeñas sogas con las que ataban de pies y manos a las personas secuestradas que luego las unió para armar una cuerda para colgar la ropa.

También arregló los colchones de todos los detenidos. Sacó el relleno de lana y con una máquina les volvió a dar volumen. “Cuando empecé a deshacer los colchones estaban llenos de cartitas de mujeres que habían estado presas ahí. Las cartas eran desgarradoras. Una de las cartas decía que le habían sacado al bebé y había otras del esposo que le contestaba”, señaló.

En esos tres meses que estuvo cautiva, Laurito tuvo una relación cotidiana con sus captores, militares y gendarmes, que hacían las guardias. “Los gendarmes me contaban sus problemas, se hacían amigos, pero me decían “si nos dan la orden de que te tenemos que matar, te matamos”, aclaró.

Cuando la liberaron, salieron todos los guardias a despedirse y luego también la llamaron por teléfono a su casa para asegurarse de que hubiera llegado bien: “Tenían miedo que me hubiesen matado en el traslado”.

Su liberación fue unos días antes de Navidad, el 22 de diciembre de 1978. “Ya me había acostumbrado a estar ahí. Había pedido que me vinieran a buscar para Navidad para estar con los otros presos. Me vinieron a visitar por casa, a saludar para las fiestas, pero no me vinieron a buscar. Me dijeron que les había costado mucho trabajo sacarme, que no me iban a llevar otra vez porque no sabían si me iban a poder volver a sacar”, indicó.