Se suponía que iba a ser un día tranquilo.

Me levanté a las nueve de la mañana, envié una nota breve sobre el censo -lo único importante previsto para ese 27 de octubre de 2010- y fui a la cocina a preparar café. Un rato más tarde, mientras desayunaba todavía en pijama y revisaba en los portales las notas sobre una nueva internación del ex presidente Néstor Kirchner, la pantalla de C5N, que tenía encendida sin audio, anunció su muerte con una placa.

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Se me fue el aire.

“No puede ser… no puede ser”, me decía a mí misma en voz alta mientras hacía zapping por todos los canales. Casi en automático, mandé a mi agencia un escueto reporte con la confirmación de la noticia. Fue la primera de la veintena de notas que, en un récord personal, escribí ese día. También hice enlaces con radios y canales de la televisión mexicana.

La incredulidad me superaba. A ratos, me inmovilizaba. La conciencia del momento histórico se mezclaba con la urgencia de escribir la necrológica de Kirchner y las reacciones de líderes políticos y sociales. No sé cómo me sacudí el shock. Las horas siguientes no paré de redactar.

Por la tarde fui a la Plaza de Mayo para hacer una crónica de la procesión de dolientes. Jóvenes afligidos, parte de una generación cautivada por Kirchner, se mostraban por primera vez de manera masiva y en público para llorar y mitificar a su líder. Muchos se sumarían a La Cámpora.

Entre lágrimas, con banderas a la espalda y flores en la mano, la gente colgaba mensajes en las rejas de la Casa Rosada: “Gracias Néstor, hiciste una Argentina mejor”, “Néstor vive en nuestros corazones”, “Néstor, pusiste a Argentina de pie”, “Fuerza mi kerida Cristina”. Algunas personas lloraban en silencio. Otras se hincaban, rezaban, dibujaban pingüinos, amarraban banderas o entrelazaban claveles, rosas o lirios.

“Fue el mejor presidente de la democracia, eso lo van a terminar reconociendo hasta los opositores”, me dijo un hombre de cabello cano después de colgar el letrero: “Cristina, no estás sola”.

La Policía se ubicó en lugares estratégicos ante el temor de desbordes. No hacía falta. La gente llegaba en calma, cabizbaja y triste. De luto. Por la tarde, la Plaza ya se había convertido en un gigantesco santuario. Los desconocidos, sumidos en una tristeza colectiva, se abrazaban y consolaban. Por la noche, la Plaza ya estaba llena de organizaciones y de personas sin militancia formal. De tanto en tanto, las agrupaciones del PJ interrumpían el silencio luctuoso y alternaban cantos peronistas con el himno nacional.

Las cartulinas, mantas y hojas de papel pegadas en las rejas formaron un inmenso tapiz que luego guardaría la presidenta: “Cristina, te queremos muchísimo”, “Adiós al compañero Kirchner, llora la militancia”, “A continuar el proyecto nacional y popular”, “Néstor, descansa en paz, nosotros los argentinos cuidaremos a Cristina”, “Fuerza compañera, la militancia toda te acompaña, el pueblo te necesita más que nunca”.

Cuando el gobierno confirmó el velatorio de Kirchner en Casa Rosada, miles de personas comenzaron una vigilia en Plaza de Mayo. Llevaron carpas, se echaron en el suelo y esperaron la despedida del ex presidente que, hacía apenas unas horas, creían que volvería al cargo en las elecciones de 2011. Nadie preveía su muerte prematura.

A las diez de la mañana del 28 de octubre, las puertas de Balcarce 50 se abrieron para recibir durante más de 24 horas un inacabable desfile de ciudadanos.

El féretro marrón, cerrado y cubierto con una bandera argentina, se colocó en el centro de la Galería de Patriotas Latinoamericanos. Fernández de Kirchner entró más tarde vestida de negro, cubierta la mirada con lentes oscuros y apoyada en su hija Florencia.

Horas después, el presidente Hugo Chávez llegó al velorio directo desde Caracas. La abrazó y ella se echó a llorar. El presidente Luiz Inacio Lula da Silva también canceló su agenda en Brasil y viajó de urgencia a Buenos Aires. En cuanto entró al salón, cobijó en sus brazos a la presidenta, le acarició la cabeza y ella se recostó en su hombro. Parecía un padre que consolaba a su hija.

La ceremonia luctuosa ya era un acto político. La presidenta escuchó y agradeció los gritos de apoyo de los fieles kirchneristas, militantes desde ese momento de su reelección. Afuera se multiplicaban las mantas con el lema “Cristina 2011”. Tuvieron razón: arrasaría con el 54% de los votos.

Al otro día, la conmoción por la muerte de Kirchner tomó las calles de Buenos Aires. Oleadas humanas acompañaron bajo la lluvia el paso del féretro hacia Aeroparque, con destino final Santa Cruz. Había llantos, aplausos, cantos, comparaciones con los funerales de Perón y Evita y un lema cada vez más repetido: “Para Cristina, la reelección”.

Después de la intensidad de esos tres días, sentí que yo ya podía cubrir lo que fuera en cualquier parte del mundo.

Me había graduado como corresponsal.

(Este texto forma parte del libro «Al gran pueblo argentino. Crónicas de una corresponsal mexicana», de Marea Editorial).