Vladimir Lenin, el padre de la Revolución Rusa, admiraba la Sonata Nro. 23 de Beethoven. La consideraba “sobrehumana” y aseguraba que podía escucharla cada día de su vida. A la vez, por esa misma seducción, la rechazaba: la urgencia revolucionaria no admitía el ejercicio distractivo del goce.

Por esa misma sonata, conocida como “Appasionata”, el pianista argentino-israelí Daniel Barenboim, de 76 años, se sometió el martes a una impresionante exigencia –física y de concentración- durante los 23 minutos y 36 segundos de su ejecución. Cuando todavía se imponían los aplausos del público, la expectativa de un bis se desvaneció: Hernán Lombardi, titular del Sistema Federal de Medios Públicos, irrumpió en el escenario, alteró el clima y anunció que la sala principal del Centro Cultural Kirchner cambiaba de nombre por tercera vez (ahora se llama Auditorio Nacional), todo un récord para su efímera existencia. El forzado cuadro compartido con el célebre músico hizo que los chiflidos sólo alcanzaran una intensidad tenue.

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El derrumbe de la audiencia en la TV Pública y Radio Nacional, el trauma de la extendida huelga y las reincorporaciones en la agencia Télam y los desaires con lo que se desgarra cada año “La Noche de la Filosofía” habían depositado a Lombardi en un rol residual en el gobierno: como ocasional vocero -sin beneficio del inventario- en las noches televisivas sostenidas por la publicidad oficial. Por eso imaginó que la edición 2019 del Festival Barenboim, que pasó de la esfera de Horacio Rodríguez Larreta a la suya, con un exponencial salto presupuestario, como el momento para recuperar capital político. Con un aliado conocido: los medios del establishment.

Los morlacos del otario

Cuando la pianista Martha Argerich, en 2015, tuvo un principio de acuerdo para tocar en la inauguración del Centro Cultural Kirchner, una andarriada de rumores, sin fuente ni protocolo periodístico, fueron publicados por La Nación y Clarín, escandalizados por un supuesto cachet de 25 millones de pesos (200 mil dólares de entonces y que, según el gobierno, fueron eran en realidad 3,07 millones de pesos). Pero esta vez, no hubo escándalo: los grandes medios no publicaron una sola línea sobre el costo del Festival Barenboim que, por primera vez, tendrá una extensión de casi tres semanas y que, precisamente por razones de presupuesto, fue eyectado del Teatro Colón. ¿Por qué no hay información oficial sobre la inversión? ¿Por qué se puede difundir el cachet de los Rolling Stones cuando un empresario privado los trae a la Argentina pero se mantienen en la clandestinidad cuando paga el Estado?

La ausencia de información oficial llama especialmente la atención cuando el cambio de sede del festival (del Colón al CCK) obedeció a razones dinerarias, según lo anunció la directora del coliseo, María Victoria Alacaraz. Y el propio Barenboim fue enjundioso en su réplica y, apenas pisó suelo argentino se despachó con un furibundo contraataque (“Menos que caro que no cobrar, no conozco”, dijo). Aun así, sobre el gasto global del festival, más allá de sus honorarios personales, impera el silencio.

El (des)manejo generó discordia entre los funcionarios macristas que no han sido precisamente cuidadosos en sus comentarios públicos sobre los gastos del festival, los excesos cometidos en los dos viajes por la firma del contrato, y hasta señalan números astronómicos que superan la cuenta que cualquiera podría estimar de multiplicar los 180 mil euros que suele cobrar la West-Eastern Divan Orchestra por el número de conciertos programados. El diario Página 12, sobre la cuestión, informó que existió un pago de 1.115.000 euros por la contratación de la fundación que administra a la orquesta.

No se trata de impugnar los altos honorarios que previsiblemente supone contratar a un músico de los más requeridos por el mercado (el cachet de un director de orquesta de esa jerarquía oscila los 50 mil euros), ni de contrastarlos fácilmente con la escasez económica de los sectores más vulnerables de la población o la falta de paritarias en los medios públicos dependientes de Lombardi (por caso, no hay allí un mero problema de fondos, sino de proyectos). De hecho, Barenboim no estuvo exento de gestos hacia la Argentina. En 2002, por ejemplo, cuando tocó por primera vez el ciclo de sonatas de Beethoven en el Colón, había firmado contrato bajo la convertibilidad y, finalmente, tras la hondura de la crisis social, aceptó compartir la “bordearau”,como se dice en la jerga. Esto es, participar de la recaudación.

Si en medio de la inmensa crisis de aquellos años se conocieron los números, ¿Cómo se justifica el secretismo del gobierno?

En busca de la pregunta perdida

La Orquesta Filarmónica de Berlín fue convertida por Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich, en una suerte de embajadora cultural del nazismo. Tocó en la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1936 y en los cumpleaños de Hitler. Su emblemático director fue Wilhelm Furtwängler.

Cuando Clarín le preguntó a Barenboim, en una entrevista publicada el domingo 21, a qué personas admiraba, el argentino citó primero que nadie a Wilhelm Furtwängler. No se trata aquí de examinar cuánto concedió y cuánto resistió Furtwängler al régimen nazi (existen numerosas biografías y documentales sobre su controversial y genial figura) ni trazar conjeturas absurdas sobre la ideología de Barenboim, sino de observar los mecanismos de la prensa frente a lo no dicho. Por declaraciones menos forzadas, esas mismas páginas han propulsado irreversibles condenas públicas.



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Lo cierto es que Barenboim y su colega Argerich, la otra celebridad argentina de la música clásica, también radicada en Europa, cuentan con una indulgencia periodística que no necesitan ni jamás han reclamado. Acaso por eso a Berenboim le piden disculpas si le tienen que preguntar por los reclamos de maltrato en la Staatskapelle de Berlín (al cabo, nada nuevo para un director orquesta) o nada se publicó sobre el regreso a escena del director orquestal suizo Charles Dutoit quien, denunciado por abuso, protagonizó su retornó a la actividad musical con el respaldo de Argerich.

Dutoit trabó un estrecho vínculo con la Argentina (fue un visitante regular del Teatro Colón) y tuvo seis años de matrimonio con Argerich (1979-1983). En 2017 recibió cuatro denuncias (tres cantantes y un músico) por “contacto físico no deseado” difundidas por la agencia Associated Press. Al año siguiente se sumaron seis más. Los hechos fueron ubicados entre 1985 y 2010 en Chicago, Los Angeles, Minneapolis, Filadelfia, Saratoga Springs y Nueva York. Las denunciantes explicaron que callaron en su momento por miedo a obturar sus carreras profesionales. Ante el cimbronazo público, la carrera de Dutoit pareció derrumbarse.

Fue despedido de la Filarmónica de Londres y perdió contratos con la Sinfónica de San Francisco, la Sinfónica de Boston, la Filarmónica de Nueva York y la Orquesta de Claveland, entre otros cuerpos con los que colaboraba. Pero Dutoit preparó su retorno y Argerich fue un apoyo sustantivo en ese movimiento: suspendió sus compromisos contractuales en Estados Unidos para acompañarlo, el 9 de septiembre de 2018, en el Festival de Montreux, Suiza. Con ese blindaje y en su país, Dutoit dirigió a la Orquesta Filarmónica de Suiza con Argerich como solista y un repertorio de Liszt, Stravinsky y Saint Saens.

El gesto, por su contundencia y inequívoca lectura- causo conmoción en el ambiente musical, aunque sin mayor repercusión en la Argentina.

Los silencios también se explican.

Gratis, ni las damas.

Desde la presentación pública del Festival Barenboim, en marzo, en Berlín, la Televisión Pública inició una profusa difusión con anuncios sobre la televisación abierta de los conciertos del maestro. Este domingo se realizará el tercero de ellos, pero, igual que los dos anteriores, sin cámaras.

Fue pura torpeza: sin el expertise del Teatro Colón, Lombardi no conocía de las rutinas contractuales en materia de videograbación y broadcasting de los conciertos de música clásica. Ni siquiera la fundación Barenboim-Said estaba en condiciones de disponer de esos derechos en su totalidad: por ejemplo, la violinista alemana Anne-Sophie Mutter, que será solista en el concierto del miércoles 7 y jueves 8 de agosto, tiene compromisos con otras empresas (Columnia Artist y Deutsche Grammophon).

La instalación íntegra del festival en el CCK (el año pasado se habían trasladado algunas actividades) consolidó, a la vez, el quiebre del principio de gratuidad que caracterizaba al Centro hasta diciembre de 2015, otro aspecto –enorme- que no fue discutido en los suplementos culturales de los grandes medios. Aquel año, el de la polémica por su cachet, Argerich finalmente se presentó en forma gratuita.

Tampoco es clara la lógica de acceso al público del festival: las entradas, con un valor entre 200 y 2000 pesos, son baratas en relación con lo que se hubiera recaudado en el Colón y no representan un monto significativo en materia de recuperación del gasto. ¿Por qué no, entonces, la gratuidad de la entrada? ¿Cuál es la política de acceso y cuál su interacción con las demás salas oficiales de la Ciudad?

Como es habitual: la contratación de la Fundación Barenboim-Said se complementará con un concierto gratuito. El año pasado fue en la Plaza Vaticano, al lado del Colón, y se convirtió en un escenario de visibilización de los despidos en Télam. Esta vez será el jueves 1 de agosto en Tecnópolis donde, casualidad o no, funciona la oficina de los jerárquicos de la agencia oficial, todavía en conflicto. ¿Habrá protesta?

El General y la niña

En una entrevista concedida hace más de veinte años, y que se transformó en el relato oficial a partir del conocido ostracismo de la pianista, contó su encuentro con Perón, a los 12 años.

“Había tocado en el Colón y Perón me había dado una cita en la residencia presidencial. Mamá preguntó si podía acompañarme y le dijeron que sí, por supuesto. Yo no era muy peronista; me acuerdo que siempre estaba pegando por todos lados papelitos que decían ‘Balbín-Frondizi’. Él nos recibió y me preguntó ‘¿Y adónde querés ir, ñatita?’ Y yo quería ir a Viena, para estudiar con (Friedrich) Gulda. A él le gustó que no quisiera ir a Estados Unidos. Lo más cómico fue que mi mamá, para congraciarse, le dijo que a mí me encantaría tocar un concierto en la UES. Y parece que yo debo haber puesto una cara bastante reveladora de que la idea no me gustaba porque Perón le empezó a seguir la corriente a mamá, diciéndole ‘por supuesto señora, vamos a organizarlo’, mientras me guiñaba un ojo y, por debajo de la mesa, me hacía con un dedo que no. El la estaba cargando a mamá y a mí me tranquilizaba. Se dio cuenta de que yo no quería. Fantástico, ¿no? Y le dio un trabajo a mi papá. Lo nombró Agregado Económico en Viena. Y a mamá le dijo que le parecía que ella también era muy inteligente, emprendedora y capaz y le consiguió otro puesto en la Embajada”.

La escena ocurrió en 1954 y era claro que Perón no iba a obtener ningún rédito político de la eventual prosperidad musical de la niña Argerich.

Lombardi maneja otra lógica: sólo piensa en sí mismo. Barenboim se despachó, el lunes en una conferencia de prensa y el jueves en un simposio en el CCK, con una fuerte argumentación contra la clase política por su desprecio de la música y la falta de interés de incorporarla al sistema educativo. El ex ministro escuchó con la ajenidad y lejanía. Como si no perteneciera a ella. No había –allí- rédito electoral por buscar.

El titular del Sistema Federal de Medios halló rédito en el encono de Barenboim con el Colón. Sobre la furia del pianista, pudo avanzar en su obsesión por la deskircherización del CCK (presentó la iniciativa del cambio de nombre de la que fue, en su origen, la Ballena Azul, como una idea de músico, que sin embargo nunca asumió su autoría intelectual). Y, con caja habilitada, se apropió de un espectáculo de resonancia mundial.

Durante los 17 días del festival su nombre, acaso por primera vez, no aparecerá asociado a las palabras despido, desguace, vaciamiento, tercerización, discriminación. Tal vez un precio demasiado alto para garantizar, apenas, una amable planicie política.