Hubo un pasaje de la frase del exministro de Trabajo de María Eugenia Vidal, Marcelo Villegas, que pasó desapercibido por el impacto que provocó su deseo de contar con una «Gestapo» contra los gremios. Luego de decir esto, Villegas dijo que “las leyes son las leyes”, como quien no puede escapar de su destino, y agregó: “Tengo que modificar la ley 10.430, quitarle estabilidad a los empleados de la provincia y por ahí dentro de 100 años un bisnieto mío lo vea”.  

Se sabe: este diálogo se conoció por la filtración de un video en el que este exfuncionario está reunido con empresarios, con el jefe de los fiscales bonaerenses, Julio Conte Grand, y espías de la AFI. Era la mesa judicial bonaerense. Una reunión para conspirar y trazar la hoja de ruta necesaria para justificar el arresto de referentes sindicales. No es una «Gestapo», pero tiene un aroma.   

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El final de las palabras de Villegas muestra una de las pulsiones que habitaron la gestión macrista y que siempre anida detrás del autoritarismo. No se pensaban a sí mismos como un gobierno democrático que podría intentar reformar el Estado, aspectos de una legislación, valores culturales, en un sentido conservador. Se imaginaban refundadores de la patria. Y salvar a la patria no es para cagones, ni para andar con detalles como el  respeto por la división de poderes. Cuando está en riesgo el futuro de la patria la frontera de lo legal debe volverse borrosa. Porque sólo puede haber ley si antes hay una patria en donde aplicarla.

La  propia fantasía mesiánica funciona de excusa para el autoritarismo.  Los salvadores que vienen a “limpiar” los elementos que impiden al país alcanzar a su destino de grandeza.

Si se viajara con una máquina que pudiera cruzar el espacio y el tiempo, se encontraría la misma pulsión detrás de los procesos más atroces que ha vivido la condición humana.

Por supuesto que Villegas no tuvo su Gestapo ni la posibilidad de transformarse en un ser tan temido como Heinrich Himmler, jefe de la policía secreta de Führer. Su frase expresó un profundo deseo. Y no sería tan grave si no hubiese venido luego el encarcelamiento del dirigente de la Uocra Juan Pablo “Pata” Medina.

Las palabras del exministro  muestran su deseo de ser temido. Porque si algo ocurría con Himmler es que su sola aparición ponía a temblar a quien estuviera a pocos metros de distancia. Fue uno de los principales ideólogo de la “solución final” al “problema judío”, el fundamento racista con el que los nazis construyeron al chivo expiatorio que explicaba todos los problemas de Alemania y de Europa.

¿No hay algo de eso en la frase de Villegas? En esa oración en la que parece depositar en los sindicatos, en los empleados estatales, todos los males de la Argentina. ¿El lawfare no se propuso acaso como la solución final al problema del “populismo”?

La comparación sólo es válida a los fines de describir una pulsión autoritaria. Cualquier otro paralelismo implica la banalización absoluta de una de las peores tragedias de la humanidad. Sin embargo, esos baños de sangre comienzan por estas pulsiones. Por eso es tan importante condenarlas.