Que Alberto Fernández no es el mejor para improvisar declaraciones, ya es más que sabido.

Tanto como que el amplio, organizado e influyente conglomerado opositor que integran medios tradicionales y de (todavía) grandes audiencias, políticos y funcionarios judiciales aprovecha cualquier yerro presidencial (u oficialista) para magnificarlo, tergiversarlo y construir narrativas que instala como verdades absolutas (el peronismo también lo intenta, pero sus representantes y prensa afín carecen del mismo peso en la agenda pública).

Lo vimos, otra vez, esta semana. En medio de la tensión política provocada por el pedido de prisión, inhabilitación y decomiso de bienes en contra de la vicepresidenta, Alberto Fernández no tuvo mejor idea que ir a un canal opositor. Y salió mal. Lo contrario hubiera sido una gran sorpresa, más en medio del exacerbado clima de confrontación política que hay alrededor del juicio contra Cristina Fernández de Kirchner.

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Hace semanas, la oposición comenzó a construir el relato de que Diego Luciani y Sergio Mola, los fiscales que acusan a la expresidenta, podrían estar en peligro. De que podrían ser «un nuevo Nisman», el fallecido fiscal que se convirtió en uno más de los botines políticos de la polarización argentina y en uno de los debates sociales en los que, más allá de lo que diga la Justicia (que, como sabemos y vemos a diario, muy justa no es) jamás habrá consenso: el macrismo y sus aliados siempre dirán que fue asesinado y responsabilizará, sin mayores pruebas, al kirchnerismo.

El presidente descartó riesgos y ¿aclaró?: «Hasta acá lo que le pasó fue que Nisman se suicidó, no se probó otra cosa, yo espero que no haga algo así el fiscal Luciani». La frase fue más que desafortunada, condenable, sí, pero está muy lejos de implicar las «gravísimas» amenazas que, de inmediato, las y los opositores denunciaron con suma indignación. Claro, no se iban a perder la oportunidad.

La sobreactuación quedó servida en bandeja de plata. Todos los aspirantes presidenciales de Juntos por el Cambio (que dan por hecho su triunfo en 2023) salieron a reprobar a Fernández con gesto adusto y palabras grandilocuentes. Tienen vasta difusión garantizada.

El caso es que ya hay pedidos de juicio político (que los propios opositores saben que no van a prosperar, que es pura espuma), denuncias judiciales por «instigación al suicidio» y «amenaza de asesinato mafioso», más críticas por doquier hacia «la violencia» del oficialismo (de la violencia opositora con sus pedidos de pena de muerte e incitaciones a escrachar a la vicepresidenta en su casa, por supuesto, no hay autocrítica alguna).

Así como se apropiaron de la palabra «libertad», desde el macrismo también tienen bastante aceitada la ficción de que respetan a la Justicia y la independencia de poderes. Se olvidan de los dos jueces de la Corte Suprema que quisieron imponer por decreto; sus presiones y acoso a la exprocuradora Alejandra Gils Carbó y a la fiscal Gabriela Boquín; del prófugo Fabián Rodríguez Simón; sus críticas a los jueces y fiscales que no les son afines.

Se olvidan de su propia doble vara, esa práctica tan extendida en todas las fuerzas políticas (y sus militantes/seguidores/simpatizantes) que ayuda a reafirmar la tajante división que hay en un país que, además, padece un Poder Judicial desprestigiado y privilegiado; que actúa sin transparencia y dependiente de sus propios intereses.

Seguimos. «