Dentro de una semana la Argentina ingresará en un nuevo ciclo histórico. Más allá de quien sea el ganador del balotaje, la configuración política del país ya no será la misma que la que lo condujo hasta este 40° aniversario de democracia. Las opciones son dos, parece una obviedad, pero no sólo porque son dos los candidatos que llegan al final de este eterno año electoral. Son también dos los ordenamientos sociales en disputa: un reagrupamiento de votantes a partir de una base de principios democráticos que habían olvidado que tenían en común, y otro agrupamiento dispuesto a quemar aquellos principios, estallarlos, traer algunos fantasmas del pasado y ver qué pasa. Esta simplificación no es caprichosa. Es la forma que fue tomando la elección presidencial a partir del resurgimiento de dos factores conocidos por todos, pero que fueron poco hegemónicos en estas cuatro décadas: la violencia y la crueldad.

Crueldad en el discurso que no se sonroja a la hora de prometer la quita de derechos. Violencia en el gesto, en la agresividad del tono, en la amenaza de la motosierra, en el amedrentamiento en las redes, en la vandalización de los símbolos democráticos, en la ofensa y el insulto a los mayores, en la metáfora sexual cargada de perversidad, en la anulación del adversario, en la opereta oscura de última hora.

En la reivindicación de un genocida que para vengar la muerte violenta de su padre cometió tantos delitos de lesa humanidad que carga con cuatro condenas a perpetua. En la voz autoritaria y chillona que a falta de argumentos anula un debate a fuerza de decibeles antes que ideas.

¿Quién podrá dormir estos siete días que quedan por delante? ¿Quién podrá calmar la ansiedad, el miedo al futuro?

¿Quién no sintió un nudo en la garganta al ver en las redes el video de la joven Ana Fernández, triple víctima de la dictadura (su abuela, Esther Ballestrino de Careaga es una de las Madres de Plaza de Mayo arrojadas al mar en un vuelo de la muerte; su madre Ana María una sobreviviente del cautiverio en un centro clandestino, y ella misma una mujer nacida en el exilio) pedirles a los pasajeros de un subte que por favor no voten por Javier Milei porque quiere que sus hijos vivan en un país sin violencia?.

¿Quién no sintió escalofrío al ver las imágenes de un grupo de violentos a bordo de un tren estatal que al grito de «Viva la libertad carajo» echaba a dos militantes de Unión por la Patria que sólo volanteaban por su candidato?. ¿Quién no sintió bronca al ver el silencio cómplice de parte del pasaje de ese transporte público, frente a semejante acto de censura política?.

Claro que se perfila otro modelo político a partir del 19. Porque, paradójicamente, esta cuerda tensada al extremo produjo en su contraparte un ablandamiento de viejas antinomias. Una confluencia en ese pacto de acuerdos básicos de convivencia que comenzó el 10 de diciembre de 1983. Sólo la mezquindad de quienes especulan con ubicarse donde mejor pegue el sol el domingo que viene a la medianoche hace que muchos de ellos todavía no hagan manifiesto su apoyo al único candidato que les garantizaría, inclusive, su propia sobrevida política como gobernadores o intendentes. No hizo falta: la sociedad desde sus bases, auto organizada, decidió ponerle palabras y se hizo cargo del grito: No a Milei.«