Si los 16avos fueron el filtro para los africanos, los octavos tamizaron las esperanzas de los americanos. En esta instancia, el Mundial se quedó sin los tres anfitriones de la Concacaf. A la Conmebol tampoco le fue bien: el cuadro empezó con la esperable -aunque luchada- despedida de Paraguay ante Francia y cerró con la partida de Colombia en la tanda de los penales ante la sistémica Suiza. En el medio, Brasil se despidió temprano, demasiado rápido para su historia más allá de que ahora llegará a 28 años sin títulos. La resistencia quedó en manos de Argentina, el único latino y representante del hemisferio sur en pie en la Copa después de una remontada histórica ante Egipto. La Selección nacional y Marruecos son la barrera para evitar que el trofeo vuelva a Europa, dominador de los cuartos con seis de ocho equipos en carrera.
Argentina y Marruecos también mantienen viva la posibilidad de disputar una final en Nueva Jersey sin presencia europea, algo que solo pasó con Uruguay como protagonista: en 1930 derrotó 4 a 2 a nuestra selección y en 1950 definió la liguilla con el Maracanazo ante Brasil. Pero para esa definición en Estados Unidos -solo allí se jugarán los ocho partidos restantes- todavía falta un largo trecho del Mundial que galopa con niveles de intensidad y velocidad bien altos. Acaso una forma de medirlo es repasar lo que va dejando cada fase. Aquí y ahora, en este primer día sin fútbol global desde el 11 de junio, el escándalo Balogun previo telefonazo de Trump, Brasil de Neymar afuera, la bestial capacidad goleadora Haaland, el fin de Cristiano Ronaldo y el show de los penales -errados por Bruno Guimaraes y Messi, convertidos por Kane, Raúl Giménez, Mbappé- son algunas de las palabras claves de los octavos de final, de las 96 horas con una única resolución por penales -Suiza ante Colombia- y dos en el tiempo adicionado -España y Argentina-.






En la época del «todo ya», del ritmo impuesto por los algoritmos y del campeonato por escribir -o leer- la sentencia menos importante en alguna red social, la paciencia sigue siendo un valor a la hora de jugar al fútbol. Sin idealizar ni hacer de ella un culto, es clave en este deporte sin atajos ni fórmulas mágicas. La capacidad de soportar contratiempos y gestionar las frustraciones son una virtud para construir victorias cuando parece que ninguna piña entra. Algo de eso cuenta Alejandro Wall cuando dice que Messi estiró su historia. “No podía y no podía. Hasta que pudo”, escribe en Correo Mundial, newsletter que comparte en Tiempo con Andrés Burgo. Con 96 partidos jugados sobre 104, la hazaña de Argentina en Atlanta es hasta ahora la muestra más potente en el manejo de esa calma. Aunque es una cualidad compartida: en 16avos, la tuvo Inglaterra para doblegar a Congo y también Bélgica para ganar en el último tiro contra Senegal en dos escenas que son de este Mundial aunque parecen de un pasado lejano. Más acá en el tiempo, en estos días de una Copa que ya empezamos a extrañar, también lo mostraron Francia para romper el muro paraguayo y España para despedir a Cristiano Ronaldo en su sexto mundial.
Por primera vez desde el 11 de junio, los hinchas viven un día libre de fútbol. Un descanso en medio de un Mundial moldeado con las adicciones de estos tiempos de inmediatez al palo y scrolleo eterno. Es el paisaje de la Copa, un torneo hecho a medida del consumo actual y sus -nuestras- contradicciones. Después de todo, tampoco viene tan mal este miércoles con pausa de hidratación para procesar lo que pasó en Atlanta, una victoria épica ya resguardada en la memoria futbolera.

