Los hermanos Valentín y Néstor Feliciano Cabana tenían unos 20 años y eran parte de la banda de música de la Gendarmería en la guarnición de Campo de Mayo. Ambos estudiaban música, Valetín tocaba el clarinete y Néstor la trompeta. En 1976 las autoridades desarmaron la banda porque les faltaba personal.

“Yo estaba en la banda, me dedicaba a estudiar música. Se desarmó la banda y fui convocado al lugar clandestino. Era jovencito. Me sorprendí y fui ordenado en ese lugar”, arrancó Feliciano este miércoles ante el Tribunal Oral Federal 1 de San Martín, que lleva adelante el juicio oral Megacausa de Campo de Mayo.

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“Ese lugar”, que el testigo no le pone nombre, era El Campito, uno de los centros clandestinos de detención que funcionaron en Campo de Mayo durante la última dictadura. Los gendarmes de menor jerarquía fueron parte de la guardia externa del CCD, custodiaban el perímetro.

Durante la audiencia, la historia se reconstruyó a fuerza de las preguntas y repreguntas de la fiscal Gabriela Sosti y de las querellas, entre los olvidos, los silencios y las confusiones de los testigos, 6 ex gendarmes que aclaraban una y otra vez que nada habían tenido que ver con lo que sucedía adentro de “ese lugar”.  En varias ocasiones la fiscal les tuvo que leer declaraciones previas para repasar algunos hechos clave.

“¿Supo qué lugar era? “, le preguntó Sosti. “Cuando llegamos no sabíamos nada. Después ellos nos dijeron que había gente detenida. Íbamos a ese lugar sin saber nada. Después nos dijeron”, comentó Feliciano.  “Después hubo comentarios de que había detenidos. Que los traían de afuera. Pero no sabíamos nada de qué se trataba”, agregó.

“¿Escucharon gritos de personas?”, preguntó la fiscal. “Sí, se escuchaba gritos de lejos, gritos y después silencio. Mucho no escuchábamos, prácticamente todo en silencio”, contó el testigo.

“¿Pudieron darse cuenta de que se trataban los gritos?”, siguió Sosti. “Después del portón sabíamos mirar y sacaban a gente del lugar donde era el interrogatorio. Sabíamos mirar nosotros. No teníamos acceso a tocar ni acercarnos”, añadió Cabana.

Su hermano recordó que debían abrir el portón de madera de la entrada cuando llegaba un auto. “Venían en coches, como el falcon, y nos decían, “abran”. No nos permitían acercarnos”.

Los gendarmes contaron que hacían guardias en el exterior, ingresaban al predio a comer, en un quincho que estaba a unos 40 metros de los galpones donde estaban las personas detenidas ilegalmente. Describieron la estructura como de galpones y mencionaron una casa blanca. Adentro del predio había oficiales del Ejército y otros gendarmes con más antigüedad, como Roberto Fusco, uno de los imputados.

El testimonio de Feliciano Cabana colocó a Fusco, alias Pajarito, dentro del centro clandestino. Fusco era gendarme y también integraba la banda de música, donde era baterista. “Fusco era mi superior. Yo era su subalterno, su subordinado”, repitió varias veces. “Recuerdo que fue asignado en el lugar de los interrogatorios. Sabíamos verlo, pero nunca nos dijo, porque no tenía relación con nosotros. Lo veíamos nada más. Lo veíamos que entraba y salía”, relató.  

Concepción Atienza estuvo en Campo de Mayo entre 1976 y 1978. No estaba en la banda de música. Era parte de otro grupo de gendarmes que cumplió funciones de guardia. “La jefatura nuestra nos dijo que íbamos a cubrir el servicio de seguridad por pedido del comando en jefe. Teníamos que ir a cubrir un lugar donde estaban lo que ellos decían que estaban los ‘zurdos’, ‘guerrilleros’. Mas de eso no sabíamos. Cumplíamos ordenes de ellos y nada más”, relató.

“Se veían vehículos ingresar por la puerta principal. Teníamos prohibido mirar, tratar con nadie ni opinar nada. Si te veían mirando, siempre había un espía que te llamaba la atención”, contó Atienza. Tampoco podían llamarse por su nombre sino que tenían que usar sobrenombres para ocultar su identidad.

“¿Qué pensaban en ese momento de todo lo que le prohibían?”, preguntó la fiscal. “Pensábamos lo peor y nos resignábamos. No hay cosas lindas que salgan de ahí. Si hay algo oculto es porque algo pasa. Después nos enteramos, pero ya no estábamos ahí”, manifestó.

A partir de lo que ya había declarado en instrucción, la fiscal Sosti le consultó por un episodio con un perro del ejército. “Sí, quiso atacar a un compañero. Lo tenían ellos, la gente del Ejercito adentro del predio. El del Ejercito salió y dijo: “Si me matan el perro se la van a tener que ver conmigo”. El apodo era Galo”, recordó. Con ese alias era conocido otro de los imputados en el juicio, Carlos Alberto Rojas, quien estaba a cargo de los perros que fueron utilizados como elementos de tortura.

También recordó que un compañero pudo ver desde uno de los puestos el momento en que bajaban a uno o dos detenidos y que los llevaban como queriendo ocultarlos.

El juicio oral Megacausa Campo de Mayo abarca los delitos cometidos contra 350 personas que estuvieron en ese centro clandestino de detención. Hay una veintena de imputados por torturas, secuestros, homicidios, desapariciones y apropiación de niños.