No es común que un atleta olímpico pase de la pista a un escenario con la misma naturalidad con la que cambia de botas. Mucho menos que, además de competir entre los mejores esquiadores del mundo, sea vocalista de una banda de heavy metal. Sin embargo, esa doble vida define a Dominik Paris, descendista italiano y frontman metalero, una rareza que une velocidad, distorsión y adrenalina en partes iguales.
En el deporte, Paris ya era una figura consagrada. Nacido el 14 de abril de 1989 en Merano, en el Tirol del Sur italiano, desde niño mostró una vocación casi innata por la velocidad sobre nieve: debutó en la Copa del Mundo en 2008 y con el paso de los años acumuló 24 victorias en circuitos de élite, además de un título mundial en super-G en 2019 en Åre, Suecia -uno de los momentos más altos de su trayectoria-.
Pero la historia de Paris no se limita a los cronómetros y los pódiums. Fuera de los guantes y el casco, Dominik es también vocalista de una banda de heavy metal: Rise Of Voltage, un grupo de metal que fundó en 2017 junto a su hermano Lukas Paris (guitarra), el bajista Frank Pichler y el baterista Florian Schwienbacher.

Paris en Rise Of Voltage
El proyecto musical no es un hobby trivial ni una ocurrencia de fin de semana: Rise Of Voltage lanzó su primer álbum, Time, en 2018 y lo siguió con Escape en 2024, dos trabajos con suficiente intensidad como para ganarse un lugar en la escena metálica italiana y sumar fechas en festivales europeos.
Esa doble identidad encontró su imagen más potente en los últimos Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina d’Ampezzo, donde el sábado 7 de febrero de 2026 conquistó la medalla de bronce en la prueba de descenso masculino, su primera presea olímpica tras varias participaciones. La escena resultó casi cinematográfica: casco, antiparras y podio para el mismo tipo que, semanas después, vuelve a empuñar el micrófono.
Paris contó en entrevistas que su pasión por el metal nació a los 14 años y que la experiencia en un escenario, con las luces y el público, le genera una adrenalina distinta a la de una pista de esquí, aunque admite con humor que “sabe mejor esquiar que cantar”. Ese cruce entre disciplinas, aparentemente dispares, revela mucho de su personalidad: precisión técnica, entrega física y una necesidad de expresión visceral que conecta el vértigo del descenso con el grito amplificado.
