La contracara de la persecución judicial a Cristina Fernández de Kirchner se percibe en las multitudes que con amor, con fervor, con esperanza desbordan esa esquina de San José y Humberto I°. Otra versión argentina de la contraposición del cariño y el odio. Una de las consecuencias fácticas de ese fenómeno político y social tan intenso, tan sentido por el pueblo argentino, se transforma en una nueva versión de uno de los íconos más preciados por el imaginario popular: el balcón.
El balcón que fue casi originario de Juan Perón y que el tiempo manchó de frivolidad y vulgaridad. De aquéllas entrañables imágenes con el General levando los brazos desde la Rosada, con una Plaza de Mayo desbordante de pueblo y fervor, a las disparatas secuencias de caranchos que saludan a la nada mirando un horizonte vacío. Una burla a las clases populares.

El balcón. Privada de su libertad, surgió otro balcón para que CFK prolongara su comunicación fraternal con la militancia. Este miércoles 10 se cumplió un año de la sentencia que le impide la libertad, que se hizo efectiva una semana después. Un año con reiteradas, intensas, diversas, increíbles manifestaciones de amor en esa esquina. Muchas de ellas con la presencia de ella agradeciendo desde el segundo piso, esa espléndida ternura que sube desde el pie.
Por otra parte, la historia del peronismo se suele asociar a notables artistas que inmortalizan momentos inolvidables y que producen un muy particular mixtura entre el sentimiento popular y la creatividad de los autores de libros, de textos, de fotos, de pinturas.
Y por supuesto, también de dibujos.
Es el caso de el Tomi Müller. Hace algunas semanas, en la Feria del Libro se presentó un trabajo delicioso de este dibujante rosarino que vive en Barcelona, El balcón ilustrado.
«El Tomi es Tomás D’Espósito Müller, un rosarino ‘Canalla’ e impenitente, un dibujante del carajo. Es una saludable planta anómala en el jardín, el bosque, la selva de la historieta nacional», lo define la fina pluma de Juan Sasturain, desde el prólogo.

-A pesar de vivir en España, te mantenés muy al tanto de la realidad argentina.
-Mi realidad es Argentina. Casi un cuarto de siglo después sigo hablando de «vos». Mi corazón viaja todas las tardecitas a ver cómo está mi barrio. Vigilancia atenta del caos, le dicen. Esa frase puesta en práctica me dio muchas satisfacciones. La recomiendo.
-¿De dónde nace la admiración que sentís por Cristina? ¿La conoces personalmente?
-A Cristina le caben sólo adjetivos calificativos amorosos, aptitudinales, virtuosos. Los descalificativos se los acaparó todos (Javier) Milei, sin excepción. No la conozco en persona, pero me bastó un mensaje que me envió por WhatsApp para sentirme al lado de ella. El poder de convocatoria de su voz la describe hasta corporizarla, ya después no hay escapatoria, no hay otras opciones que no sean quererla, respetarla y admirarla. Soy un tipo extremadamente tímido pero logré sobreponerme y, aunque algo balbuceante, pude contestarle.

-¿Estuviste en San José 1111? ¿Qué significa para vos que ella esté presa?
-No estuve allí, pero es como si hubiera estado. Mi espíritu tiene una asombrosa facilidad para convertirse en dron, para transformarse en vista cenital de los balcones, en ojos de Cristina vigilando a su pueblo desde arriba, o en ojos de su pueblo como un ejército de Supermanes derritiendo injustos barrotes con su visión de calor. Ese pueblo que la convirtió en monumento vivo, altísima, infinita, volviendo, volviendo y volviendo. Que Cristina esté presa significa que yo estoy preso, y hasta me atrevería a decir que todos estamos presos. De pibe, mi vieja me enseñó una frase: «Una cárcel, por más grande que sea, siempre es una cárcel». No sé de dónde la sacó ella, pero que aquí se las dejo…
-¿Llegó el libro a manos de Cristina?
-El diputado Eduardo Valdés le regaló El balcón ilustrado el día de su cumpleaños. Nos relató el momento, nos describió su mirada deslizándose sobre las páginas. Pero la ubicua editora de Jajá Ediciones, Luciana Mainelli; la indispensable diseñadora, Paula Scaglione; y yo ya le habíamos apuntado al alma, sabedores de que la inmensidad del alma de Cristina es un blanco imposible de errar.
-Antes del de San José 1111, el balcón más emblemático fue el de la Rosada.
-Al balcón de la Casa Rosada me dan ganas de baldearlo con perfumina fulminante, de restregarlo con creolina. Desde que se asomó Milei saludando en falso a una multitud ausente con esa manita flácida como un pescado muerto, no hago más que imaginarme el piso de ese balcón lleno de pañales desechables, millones de insistentes moscas de tambo zumbando, de cacas de mastines ingleses clonados.

-¿Cómo se te ocurrió hacer esta serie de trabajos? ¿Por qué Eva en la tapa?
-Las ilustraciones que contiene el libro son una pequeña parte de la serie «El balcón de Cristina» que publiqué en Facebook desde el día en que ella empezó a cumplir esa tiránica prisión domiciliaria. No con la idea de hacer un libro: esa fue idea de mis cómplices, los lectores. Pasé de tener mil likes a tener más de 13 mil, en su inmensa mayoría producto de los trolls de Milei. Me insultaron de arriba abajo como sólo pueden hacerlo los que gozan de una impunidad delictiva. Copiaban la ilustración, la deformaban de forma brutal y me la volvían a publicar como comentario. No me daban las manos para bloquearlos, pero debo agradecerles la inusitada promoción. El agua sucia también apaga incendios. Decidimos que Eva estuviera en la portada porque nosotros habíamos cumplido y ella, como siempre, nos iba a dignificar.
-¿Cómo fue la selección de los dibujos?
-Las obras de un artista son como sus hijos. Uno las crea y les enseña a cruzar la calle hasta llegar a la galería. Cuesta soltarles la mano, pero es ley de vida. Me gustaría que hubiera un Balcón Ilustrado II. Por la libertad inminente de Cristina, por la felicidad del pueblo y por reconstrucción de la patria.
-¿Cuándo te fuiste a España y por qué?
-En el 2002. Mi chica, Mariana Hernández Larguía, desde los ’70 sostiene una lucha denodada por la libertad de los presos políticos, que fue dirigente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, de Familiares, de la Coordinadora de Trabajo Carcelario y de tantas otras organizaciones. Un inmenso trabajo social y un balazo en el brazo izquierdo que le destrozó el húmero pero potenció al máximo sus convicciones. Juntos creamos El ángel de lata, revista que vendían los chicos trabajadores de la calle de Rosario, a quienes organizaba el Pocho Lepratti, brazo derecho de Mariana, a quien León Gieco dedicó su tema «El ángel de la bicicleta»: fue asesinado por la policía en el estallido de aquel nefasto diciembre de 2001 junto a otras 38 personas. Mariana entonces impulsó la formación de la Comisión Investigadora No Gubernamental de los Hechos de Diciembre y eso generó persecuciones y amenazas. Después de que una Trafic persiguiera el auto en el que íbamos a rescatar a uno de nuestros hijos amenazados, decidimos pedir asilo. En agosto de 2002 llegamos a Barcelona.

-Sos rosarino.
-Nací en un enero infernal del barrio Alberdi, entre el balneario La Florida y el Gigante de Arroyito, a orillas del Paraná. Algunos atribuyen al color del río mi gusto por usar como soporte el papel madera. A los 12 años vi una foto del Che muerto, en la revista sensacionalista Así, que era de Crónica, en la que me pareció que estaba con los ojos entreabiertos para seguir viendo y que esbozaba una sonrisa para seguir viviendo. Cualquier noción de política que yo tenga está signada por esa foto. A los 13 años entré a trabajar en una agencia de publicidad como dibujante creativo, pero me pusieron a servir café y me volví. Fui remero del Rosario Rowing Club. Publiqué en la revista Fierro. Soy el creador de Polenta con pajaritos, Tangozando, El desmitificador argentino y Dibujitos Avivados, y fui caricaturista político para Télam. Tuve el inmenso placer de formar parte de la inigualable Década Ganada. «
Un Canalla con sangre roja
“Todavía gateaba cuando abrí una de las puertas del placar donde mis viejos guardaban de esos tesoros incomprensibles que uno colecciona en esa etapa en que la edad también empieza a ser coleccionable. Allí encontré dos hermosas telas pintadas al óleo cubiertas de polvo durmiendo en la penumbra, una era una marina y la otra un paisaje de montaña. Mi viejo, cajero bancario por necesidad, las había dejado allí hacía siglos. Pero no fue el único regalo de la vida que recibí ese día… Doblada y planchada en un cajón dormía una camiseta de Independiente de Avellaneda que mi viejo, ignoto wing derecho, usaba para jugar los picados. Era fanático de esa delantera De La Mata, Sastre y Erico: mi inocencia infantil tocó esa camiseta y me convertí en un encendido diablo rojo hasta que, en una tarde justiciera, un tío me invitó a ir a la cancha de Rosario Central. El fanatismo de los conversos se hizo cargo de mi corazón”
Vamos a volver
EL balcón ilustrado es una publicación de Jajá Ediciones y la Editorial Fundación Ross, de Rosario. Un trabajo de más de 60 páginas prolijamente encuadernadas, con una treintena de ilustraciones. La mayoría de ellas tienen un texto adjunto. En la que figura Néstor Kirchner tiene un epígrafe: «Volver con la frente marchita, dice el tango, pero volver. Volver con la frente bien alta, sentir que es el pueblo la vida, que un par de años no es nada, que es feliz la mirada triunfante en la sombra te busca y te nombra y reclama volver».
Los dibujos de Müller también de reproducen en el instagram @eltomimuller.
Disney y manos mágicas
«De chico, las imágenes me llegaban mágicamente a la tele a través de un cable plano, negro, al que a veces había que forrar con papel de chocolate para que se mejorara la imagen, conectado a una antena en el techo a la que había que orientar cada dos por tres. El programa Disneylandia era en blanco y negro. Todo era tan mágico. Con decirles que la tele tenía fantasmas y que la imagen se deformaba en vertical u horizontal. Y se corregía con uno de los botones…, suficiente En ese contexto esotérico descubrí que en una de las secciones llamada Manos Mágicas, se veían las manos de un tipo dibujando a una velocidad deslumbrante. Y yo venía dibujando desde que tenía uso de razón: quedé pasmado, convencidísimo de que lo que acababa de ver era cierto. De ahí en más, me propuse imitarlo sin imaginar siquiera que se trataba de una cámara rápida (hoy, el time lapse). No llegué a igualar el récord del dibujante de Disney, pero terminé dibujando a una considerable velocidad».
