I. El choque como espectáculo
La final del Mundial 2026 entre Argentina y España se definió en el campo, pero lo político continuó fuera de la cancha. En pocas horas, una corriente de hostilidad contra la Selección se desplazó hacia una descalificación sistemática y adquirió en las redes un cuerpo, una fuerza y un nombre: “Campaña anti-Argentina”.
El episodio no fue una controversia deportiva cualquiera. Fue la expresión de un signo de época al que las sociedades se enfrentarán cada vez más. Me refiero al uso del odio y la atención en activos centrales del tecnofeudalismo y el capitalismo de plataformas.
La velocidad con la que el conflicto desbordó la cancha, circuló en las redes y en los medios, al mismo tiempo que incorporó voces públicas de gran alcance, fue la evidencia más consistente de la existencia de un automatismo de fondo que alentó la escalada hasta pasar de atacar a una selección a atacar a lo argentino.
Todo esto sin que un único actor diseñara y dirigiera la ofensiva. La campaña tomó forma mediante un proceso algorítmico y acumulativo: algunas cuentas lanzaron provocaciones, usuarios movilizados respondieron, los medios extendieron la controversia y los sistemas de recomendación dieron mayor visibilidad a los contenidos capaces de retener atención. La convergencia de esas intervenciones dispersas produjo una corriente de hostilidad reconocible como campaña, aunque no hubiera sido planificada como tal desde su origen.
Desde la tecnopolítica, lo alarmante fue que dirigentes y militantes de España y Argentina, lejos de interrumpir la dinámica, ocuparon sus respectivos bandos y contribuyeron a escalarla. Y el problema no fue únicamente lo dicho, sino la inadvertencia del fenómeno más importante: el secuestro de la conversación política por una infraestructura diseñada para seleccionar, jerarquizar y monetizar el conflicto.
Ese sistema en sus inicios se vendió como neutral y democrático hasta que descubrimos, tarde y por su poder de espionaje, que las relaciones sociales habían devenido prácticamente inviables sin su mediación algorítmica.
Recién entonces pudimos comprenderlo con rigor: habíamos quedado subordinados a una estructura tecnológica de extracción de la atención y la retención humana cuyo modelo de acumulación de ganancias dependía de la manipulación estratégica masiva.
Como la empleada para la Campaña antiargentina, basada en la sobreestimulación de los resortes neurocognitivos compartidos por el deporte y la política (tribalismo, simbolismo atávico y rivalidad) para desatar la indignación; ese gran capital psicológico del tecnofeudalismo por su rendimiento financiero.
II. La cadena de montaje algorítmica
Para comprender estos fenómenos hay que abandonar la idea abstracta de “algoritmo” y observar la trama de tácticas que intervienen —a veces juntas; a veces no— en la construcción artificial del odio:
1.Rage-farming (provocación rentable): Introducción o ponderación de mensajes capaces de activar resortes emocionales —desprecio, agravio o estigmatización— a partir de diferencias intrascendentes para forzar una respuesta inmediata.
2. Astroturfing (amplificación sintética): Sobrerrepresentación del contenido de alta activación emocional desde los sistemas de recomendación, redes coordinadas, cuentas automatizadas o granjas de interacción que simulan una “marea orgánica”.
3. Flooding (asfixia deliberativa): El sistema satura de memes, chicanas y acusaciones el espacio público para controlar el nivel de odio e impedir debates más serios — vivienda, empleo, soberanía o derechos— haciéndolos menos visibles y competitivos que el espectáculo del agravio.
4. Gaslighting (distorsión perceptiva): Cada bando es expuesto a las expresiones más hostiles de la otra hasta tomar la parte por el todo e instalar la convicción de que la agresión es unilateral, permanente e inevitable, poniendo en duda el peso de la memoria histórica y la percepción de la realidad.
El resultado es una realidad sintética: un conflicto iniciado casi en la nada al que el sistema atribuye escala, continuidad y apariencia de totalidad. Algo que, sin embargo, no es falso en tanto hay personas y agravios reales, pero tampoco se desarrolla desde un proceso habitual, pues su visibilidad ha sido producida y agrandada por dispositivos de selección algorítmica.
III. La ingenuidad del progresismo
La tragedia no reside solamente en el código ni en la sociedad que reacciona. Reside también en la capitulación de las fuerzas políticas emancipadoras que, debiendo construir programas, alianzas y horizontes, encuentra en el exabrupto chovinista una oportunidad para cosechar impresiones y festejar la viralidad.
A ambos lados del Atlántico se confunde ruido de burbuja con construcción de hegemonía, engagement con solvencia ideológica y visibilidad con poder político. Pero los likes no se convierten automáticamente en votos, organización ni programa.
Y mientras las nuevas derechas reaccionarias dominan por afinidad o subordinación la estructura, los progresismos y las izquierdas entran en esa arena a disputar hegemonías culturales y nacionales, postergando las transformaciones materiales por jugar en el campo del adversario a un final anunciado: quedar neutralizadas y devenir funcionales a su poder.
IV. La dirigencia como cortafuegos democrático
La política de ambos lados del Atlántico no puede seguir actuando como comparsa hiperactiva de los algoritmos. Debe constituirse en cortafuegos democrático: no surfear la indignación para cosechar likes defensivos, sino desactivar el dispositivo antes de que erosione la cohesión social, las alianzas políticas y la relación entre los pueblos.
Y esto exige una pedagogía capaz de explicar su tiempo histórico, el gran problema del tecnofeudalismo, el capitalismo tardío y las tecnocracias. Así como que la confrontación transatlántica, pese a toda evidencia, puede ser solo el producto de una arquitectura que rentabiliza la confrontación y que volverá hacerlo.
En todo caso, es necesaria una fuerza política de resistencia capaz de resguardar la densidad del vínculo entre pueblos. No como nostalgia, sino como necesidad geopolítica. Extinguir el lazo de países que comparten historia, circulación intelectual y agendas políticas no puede quedar subordinado al impulso del día.
Si la política no recupera su soberanía crítica y continúa delegando su agenda en el diseño algorítmico, el futuro solo podrá ser escrito por los alineados a las plataformas y ejecutado por quienes crean que se puede hacer política de transformación siendo funcionales a ellos.