Stephen “Kiki” Ramos, delantero de la Sexta División de Vélez, se entrenó durante tres días de junio en el predio de la AFA con la selección argentina Sub 17, mientras la mayor jugaba el Mundial en Estados Unidos. Kiki Ramos nació en 2009 en Puerto Príncipe, capital de Haití. Y, a los ocho meses, fue adoptado por una familia argentina de Villa Devoto que apuró el proceso tras el terremoto que mató a más de 300 mil personas en 2010. Es el primer “haitiano” en haber sido citado a una selección argentina. El chico que juega desde los seis años en Vélez puede integrar la selección que dirige Diego Placente en el Mundial Sub 17 de Qatar 2026 (Argentina debutará el 19 de noviembre ante Australia).
A los nacidos en el exterior pero con nacionalidad argentina y a los hijos de inmigrantes nacidos en el país, en Argentina, no se los llama “afro-argentinos”. Son argentinos y representan a las selecciones.
Kiki Ramos no es el primer negro en una selección argentina. Y, afortunadamente, tampoco será el último, aunque les cueste comprenderlo a la mirada ajena en medio de una operación psicológica masiva de odio contra la selección y Lionel Messi –y, por extensión, contra los argentinos–, lanzada y profundizada en redes y en medios durante el Mundial que terminó con España como merecido campeón. Si la primera narrativa fue que la selección de Messi había “arreglado” la Copa –“ArgenFIFA”, “VARgentina”–, la segunda fue la atribución de “racismo”.
Alejandro de los Santos fue el primer negro en jugar en una selección argentina. Hijo de esclavos huidos de la Angola del siglo XIX (“África Occidental Portuguesa”), inmigrantes bengueles, De los Santos, entreala izquierdo, jugó cinco partidos entre 1922 y 1925. Y fue campeón del Sudamericano de Argentina 1925, en el que enfrentó a Brasil, que prohibía a futbolistas negros. De los Santos se quedó afuera de Uruguay 1930, primer Mundial. Iniciada la Década Infame con el primer golpe de Estado en 1930, la identidad argentina comenzaba a construirse mirando a la Europa blanca y elitista.
El arquero Héctor Baley, cuyo abuelo paterno había llegado desde Senegal y trabajó en la construcción del puerto de Bahía Blanca, fue campeón del mundo con Argentina en 1978 y también fue suplente en España 1982. Familiares tanto de De los Santos (contaron que no fue al Mundial de 1930 por ser negro) como el propio Baley aceptaron que vivieron episodios aislados de discriminación en la Argentina, pero que el racismo no fue parte constitutiva de la vida. Investigaciones genealógicas en el último lustro identificaron ancestros descendientes de afros en la línea familiar de Diego Maradona, chozno de Luiz Maradona, quien luchó junto a José de San Martín en el Ejército de los Andes.

Los descendientes de los afros traídos a América como esclavos por los colonizadores de los imperios de Europa no “desaparecieron” en lo que hoy es el territorio argentino. No hay “tantos” porque, tras las guerras y la fiebre amarilla en la segunda mitad del siglo XIX, se integraron a una sociedad cada vez más mestiza por las olas inmigratorias (y se siguen integrando, como lo expone la historia de Kiki Ramos). Todos se mezclaron con todos, sin guetos como en los Estados Unidos. Fue lógico que, producto de la integración, llegasen a la selección argentina, aunque no se arme por composición étnica.
José Ramos Delgado, de padre caboverdiano, fue el capitán de la selección argentina campeona invicta de la Copa de las Naciones en 1964, con victorias ante la Portugal de Eusébio, la Brasil de Pelé y la Inglaterra de Bobby Moore. Ramos Delgado jugó los Mundiales de Suecia 1958 y Chile 1962. El primer negro en la selección inglesa fue Viv Anderson, en 1978; y en la española, Donato, en 1994. En la década de 1960, en Estados Unidos había baños y transportes para blancos y para negros. Y asesinaron a Malcolm X y a Martin Luther King, activisas por los derechos civiles. La mayoría de los hinchas argentinos aplaudió a la selección de Cabo Verde en Miami tras los dieciseisavos. “La primera vez que me dijeron ‘negro’ me pareció chocante y volví enojado a casa. Después me di cuenta que acá es así. Te dicen ‘negro’, ‘gordo’, ‘flaco’, ‘colo’. Llevo 52 años viviendo en Argentina y nunca me sentí discriminado”, relató Custódio Mendes, primer africano que jugó en el fútbol argentino profesional –en Estudiantes de La Plata, en 1981–, nacido en Cabo Verde en tiempos en que era una de las colonias portuguesas.
“La grandeza en el campo nunca se ha traducido automáticamente en valentía fuera de él. Muhammad Ali nos enseñó eso. Las comparaciones entre Messi y Ali no me convencen. Uno cambió el fútbol para siempre, pero el otro cambió el mundo. Que yo sepa, durante todo este Mundial, Messi nunca condenó públicamente los incidentes racistas protagonizados por algunos sectores de la afición argentina”, escribió Etan Thomas, ex basquetbolista “afroestadounidense”, en el inglés y progre The Guardian. ¿Sabrá Etan Thomas que, cuando Muhammad Ali, quien convivió desde niño con la segregación racial en Lousville, se dirigía hacia Lanús a comer un asado en 1971, durante su primera visita a la Argentina, preguntó en el auto, mientras miraba por la ventana, dónde estaban los negros, y que José Ignacio Rucci, dirigente peronista, secretario de la CGT, le dijo “los tenés al lado, los negros somos nosotros”?
Argentina, insistió el sociólogo Daniel Schteingart, aparece como uno de los países más tolerantes del mundo. Ante la pregunta “¿Te molestaría tener como vecino a una persona inmigrante?” en una encuesta de Integrated Values Survey, solo el 4% respondió que sí. En España, fue el 13%. “¡Fuera moro! ¡No eres español!”, le gritaron, en pleno festejo español del Mundial, a Lamine Yamal en Madrid. El crack del Barcelona, hijo de padre de Marruecos y de madre de Guinea Ecuatorial, había recibido insultos racistas cuando jugó en el Bernabéu ante el Real Madrid en 2024: “¡Negro de mierda, deberías estar vendiendo pañuelos en los semáforos!”. “Hasta donde sabemos –apuntó el historiador Ezequiel Adamovsky en Anfibia–, fue en la España medieval tardía donde apareció por primera vez el pensamiento racial, la idea de que ciertos cuerpos transmiten a su descendencia elementos que los hacen inferiores”.
¿Cuánto le “ayudaron” las acusaciones de racismo en su espiral de odios y de caos al gobierno argentino –alineado con Donald Trump, Israel y el genocidio en Oriente Medio y los tecno-oligarcas mundiales– para que respondiera con xenofobia, demonización y hasta con el pedido de deportaciones de ciertos extranjeros por parte de funcionarios y de trolls mileístas? Milei despliega un régimen cada vez más restrictivo y regresivo para los inmigrantes en Argentina, mientras avanza un proyecto inglés-israelí para extraer petróleo de Malvinas. ¿A quiénes catalogó Milei como “termos mononeuronales” en un posteo con la foto de los jugadores de la selección con la bandera de Malvinas? “Los muchachos hicieron una de más”, dijo sobre ellos Mauricio Macri –apoltronado como presidente de la Fundación FIFA–, quien llamó a Alemania “raza superior”.
“Los ricos y los terratenientes se niegan a luchar (…). Un día se sabrá que esta patria fue liberada por los pobres y los hijos de los pobres, nuestros indios y los negros que ya no volverán a ser esclavos de nadie”, exhortó San Martín, libertador de la Argentina del yugo español en 1816, según consta en las memorias de Manuel de Olazábal. Los ricos y los terratenientes no suelen jugar al fútbol. Y algunos de los que le endilgan “racismo” a la Argentina son los que conviven con un racismo estructural en 2026. Claro que hay sujetos, casos y expresiones racistas en el país, pero nunca hubo una marcha de supremacistas blancos enmascarados como la del 4 de julio pasado en las calles de Washington, mientras se jugaba la Copa del Mundo.