Como va Wall
Qué abrazo nos dimos después del partido contra Inglaterra.
Como ya sabes, me inventé -casi de prepo- una visita fugaz a Estados Unidos, únicamente para este partido, y ya me vuelvo hacia México, donde comencé y terminaré el Mundial. Vos te estás yendo hacia Nueva York: te espera lo que ya viviste en Qatar, una final de Argentina en el Mundial, la Tercera entonces, ojalá que la Cuarta ahora. Con qué naturalidad lo decimos, como si fuera normal: esta selección de los Lioneles, Messi y Scaloni, consigue eso.

No tenía pensado viajar a Estados Unidos pero algo fuerte me arrastró a las semifinales: el sedimento histórico del partido contra Inglaterra. De El partido. Estaba en el ambiente la sensación de que sería un partido histórico, de los que se recordarán por décadas, y lo fue. O mejor dicho: lo volvió a ser. Con una diferencia: aunque se olía a la distancia que pasaría algo grande, lo que terminó ocurriendo lo fue aún más, desde lo simbólico y lo futbolístico, a tono con el vendaval de fútbol, convicción y personalidad que la selección mostró en la última media hora, un baile de antología de nuestros clubes de barrio a la Premier League. La triple M: Messi, Malvinas, Maradona.
Al salir del estadio más extraño que vi en mi vida, una especie de cámara criogénica con el techo retráctil cerrado y la temperatura acondicionada a 21 grados, escuché a un hincha que cantaba una de esas canciones habituales de nuestros partidos en los 90, cuando teníamos público de los dos equipos, y los habituales ganadores de un clásico les gritaban a los enfrente: “Veo veo, qué ves, una cosa, qué es, que la historia se repite otra vez, los volvimos a…”. Ya a pocos metros del estadio, los ingleses -también hay que decirlo- seguían en la suya, emborrachándose, bailando, aceptando otra derrota, aunque haya sido cruel. Se les pide la devolución de las Malvinas pero se les reconoce y agradece su cultura del fútbol, lo mejor que hacen, inventar deportes.
No fue fácil -ni barata- la llegada a Atlanta: avión desde Ciudad de México a Orlando, a 700 kilómetros de donde se jugaría el partido, y luego un colectivo nocturno durante 11 horas. En verdad nada es barato en este Mundial: hubo hinchas que pagaron 5.000 dólares por el partido contra Inglaterra. Y ya se piden 9.000 para la final con España. Los Mundiales unen dos públicos diferentes: gente de pasar muy holgado y pibes que se endeudan y tendrán que trabajar meses -o años- para devolver el dinero que se gastaron en los que creían que podían ser los 90 minutos de sus vidas. Y, al menos contra Inglaterra, acertaron: este equipo juega como si fueran regaladores de alegría o donantes de una felicidad que el pueblo necesita, también defensores de la causa Malvinas.
La alegría argentina
Mi regreso a Ciudad de México será aún más complicado -y aún más caro- pero mi visita exprés me la guardará para siempre como uno de los mejores auto regalos que me hice: la alegría de reencontrarme con amigos, un abrazo a tiempo, el asombro por caminar unas cuadras por la vida real de la Estados Unidos que multiplica a sus marginados del sistema y la confirmación por la nula pasión que, ya dos cuadras fuera del estadio, este país siente por el fútbol.

El Mundial se juega acá y vi el gol de Enzo, el centro de Messi, el cabezazo de Lautaro y la bandera de Malvinas pero a la vez no dejé de querer estar en Buenos Aires con los míos, donde el Mundial se vive en las casas, en las calles, en las plazas y por estas horas también en las salas de cine. Los Argentina-Inglaterra son inmortales pero ahora viene lo más importante.
Todo tuyo en Nueva York, Wall.
