El día que vi por primera vez a Racing campeón tenía 22 años. Había pasado toda mi niñez y mi adolescencia en la persecución de una utopía, pidiendo lo imposible, abrazado a una Supercopa, algunos buenos equipos, otros buenos partidos, goleadas, la épica de la fiesta en la tribuna, la resistencia en la quiebra y el amor al club. En todo ese tránsito esperé que el momento de éxtasis, lo inalcanzable, llegara junto a mi papá, el hombre que me había hecho de Racing. Pero mi papá, que había visto el tricampeonato, que me hablaba de Corbatta, que siguió al Racing de José, ya no iba a la cancha en 2001. Se había cansado, hastiado de la sucesión de fracasos. Ni siquiera fue por una derrota. A principios de los noventa, después de un empate con Rosario Central, un cero a cero, resolvió que ya había vivido todo con Racing, que podía escucharlo por la radio o mirarlo por televisión. No vengo más a la cancha, me dijo en el auto. No volvió más -salvo muchos años después en la fiesta por el centenario- pero fue responsable, se ocupó de que yo lo hiciera: me dejó a cargo de mi hermano. Así que el 27 de diciembre de 2001, hace veinte años, yo era un adulto que lloraba en la cancha de Vélez viendo a Racing campeón y pensando en mi viejo, en Osvaldo. Lo pude abrazar recién unas horas después, no era poco.

Yo lo había visto a él llorar la vez que Racing se fue a la B, diciembre pero de 1983, cuando entró a mi casa cargado de esa fatalidad, en silencio, apretando el gorrito que solía llevar y que decía en celeste y blanco lo que a mí me gustaba repetir con orgullo: “La Academia Racing Club Primer campeón mundial”. En otro diciembre, esta vez de 1985, le descubrí la voz rota cuando vino a abrazarme y decirme que habíamos vuelto. Pero en diciembre de 2001 su alegría era más sosegada. Se acercó hasta General Paz y Beiro para traer a mi sobrino, que no había ido a la cancha pero quería ir al Obelisco. Sentí su abrazo como un refugio de tranquilidad, como si me dijera que ya había pasado todo, que estábamos en un lugar seguro, quizá sintiendo la responsabilidad de haberme hecho hincha de un club que no ganaba -en esos tiempos- campeonatos. Yo se lo agradecía. Su alegría era por él mismo pero sobre todo era por mi hermano -Gustavo, nacido en el 62, tenía apenas una noción del 66- y por mí. 

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En este diciembre, el de 2021, no lloro por Racing. Lloro por él. Acabo de despedirlo después de verlo luchar en camas de distintas clínicas y sanatorios, según se agravara o mejorara su cuerpo, su corazón. Después de un tiempo en coma, en el que le poníamos tangos y le hablábamos al oído, un día despertó. Durante esos cuatro meses, entre los que cumplió 88 años, mantuvo su lucidez precisa de ingeniero geodesta geofísico, sus cálculos perfectos de agrimensor, su visión de proyector de caminos, su cuero curtido de trabajador vial, el amor por Beba, su mujer, mi mamá, y también sus ganas de Racing. En cada visita lo ponía al día con el equipo o le mostraba el resumen de los partidos en el celular. Como las noticias por lo general eran malas, y como él no podía hablar, cerraba los ojos en gesto de qué desastre. Así que le contaba que se había ido Pizzi, que venía Gago, que se lesionó Arias, que cómo estábamos para las copas. Lo último que me preguntó fue si habíamos entrado a la Sudamericana. Lo último que le conté fue que se había ido Lisandro. Cerró los ojos con pena, hizo un no con la cabeza. Racing fue nuestra conversación banal, la más importante, la que nos sacaba de su cuerpo, su salud, del aliento cotidiano de que sea fuerte, ya vamos a volver a casa. Eran los tangos que le ponía mi hermano, las caricias de mi hermana y mi mamá, a las que les pedía que pusieran cervezas en la heladera, las visitas de nietos, y era Racing. Y así como él me contaba las historias cuando yo era chico, ahora me tocaba hacerlo a mí. Su ternura, tan blando, tan frágil, alguien me lo dijo, a alguien se lo leí, era su vuelta a la niñez. 

Uno de esos días, para no darle malas noticias, le mostré en el celular el gol de Bedoya a River, veinte años después. Y le dije que pensaba llamar a Mostaza. “¿Dónde está Mostaza?”, le leí en los labios. No sé, le dije, y él levantó la pera dándose por entendido. Pero como si la vida nos diera todo el tiempo cables para estar conectados, a los pocos días pude contarle que Mostaza Merlo había arreglado con CADU. Defensores Unidos de Zárate, le dije en voz bien alta, al oído. Ya no tenía fuerzas, se apagaba, pero seguía abriendo los ojos grandes si le hablaba de Racing. El lunes 20 de diciembre, a veinte años de un país prendido fuego, no hubo tiempo de nada. Llegué para acariciarlo y agarrarle la mano. Respiró ahí por última vez. Se fue con una camiseta de Racing y el banderín que tenía colgado en su casa. 

A los dos días, entre la tristeza, llamé a Mostaza. Recordé las largas charlas de café para escribir Academia, carajo diez años atrás. Cuando volvía a mi casa, llamaba a mi viejo para contarle esos encuentros. “Te va a hacer bien hablar con Mostaza”, me recomendó mi amigo Nico Zuberman. Hablamos del gol de Bedoya. “Fue el que más grité -me dijo Mostaza- era muy importante porque partíamos la diferencia con River”. Hablamos de aquel país del que se vayan todos. “Yo estaba tan metido con Racing -me dijo- que me di cuenta después de lo que pasaba”. Hablamos del paso a paso. “Tenía que bajar la ansiedad -me dijo- y después con Banfield se terminó porque estaba mal por los dos goles anulados. Yo lo veía campeón después de ganarle a Colón, pasa que había que esperar a coronar”. Hablamos de la estatua. “El otro día volví a ver mi estatua -me dijo- yo me lo tomo como algo simbólico, ¿viste? Estoy eternamente agradecido a los hinchas de Racing”. ¿Y cómo es ese cariño veinte años después, Mostaza?, le pregunté. “Igual -me dijo- igual que hace veinte años y más”.

Nuestro héroe disfónico del 2001 estaba otra vez para calmarnos. Como siempre estará Racing. Y mi viejo porque Racing es mi viejo, al que le seguiré contando cosas en cualquier lugar, hablándole del próximo partido, encontrándolo en Racing, la Academia de campeones, un libro que me leía de chico y que me dejó para que cuide, buscándolo en el Cilindro, agarrándome con su mano grandota que es como yo ahora llevo a mis hijos, escuchándolo en algún gol, sintiéndolo en un abrazo que me tranquilice. Igual, como me dijo Mostaza, igual que hace veinte años y más.