Nadie lo hubiera pensado pero Gary Lineker dijo que vivió el racismo. “Era pequeño, friki, de piel morena -dijo- y sufrí abusos racistas aunque soy tan inglés como cualquiera”. En Twitter, en la prensa, se rieron. Hubo fotos de Lineker negro, con rastas, Lineker afro, con pelo mota. Un hashtag se hizo tendencia: #BlackLinekersMatters. Lineker, goleador mítico inglés, ahora presentador de TV, suele interesarse por el racismo, lo combate, ha tenido peleas con los medios de comunicación por el tratamiento que hacen con la cuestión inmigrante. El escritor Jason Okundaye se metió en la discusión con un artículo en The Guardian. “Los comentarios de Lineker -escribió, al contrario de la masa- fueron esclarecedores, ya que nos dieron una idea de cómo pueden funcionar la raza y el racismo”. 

“Es una confusión que parece ser compartida por los hostigadores derechistas y, lamentablemente, por algunos partidarios socialmente conscientes de la justicia racial. Se aferran a una visión de la ‘raza’ estática y constante a lo largo del tiempo”, siguió Okundaye. “Con su cabello oscuro -dijo-, la piel aceitunada y una nariz ancha, podés ver por qué puede haber sido leído como algo más que ‘blanco’ y recibió abuso racial, especialmente como futbolista en la década de 1980”. Porque para que la blancura sobreviva, escribió, sus límites deben ser vigilados de manera constante.

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Lineker no es negro pero pudo haber sufrido racismo de los que entendían que no era del todo blanco. Y Lineker es tan inglés como Marcus Rashford, estrella del Manchester United, que es negro y creció en un barrio pobre. En Wythenshawe a veces no había comida. Había que irse a dormir. En los inicios de la pandemia, Rashford recordó esos días y reclamó que se mantuvieran las comidas escolares gratuitas. «Como hombre negro de una familia de bajos ingresos podría haber sido solo otra estadística -escribió Rashford-. Hace 10 años, habría sido uno de esos niños, nunca habrías escuchado mi voz ni visto mi determinación de convertirme en parte de la solución». Su carta obligó a Boris Johnson a tomar medidas. Le dieron la orden de honor de la realeza. Hicieron muros en su barrio como homenaje.

Un año después, Rashford erró uno de los penales por los que Inglaterra perdió la final de la Eurocopa contra Italia. Como a Jadon Sancho y Bukayo Saka -los otros que erraron penales-, a Rashford lo inundaron con mensajes racistas en las redes. Una causa terminó con cuatro detenidos. Boris Johnson defendió a Rashford. También el príncipe Guillermo. La ministra del Interior británica, Priti Patel, repudió los ataques. Pero a Patel le recordaron que unos días antes había defendido a los hinchas que abucheaban la decisión de los jugadores de arrodillarse ante el himno en protesta contra el racismo, como apoyo al movimiento Black Live Matters. Patel dijo que era una “política de gestos”, que los hinchas tenían derecho a manifestarse en contra. Natalie Elphicke, diputada conservadora, partidaria de Johnson, tuvo que disculparse por un mensaje viralizado en el que decía que Rashford se había dedicado más a “jugar a la política” que a perfeccionarse como futbolista. Todos dieron marcha atrás.

Pero lo que estaba ahí era el racismo. La FIFA publicó una semana atrás un estudio que realizó sobre los mensajes en redes sociales que recibieron los futbolistas que participaron de las finales de la Eurocopa y la Copa Africana. El 50% fue víctima de ataques de racismo. Con los resultados, y con Qatar 2022 a la vista, la FIFA anunció que utilizará un software para que los destinatarios -los futbolistas- no reciban ese tipo de mensaje. Y pidió que se persigan los discursos de odio. Pero no son sólo las redes sociales, con su violencia exacerbada, su anominato. Las tribunas también funcionan así, en la masa que grita.  Le pasó a Rodrigo Rey, el arquero de Gimnasia, le pasa a otros jugadores. Las amenazas de sanciones -y las sanciones- que aplican algunas federaciones animan a algunos hinchas a hacer callar canciones homofóbicas y xenónofobas.  No parece tanto la indignación ante lo que se canta, más bien es el temor a las consecuencias.

A Rashford no sólo lo atacaron en las redes. También destrozaron su mural en Wythenshawe. Fueron los vecinos, los chicos de las escuelas, a los que él defendió del hambre, quienes lo reconstruyeron. Y hubo una leyenda inglesa que lo defendió. “Lo que sea que logres en el juego, que estoy seguro será algo especial -se leyó en la misma red social donde brotaba el odio-, nunca será tan significativo como lo que lograste al llenar las luncheras de los niños hambrientos”. Lo escribió Gary Lineker.