Miguel Ángel Torrén luce un tatuaje en el brazo izquierdo: él, de espalda, con la N° 2, como si fuera un director de orquesta frente a la hinchada de Argentinos Juniors. No es un fruto del Semillero del Mundo. Pero está a 33 partidos de convertirse en el jugador con más presencias en la historia de Argentinos (y tiene contrato hasta 2025). Suma 301 partidos desde su llegada en 2010. A los 33 años es el capitán, un hijo adoptivo de La Paternal. Descendió y ascendió dos veces. En 2014 y en 2017, cuando además salió campeón de la B. Casi no jugó un año -2013- por una lesión. Lo quisieron los grandes. Jugó copas internacionales. La peña de Argentinos en Bariloche lleva su nombre. El gol de penal ante Unión, su tercero en el club -y en su carrera- entregó el pase a los cuartos de final de la Copa de la Liga. Pieza clave en la noche de La Plata ante Estudiantes, a Torrén lo separa un partido de un título en Primera con Argentinos, que jugará este domingo la semifinal ante Tigre en Huracán sin él por acumulación de amarillas. El último título fue el Clausura 2010, con Claudio Borghi como DT, meses antes de que pusiera un pie en La Paternal para reemplazar a Matías Caruzzo y, sí, para quedarse a vivir.

Si bien debutó a los 16 años en Newell’s -el segundo más joven en la historia leprosa- y luego pasó a Cerro Porteño de Paraguay, donde salió campeón, Torrén conserva con rigor el perfil bajo. Sólo una vez prefirió hablar para que los demás no hablaran por él. Le habían matado a otro hermano en Rosario. A Luis. El tercero después de Walter y Gabriel. A Walter le dispararon en 2010 tras una reyerta en una canchita en el barrio Toba, donde se jugaba un torneo organizado por la comunidad. Había estado seis meses preso. Vendía choripanes y hamburguesas. En 2020, a golpes, mataron a Gabriel. Aunque una versión indicaba un ajuste de cuentas por el dinero de la venta de una casa, los vecinos apuntaron contra la violencia policial del Comando Radioeléctrico. Y a Luis lo balearon en el barrio El Triángulo. “El fútbol me ayudó a salir de un barrio complicado, y es mi cable a tierra”, le dijo en septiembre al periodista Diego Paulich en Olé. “Se me vienen todos los recuerdos de mis familiares a la cabeza, pero la vida continúa. Tengo que demostrarles a mis hijos que no hay que bajar los brazos”.

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De chico, Torrén jugaba descalzo en los potreros del barrio Bella Vista. Casi que vivía en la calle. Su madre había muerto electrocutada cuando él tenía dos años. Un entrenador del club barrial Itatí le dio casa y comida. Comenzó a enderezarse. Al tiempo entró en Renato Cesarini, una escuela de fútbol en Rosario. Y después llegó Newell’s y la selección argentina, con la que jugó el Sudamericano Sub 20 de Paraguay 2007. Tuvo de compañeros a los rosarinos Éver Banega y Ángel Di María. Sabe, dijo, que podría haber dado más si atendía los consejos de los mayores y si se cuidaba, pero le agradece siempre a Argentinos. Es cierto, todavía suele jugar al límite y, a veces, más allá, un tanto sucio. Técnico, firme, atento, veloz y líder, exhibe uno de los mejores primer pase del fútbol argentino, un silogismo del juego que describe ese pase en profundidad, hacia adelante, que rompe líneas. En las inferiores de Newell’s jugó de volante central y hasta de enganche. Pero también puede salir a cazar rivales con vehemencia, bordeando la expulsión. “Antes me gustaba estar en el quilombo o si perdíamos y nos querían sobrar, reaccionaba -contó-. Por suerte lo fui mejorando, porque me perjudicaba. Mis hijos me lo recriminaban. Volvía a casa y me decían: ‘Papá, te echaron otra vez, no puede ser’. Tenía que cambiar”.

(Foto: Prensa Argentinos / Roxana Frysztyk).

Vladimir, Santino y Ángelo -sus hijos- juegan en las inferiores de Argentinos. No sólo por eso cada tanto almuerza con los utileros de las juveniles, hace donaciones y se acerca a mirar los partidos de las inferiores. En las pretemporadas de Primera le pone mucha atención a los chicos: que cumplan las normas, los horarios de las comidas. Oscar Di Stéfano, el futbolista con más presencias en Argentinos, la cima de Torrén, jugó sus 333 partidos entre 1948 y 1959. Es el sentido de pertenencia, cuidar lo propio. De ahí a que estallara cuando el padre de un juvenil lo acusó de quedarse dinero de los premios. Lo negó y el club lo apoyó. O cuando el colombiano Mauricio Cuero, después de que lo escupiera en la cara en pleno partido ante Banfield y se fuera expulsado, lo acusó de insultos racistas. “No -dijo otra vez-. Se quiere victimizar”. Cuando mataron a su hermano Luis, Torrén escribió en las redes sociales: “Siento un dolor inmenso con tu pérdida, pero voy a seguir jugando a la pelota como vos me decías”. Y agregó, después de los días de agonía: “Peleaste como un guerrero que eras”. Miguel Ángel Torrén es el defensor guerrero de este Argentinos que sueña con salir campeón.