Cuando Jorge Valdano habla, parece hablar el fútbol. Pero Valdano, ante todo, porta una cualidad: sabe reírse de sí mismo. En La Biblia Blanca, un libro acerca del Real Madrid, los hermanos Del Riego Anta definen al valdanismo como “una profundidad insultante en el uso del idioma y una eficacia que encaja cada palabra en la realidad”. De visita en Argentina, y antes de volver a España, donde trabaja como comentarista, Valdano habla de Las Parejas -su pueblo de Santa Fe-, de la formación de futbolistas, de su Mundial en México 86 y Maradona y de la selección de Messi que jugará Qatar 2022, sin dejar de ponerle palabras a los tiempos modernos que atraviesan al juego.

-¿Con qué te reencontraste en Las Parejas?

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-Están los potreros en los que jugaba, pero impecables, todos verdecitos. Se ve que no los pisan. Eso ha cambiado. El potrero se ha convertido en escuela de fútbol, muy bien organizadas en Sportivo y Argentino. Y con el agregado de fútbol femenino, lo que me da mucha ilusión. No acabé nunca de entender como algo que a mí me hacía tan feliz privaba a la mitad de la humanidad de que tuviera la oportunidad de ser igual de feliz de lo que era cuando jugaba. Ahora no. Hay fútbol femenino y muy activo.

-Hay una imagen tuya, en el final del Real Madrid-Manchester City por la última Champions, sonriendo como un niño detrás de un arco. ¿En esos minutos se concentró el poder emocional del fútbol?

-Hay un momento en los partidos del Madrid en donde la obsesión táctica deja de existir. El Madrid entra en modo caótico, arrastra al rival al caos, y el partido termina expresando toda la naturaleza del fútbol. Ahí te das cuenta de que este juego está hecho de infinidad de materiales. En realidad, tenía que bajar al campo para hacer el post partido, y cuando Ancelotti hizo los cambios, me parecieron tan improcedentes que bajé dando por terminado el partido, por descontado que mientras bajaba el City iba a marcar un gol más. Estuvo a punto de ocurrir, pero Courtois resolvió problemas muy complejos. Y cuando aterrizo en la cancha llega el primer gol de Rodrygo. Y ahí le dije a la conductora: “Ahora se les viene el mundo abajo”. Y ahí el Madrid entra en modo remontada y aquello se convierte en un territorio emocional digno de ver. Me arrancó una sonrisa, aunque también podría haberme arrancado un llanto. Ver el fútbol desatado me encanta, hay que estar con los cinco sentidos porque puede pasar cualquier cosa. Me ocurre mucho últimamente que veo diez minutos de un partido y ya me imagino los otros 80. Termino viendo los partidos haciendo un sudoku.

-¿El fútbol aún es “infinito” y “primitivo”?

-Primitivo era antes del VAR. Ahora ha dejado de ser salvaje. Infinito es porque habla de los recuerdos del pasado, del presente que es la emoción y del futuro que es donde están los sueños. Es infinito porque en el imperio del fútbol nunca se pone el sol, se juega en cualquier lugar. Y porque abarca a todas las generaciones, al hijo, al padre y al abuelo.

“Se juegan tantos partidos que los triunfos no se disfrutan y las derrotas no cicatrizan. El fútbol cada día está más indefenso ante el negocio”, dijiste en 2001. Y ahora, que está cerca de colapsar.

-Colapsa por el exceso de partidos. Para hacer una economía más saludable estamos a punto de enfermar al fútbol, al juego. Y va a ser malo incluso para el negocio. La FIFA quiere más partidos: el Mundial 2026 será con 48 selecciones. La UEFA también: la próxima Champions aumenta el número de equipos a 36. Las ligas no quieren reducirse. Va a llegar un momento que va a colapsar el calendario, que no es un chicle. Y la materia prima con la que se juega es siempre la misma: los futbolistas son humanos, aunque están hoy mucho más cuidados. Lo que corre peligro es la salud del espectáculo: si se juega cansado se juega peor. En 1986, con Diego dijimos que jugar a las 12 del mediodía de México era una locura, y el presidente de la FIFA, Havelange, nos dijo, firme: “Jueguen y callen, buscan excusas porque saben que no van a triunfar”. Y estábamos en 1986.

-¿Mbappé no se sintió futbolista al no pasar de PSG a Real Madrid?

-Para ser gráfico, lo taparon en dinero. Y recibió presiones patrióticas. Fue el presidente francés Macron el que le pidió que por favor se quedara por Francia. Tiene derecho a elegir. Además, va a quedar libre con 25 años. Todavía no habrá llegado a su plenitud futbolística cuando quede libre.

Mbappé encendió la polémica: dijo que el fútbol sudamericano no está tan avanzado como el europeo. En las inferiores de los clubes argentinos se suele bajar un mensaje: “Jugá a dos toques”.

-Pasa algo grave: jugar a dos toques significa “no jugués”. El juego tiene que ver con la libertad, sobre todo en la fase de aprendizaje. La creatividad está relacionada con la libertad. Me parece bien que a los chicos de 15 años se les empiecen a quitar cosas que les sobran. Lo que no se puede es ponerles lo que les falta. Si le decís “a un toque, a dos”, o “gambeteá estas varillas”… Las varillas no se comen los amagues. Es un proceso de aprendizaje muy académico, pero me parece que nos limita. En Europa hace menos daño la enseñanza académica porque han jugado toda la vida a uno o dos toques. Cualquier europeo sabe controlar y tocar a máxima velocidad. Pero los europeos no han perdido en el camino tanto como hemos perdido en Sudamérica.

¿Los argentinos vemos al fútbol europeo mejor porque es europeo?

-No. Jugar bien al fútbol tiene que ver con tener buenos jugadores y en Europa están los mejores, también los mejores argentinos. Es inevitable. En fútbol se puede decir cualquier cosa menos la verdad. Mbappé dijo algo parecido y casi lo matan. Lo que pasa es que una cosa son los clubes y otra, las selecciones. Y Mbappé se metió con la selección. Y además uno pretende que cuando se juzgue a nuestra selección sea alguien de nuestra selección, no de afuera. El fútbol es un terreno emocional, y por eso no me ofende cuando alguien intenta meter la razón.

-¿Qué pasa en el pasaje de la calle a la academia en Argentina?

-Algo hemos perdido. Hay cinco coronas en la historia del fútbol: Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona y Messi. Tres son argentinos. A lo mejor conviene que sigamos haciendo las cosas como las hacíamos porque daban productos de primera calidad mundial, genios. Pero para que existan los genios tiene que haber detrás una masa muy grande de jugadores que sean cracks. Y entre tantos cracks, surge un genio. Ahora no sé si ocurre. De hecho, cada vez nos cuesta más vender jugadores directamente a grandes equipos europeos. Julián Álvarez al Manchester City es una excepción.

-¿Por qué no están dadas las condiciones para que surja un genio?

Es posible que el próximo genio se parezca más a Cristiano Ronaldo que a Messi. Vemos ahora a Haaland, Vlahović, Mbappé. Son de una potencia descomunal, físicos extraordinarios que tienen un talento superior, pero acompañado por una presencia física que Messi no necesitó. Quizá Maradona sí, porque era pequeñito pero tenía unas piernas tremendas, no había manera de tirarlo, estaba más cerca del suelo que del aire y no se caía. Diego tenía una coordinación, una vista panorámica y un equilibrio descomunal. Sigo confiando en que salgan tipos que me alegren la vida, que me sorprendan. Es lo que voy a ver a una cancha, aunque cada vez es más difícil de disfrutar. También porque la táctica se está apoderando del juego. Hay una auténtica obsesión táctica de la que es muy difícil prescindir porque el fútbol ahora tiene detrás una metodología tremenda.

Foto: Damián Cadierno.

-Matías Manna, videoanalista de la selección, dijo: “Cuando se complementan Paredes, Messi, Lo Celso y De Paul representan el estilo de ‘la nuestra’, del pase corto para llegar lejos, el verdadero estilo del fútbol argentino”. ¿Qué te pasa cuando ves a la selección?

-Depende quién se la dé a quién. Si Lo Celso a Messi, o Messi a Lo Celso, sí, ahí veo que hay algo de nuestros genes, de nuestra cultura. Lo de “la nuestra” me produce una nostalgia sentimental. Sé que es algo que ha desaparecido en el fútbol argentino. La modernidad, la academia como nuevo escenario de formación, la locura por ganar olvidándose del juego como vehículo para ganar… Cuando digo la modernidad no me refiero solo al fútbol, sino también a perversiones sociales. Todo eso ha herido de muerte a “la nuestra”, es un asesinato de una cuestión cultural que era muy importante. El fútbol, antes, no solo se aprendía en el potrero. Se aprendía en la esquina, en el bar, en todos lados. Recuerdo que una vez, siendo el entrenador del Real Madrid, vine de visita a Las Parejas. Y me puse a jugar con los veteranos. Hubo una jugada por el extremo, alguien desborda, y yo defendía. Y el Negro Cardozo, un amigo de Las Parejas, de atrás, me dijo: “Entrenador del Madrid, el que centra no mete gol: mete el gol el que está aquí en el área. Marque”. El entrenador del Madrid recibía clases del Negro Cardozo. Y me decía lo que había que decir. En Argentina hay una cultura futbolística muy seria a la que respeto muchísimo y le tengo una admiración tremenda. Me alegra escuchar a Manna, a Aimar. Ellos sostienen nada menos que una cuestión cultural. Ese camino hay que recorrerlo otra vez. Cuanto más lejos estamos de Menotti, más lejos estamos del fútbol argentino, y me alegro de que esté en la selección.

-¿Cómo se convive con un genio?

-Primero, no sentirte genio vos también. No sentirte arrastrado por el genio y pretender el mismo sistema de vida y las mismas libertades que merece el genio dentro de la cancha. Hay tanto pecado en darle libertad a un mediocre como en quitársela a un genio. Eso lo tiene que saber el entrenador y los compañeros. Pero ha pasado algo más importante: se ha creado un mundo feliz dentro de la selección, todos sonríen cuando están juntos. Y en eso debe tener que ver Scaloni. Y haber ganado la Copa América ha sido liberatorio para muchos jugadores, pero especialmente para Messi. Con los cracks me he sabido llevar porque he reconocido la diferencia. Son diferentes y hay que tratarlos como diferentes. Eso de que somos todos iguales ya no ocurre ni en China, y en el fútbol, menos.

-¿Qué peligros tiene la selección?

-El peligro fundamental es el fútbol europeo, en donde cualquier selección tiene un nivel competitivo muy alto. Argentina le puede ganar a cualquier selección europea, pero le va a costar ganarle a cualquier selección europea. Si no ganamos Qatar habrán pasado 20 años sin ganar un Mundial, no Argentina, sino Sudamérica. Es un dato que conviene analizar. Las selecciones europeas me transmiten la sensación de equipo. Luego es más difícil encontrar individualidades, salvo no ya Francia, con Griezmann, Mbappé y Benzema, sino Bélgica, con Courtois, Hazard, Lukaku. Argentina y Brasil han armado un equipo y eso en un Mundial vale mucho. Y además un equipo humano, que sirve para ser campeón.

-¿El fútbol es hijo de su tiempo?

-Hubo una época en que era hijo de su lugar. El fútbol que se jugaba era parecido al lugar donde se jugaba. Ahora estamos en tiempos de globalización, están desapareciendo las fronteras también en el fútbol. El City representa la globalización con diez equipos en distintos lugares del mundo, y adaptándose a cada lugar. Y los jugadores tampoco tienen fronteras, hay clubes que juegan con 11 extranjeros. Lo increíble es que siga habiendo en los hinchas la misma identificación con el escudo si juegan 11 extranjeros y si el dueño es un ruso. Es un milagro. Y el juego es más uniforme. Hay un entrenador como Guardiola que ha ejercido una influencia tremenda en lugares remotos, en todas las divisiones de todas las ligas. Da igual que hablemos de un equipo súper profesional que del equipo de mi pueblo: ahora los centrales salen jugando. En Las Parejas uno salió jugando, le quitaron la pelota, le metieron un gol y uno, detrás mío en la tribuna, gritó: “Me cago en Guardiola”. Eso es influir.

-¿Qué te dijo Maradona segundos después de tu gol en la final de México 86 ante Alemania?

-Es una historia muy sencilla, tanto que se me había traspapelado y sin embargo se me deshilachó ahora de la memoria. El gol fue una jugada muy larga. Todo el mundo dice: “Partió desde su área chica, tirado sobre la derecha, y terminó de extremo izquierdo”. Pero no se cuenta toda la historia: para llegar al área chica tuve que perseguir a Briegel, o sea que venía de otra carrera de 100 metros. El fútbol es un continuo. Tenía esa misión de hacerle hombre a hombre a Briegel, un jugador de un despliegue descomunal, campeón de pentatlón. Y cuando grité el gol terminé aplastado por los jugadores del banco de suplentes. Estaba muerto. Y Diego me dijo al oído: “No te preocupes que a la locomotora la agarro yo”. Y estuvo tres minutos, hasta que me recuperé, haciéndose cargo de la mano de obra. Me hace gracia porque no es una labor digna de un genio. Eso de perseguir a Briegel por toda la cancha era para mí. Hacer hombre a hombre, en general, es una misión que ocupa a un defensa contra un delantero. Y la verdad es que hice un esfuerzo descomunal, que me vino muy bien para dar conferencias muchos años más tarde… Fue una misión que me hizo entender que cuando la mente tiene un estímulo superior, el cuerpo te acompaña mucho más allá de lo que uno cree posible.

-Lo recordaste 36 años después.

-Nos concentramos mucho en Inglaterra, y esto fue en la final contra Alemania. Eso hizo el recuerdo con los dos partidos. Es muy lindo esto de que la camiseta contra Inglaterra vale 9 millones de euros y la camiseta de la final, 100 mil. A los resultadistas no les hará mucha gracia.

-¿Qué es meter un gol en una final del mundo?

-Los goles adornan mucho un partido, y ese fue un muy buen gol. Hice un buen partido, pero hice otros mejores en el Mundial. Lo que pasa es que los partidos necesitan de un contexto. Si te digo que el mejor partido de Maradona fue contra Uruguay, te morís de risa. ¿Cómo no va a ser contra Inglaterra? Pero contra Uruguay la rompió. Hace falta contexto en la consideración de un partido. Y meter un gol en una final de un Mundial es pasarte. Ese día comprobé que la felicidad tiene un límite y que cuando lo pasás es el clásico momento en que te decís: “Esto no me está pasando a mí, no puede ser verdad”.

-“El fútbol es un juego desconcertante donde alcanza una jugada para deshacer un prejuicio”, escribiste en El País.

-Intento acomodarme a todo lo nuevo. A la gente de mi generación le cuesta, no porque no tengamos capacidad de adaptación, sino porque el juego fue muy inmovilista durante décadas, y de pronto le agarró un ataque, con el VAR y los cinco cambios en un partido. Todo eso se está haciendo sin pensar lo suficiente. Son decisiones muy poco premeditadas. El VAR es meter la tecnología dentro del juego. Cuidado, porque este es un juego hijo de su tiempo y la tecnología es todo lo contrario al juego. Pero ya estoy adaptado. O resignado, al VAR no me lo saco de encima nunca más. Y por lo tanto me adapto, pero no significa que me guste. En el Mundial, con el offside tecnológico, va a mejorar: el árbitro no va a ver 47 veces una jugada para ver si es o no gol, lo que me parece ridículo. El fútbol ha sido siempre un juego métrico, no milimétrico. Pero el VAR va a seguir siendo una interferencia del juego, pero además algo más serio: una interferencia del gol, que es el momento sagrado del fútbol. Ahora uno grita un gol pero con una duda, y no es manera de gritar un gol.

-En tus primeros años como comentarista en España, bromeaban: “Los argentinos nos roban las mujeres y ahora nos explican el fútbol”.

-Mujeres no robé nunca, pero al fútbol me he cansado de explicarlo. Tenemos una cierta autoridad por la pasión con la que lo vivimos, pero no significa que robemos nada. El fútbol les pertenece a todos. Me acuerdo que en el Mundial 86 la gente hacía la ola, ahí empezó. Y los románticos del fútbol decían: “A los que hacen la ola no les gusta el fútbol”. La gente vive el fútbol como le da la gana, haciendo la ola, el pino, lo que quiera. Si te gusta el fútbol, lo consumes. Como ahora los jóvenes, que ven el partido y mientras tanto juegan con el celular, se comunican con sus amigos, se mandan mensajes, chatean. Otra manera de consumirlo, ni mejor ni peor.

Foto: Damián Cadierno.