Ya hace tiempo que la noble, muelle y reposada palabra colchón tiene una inequívoca conexión con la economía. Los sucesivos ministros del rubro advirtieron –aunque no todos lo consiguieron– la conveniencia de contar con un colchón para que no les desordenen la cama o para que no los acuesten antes de hora. Su existencia les garantiza dormir sin frazada y su carencia es motivo suficiente para hacerlos saltar para arriba, como resorte.

En cualquier archivo reciente de prensa especializada se puede leer: “(El ministro Martín) Guzmán prepara un colchón fiscal”; “Se avanza en el armado de un colchón financiero”; “Guzmán sale a buscar 240 mil millones para reforzar el colchón de pesos”; “Aumentar las exportaciones nos va a generar reservas y un colchón de dólares”; “Guzmán busca armar un colchón para cubrir obligaciones”.

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Esto en las ligas mayores de la guita. En las divisiones inferiores se le llama colchón a la diferencia (mucha, suficiente, poco y nada) que uno pudo llegar a hacer tras largas temporadas en el yugo. Pero también, el término alude al preciado rectángulo al que algunos transformaron en recinto de caudales. ¿Cómo es que todavía no se les ocurrió fabricar un colchón con caja fuerte incorporada?

Ah… ¿qué eso ya está inventado? Claro: son los colchones off shore que, rechonchos de dólares, euros y yenes, duermen tranquilos en paraísos fiscales.

Las cuestiones del dinero (a las que somos tan afectos) se fueron transformando desde que los sainetes daban cuenta de una costumbre pintoresca principalmente atribuida a los inmigrantes que en los albores del siglo anterior llegaron a poblar y a engrandecer nuestro país. Ellos amarrocaban los primeros mangos y los ocultaban despanzurrando el colchón. Desconocedores de la inagotable viveza criolla, imaginaban que para birlarles lo que tanto laburo les había costado juntar, los chorros tendrían que pasar por encima de sus huesos, y hasta de sus sueños. Cosa que los amigos de lo ajeno hacían dos por tres. Pasaron los años y las crisis, y muchos de los hijos o nietos de esos inmigrantes no tienen un colchón en donde hincarse a rezar. No encuentro una imagen, más dolorosa y tan repetida, que un colchón tendido en la vereda, en estos días más dura y fría que nunca. En otras ocasiones, igualmente tristes, cuando el agua se sale de su cauce natural y penetra en donde nadie la autorizó a entrar, el primer refuerzo solidario que llega es el de un colchón, nuevo, seco, reparador.

Es que contar con un colchón significa tener un rincón propio. Eso en cualquier lugar del mundo, pero entre nosotros, en el país de la gauchada, alude a que frente a una necesidad inesperada nace un derecho, con forma de colchón. Iluso el que suponga que los colchones sirven únicamente para cuando el sueño nos pone de espaldas. Un colchón, cualquiera que sea, es símbolo de contención, cuando el músculo duerme y la ambición descansa.

O viceversa. El colchón también es abrazo, es respiro, es aguante, es el espacio en donde somos beligerantes e inofensivos, únicos e íntimos. Sobre un colchón somos capaces de establecer pensamientos supremos y de decretar instantes de rigurosa holganza. Allí hacemos la fiesta amorosa o mojamos la almohada por puro duelo. Durante la pandemia y por el aislamiento, los afectos seguros, aun en lejanía, fueron un imprescindible colchón que alejaba de la acechanza del desasosiego. En ese ring, que fue de pluma y lana y ahora es de materiales sintéticos y materiales inteligentes, cotejamos ideas adultas o volvemos a ser niños como cuando, con la complicidad de hermanos, primos o amigos, saltábamos como locos sobre la cama, provocando la alarma de mamá o la furia de la abuela que temían que o nosotros o en especial la cama terminaran con algo roto.

En términos de lenguaje, por su acentuación, colchón es una palabra aguda. Pero los ministros de economía, duchos en superar sofocones o disimular subas y corridas, saben que también puede ser una palabra grave. Y también saben que juntar un buen colchón les posibilitará dejar de dormir con un ojo abierto. Lo seguro es que nuestro Guzmán tiene claro que no debe dormirse sobre los laureles.

A propósito: ¿qué espera el departamento de marketing para el lanzamiento de un colchón de laureles, cuyo eslogan publicitario sea: “Para dormir el sueño de los héroes”?

¡Ah, si los colchones hablaran! Y en ocasiones lo hacen. Hace unos meses, en Madrid, los medios detectaron una inusual cantidad de colchones abandonados en las calles. Así permanecieron durante semanas ya que los servicios de limpieza estaban suspendidos. Una de las explicaciones tenía una raíz oscura: habrían pertenecido a personas fallecidas por Covid.

Veo en las redes que en los Estados Unidos la fábrica de colchones Sleep Standards desafió al mercado buscando a cinco parejas para que prueben tener relaciones sexuales sobre sus productos y, posteriormente, si es que la experiencia no fue demasiado agitada, evalúen “calidad, comodidad y resistencia”.

Argentinos, argentinas, a no ilusionarse: el convite solo es válido para residentes norteamericanos. En la misma red social, un sabio compatriota opina: “Probador de colchones, el mejor oficio del mundo”. «