Desde los diversos procesos históricos hasta nuestros días, signados por la incertidumbre de la pandemia que azota al mundo entero, el amplio y castigado sector campesino de distintas latitudes afronta un panorama complejo pero con perspectivas de cambios concretos que lo modifiquen.

La conmemoración del Día Internacional de la Lucha Campesina, tras el asesinato de 19 campesinos y campesinas del Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra de Brasil en 1996, es una efeméride significativa, plausible en el mundo, porque más allá de las particularidades de los territorios, las injusticias y atropellos aumentan día a día, a partir de las condiciones sociales que impone un sistema vorazmente extractivista.

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En nuestro país, podemos advertir rápidamente cómo ha empeorado la situación del campesinado a través de décadas, desde el reparto de tierras para un par de decenas de familias poderosas durante el siglo XIX, a recientes asesinatos y constantes despojos de tierra, a partir de la ampliación de las fronteras agrícolas a manos de terratenientes y empresas extranjeras, impulsoras de la implementación de monocultivos, el consiguiente uso de agrotóxicos, y otros males aleatorios: pueblos enteros, fauna y flora, bajo un sistema de depredación y muerte.

Desde hace más de una década, la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Tierra enarboló las banderas de las luchas históricas del sector campesino. En las dieciocho provincias donde la organización desarrolla una producción sustentable, se construye a diario una realidad propia, siempre enlazada a las necesidades de cada territorio. Veinte mil familias organizadas regionalmente, lejos de los vínculos comerciales de las economías de los monopolios empresariales.

A través de los años y con una propuesta propia, inspirada en diversas economías populares, bolsones de frutas y verduras de las quintas circularon de mano en mano, promoviendo un nuevo paradigma que mostró otra forma posible, sin especulaciones. En paralelo, la necesidad de dar batalla al uso de agrotóxicos, enemigo silencioso en parcelas y cuerpos, generó la implementación de nuevas-viejas formas de producción, impulsando la agroecología en decenas y decenas de bases que fueron surgiendo naturalmente, como plantas y frutos, alrededor del país. Zapallos en Santiago del Estero, acelga y espinaca en Abasto, o yerba mate en Misiones, sin más aditivos que el trabajo digno y métodos naturales. Se multiplicaron los bolsones y se acortaron las distancias: a través del comercio cercano, los nodos y luego, los almacenes propios. La radicación de colonias agrícolas resultó otro paso lógico mostrando con creces la posibilidad de otro modelo, justo y sustentable. A partir de acuerdos concretos con municipios, muchas familias de la organización habitan una vivienda digna y un terreno óptimo para producir lo que desean. La comercialización tendió puentes desde la solidaridad, a través de Feriazos, Verdurazos y múltiples donaciones, incluso a pesar de insólitas represiones. Como respuesta a la agresión o el olvido estatal, más y más cooperación con los sectores más vulnerables.

El proyecto de la Ley de Acceso a la Tierra, presentado por tercera vez en 2020, es para UTT y miles de productores y productoras del país, una oportunidad histórica de devolverle la dignidad a quienes trabajan a diario para que en cada hogar haya un plato de comida, sin margen para las especulaciones ni los intereses personales: del pueblo para el pueblo. Es también un modo de honrar a cada una y cada uno de los mártires campesinos caídos por las represiones en el continente, y darle a las nuevas generaciones la oportunidad de habitar un espacio propio donde trabajar y vivir dignamente.