“La droga hace perder costumbres de otros tiempos. Las chicas antes tejían y hoy no; los chicos antes aprendían a hacer las artesanías y hoy no. Con la droga perdieron todo eso. No quieren y salen a robar para comprar droga. No es nuestra vida esa”, dice la anciana wichí en su lengua originaria.

La anciana, pequeña y con el rostro apergaminado, habla con calma y espera la traducción de una joven. La escena transcurre en el aula de una vieja escuela de la Comunidad wichí Lote 27, en Las Lomitas, Formosa.

Para las comunidades wichí la adicción a las drogas es un fenómeno relativamente nuevo, que no saben cómo enfrentar. Con el alcoholismo vienen lidiando desde hace muchos años y en muchos casos la religión ha servido de salida. Las iglesias anglicanas y holandesas influyeron entre ellos desde principios del siglo pasado, a veces fomentando un sincretismo que no contradijera la espiritualidad ancestral de los indígenas.

“Muchos problemas que nos traen las drogas. Vemos adictos a nuestros jóvenes y es muy triste para nosotros que somos papás y que somos mamás, hace dos años atrás vemos a nuestros jóvenes que se endrogan y fuman marihuana, algunos inhalaban con nafta y poxirán. Antes tomaban alcohol, vino y ya empezaban a desaparecer en la comunidad; ahora caminan solos, vemos en la comunidad chicos que discuten con su madre y con su padre. Ellos ya no se juntan con los chicos normales. También los chicos se adictan con celulares, computadoras, motos con alta velocidad frente a una televisión y se olvidan de trabajar, de hacer changas y no ayudan a hacer las actividades en la casa”, dice Alejandro Ramírez, presidente de la Comunidad wichí de Tres Pozos, en el oeste formoseño.

Ramírez, un wichí pequeño pero robusto, también es el agente sanitario más antiguo de la provincia, acostumbrado a lidiar con las problemáticas sanitarias de los suyos.

Estrategias propias

El impacto de la droga sobre los jóvenes de sus comunidades no sólo ha causado problemas de salud, de delincuencia y de violencia entre los wichí, un pueblo indígena que se caracteriza por resolver pacíficamente casi todos los conflictos de la vida cotidiana. También amenaza con hacerles perder su forma de vida, sus costumbres y su espiritualidad ancestral.

No hay estudios que aporten cifras del crecimiento del consumo, pero es una realidad que se hace evidente todos los días. “Si tuviéramos que hacer un ranking, el alcoholismo es muy alto y está a la cabeza de los consumos problemáticos, Los jóvenes toman alcohol rebajado con agua y vino del más barato. En segundo lugar está la inhalación de pegamento y de nafta, y después viene el paco. Marihuana también hay, pero menor medida porque es más cara”, explica Gustavo Núñez, de la Asociación para la Promoción del la Cultura y el Desarrollo (APCD) de Las Lomitas, una de las ONG que trabaja con las comunidades indígenas de la provincia.

Con el apoyo casi nulo del Estado, en algunas comunidades – con la colaboración de iglesias y organismos no gubernamentales – los propios indígenas han empezado a implementar estrategias propias para tratar de contrarrestar un fenómeno que ha crecido fuertemente en los últimos tiempos.

Así, en varias de ellas se han creado espacios de reflexión y transmisión de la cultura ancestral, talleres de arte, una suerte de visitas con retiros en territorios ancestrales para alejar a los jóvenes de los proveedores y conectarlos con la naturaleza, e incluso una comparsa – Elé wichí – que, además, apunta a difundir la cultura y las costumbres tradicionales hacia el resto de la población.

Un viaje a la cultura ancestral

Después de una larga lucha, hace unos años el gobierno de Formosa les devolvió a los wichí de Lote 27 y de Tres Pozos las tierras ancestrales de El Pajarito, en la ribera del Río Bermejo, muy lejos de cualquier zona urbana. Desde entonces, utilizando el poco tiempo libre que les dejan otras actividades, están trabajando en ellas para volver.

Mientras tanto, encontraron allí un territorio donde cambiar el escenario para la pelea contra las adicciones que afectan a los más jóvenes. Los llevan allí, los hacen participar de prácticas ancestrales y los alejan, aunque solo sea momentáneamente, de los dealers.

“Tenemos 550 hectáreas en el Río Bermejo. El Pajarito es un lugar de sanación porque en esa comunidad hay cementerios donde están nuestros abuelos y nuestros antepasados. Cuando nosotros entramos, sentimos que andan el espíritu de ellos, donde nos dan ánimo y nos dan energía, nos dan fuerzas. Sobre todo, cuando llega el amanecer escuchamos distintos cantos de pájaros, donde esos cantos significan que llega el nuevo día. Nosotros aprovechamos a mariscar, a melear, a disfrutar de la naturaleza cuando andamos caminando cerca del río escuchamos coletazos de pescados y correntada del agua del río. Vamos allí con los jóvenes, en familia, lejos de las drogas, para que conozcan. Es un lugar de sanación”, dice Ramírez.

No se trata sin embargo de una vuelta a un pasado bucólico y casi natural, que sería ineficaz en el combate contra las adicciones, sino de tratar de articular la cultura ancestral con la vida cotidiana del presente.

“La recuperación de la memoria histórica, se intenta en un espacio donde los jóvenes juntan con los mayores para hablar de la cultura, pero no solamente de la cultura telúrica sino como una cuestión dinámica. Generamos los espacios para que los mayores puedan transmitirles de alguna manera los valores culturales y que puedan ir haciendo juntos una síntesis para estos tiempos, distintos a los tiempos en que los mayores eran jóvenes”, explica Núñez, de APCD.

Murga, cultura y prevención


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En estrecho contacto con las comunidades wichí del oeste formoseño, además de APCD – cuyo trabajo de prevención se centra en Lote 47, Lote 27 y Tres Pozos – trabajan Los Hogares de Cristo, una red creada hace ya 15 años por el Padre Pepe Di Paola.

“Hacemos un abordaje de los jóvenes con consumos problemáticos junto con el Sedronar y los Hogares de Cristo, tanto en la prevención como en la contención. Hacemos talleres de arte, damos apoyo a los estudiantes, y generamos espacios de intercambio entre los jóvenes y los adultos, para lo que incluso refaccionamos dos locales para que puedan reunirse. También tenemos un equipo de dos psicólogos que abordan problemáticas individuales y familiares. Ahí no solamente surge el problema de las adicciones, sino que se detectan casos de abuso y de violencia de género”, detalla Núñez.

En ese marco, la formación de la comparsa “Elé Wichí” marcó un antes y un después. En la lengua wichí “Ele” significa loro y ése es el nombre que, hace casi diez años, eligió un primer grupo de jóvenes de las comunidades wichí cercanas a Las Lomitas para bautizar a su agrupación carnavalera. No fue un bautismo realizado al azar: el loro es un pájaro respetado tradicionalmente por los wichí por su capacidad de aprender.

Los jóvenes se preparan durante todos los meses del año para los desfiles de Carnaval, donde participan con motivos originarios para hacer su cultura. Con los lazos que se construyen alrededor de ese proyecto, también se busca integrarlos para alejarlos de las adicciones.

“Les enseñamos a tocar instrumentos, danzamos y bueno, utilizando esas estrategias tuvimos logros importantes para el cambio de las vidas de nuestros jóvenes”, resume Ramírez, el agente sanitario de Tres Pozos.