Mientras hacen malabares con la intención de mantener bajo control una crisis interna que se les fue de las manos, el establishment francés y el presidente Emmanuel Macron viven sus peores horas por acción de un frente externo que, con epicentro en las antiguas colonias de África, les depara cada día nuevas señales de degradación. A los golpes de Estado ya consumados en Níger, Burkina Faso, Guinea, Malí y Chad esta semana se les sumó Gabón, un país rico en petróleo, gobernado desde hacía 55 años por la familia del derrocado presidente Alí Bongo Ondimba.

Son países que alcanzaron una independencia tutelada en los años 60 del siglo pasado y padecen aún la explotación de las multinacionales galas y la humillante presencia militar de la ex metrópolis europea (ver aparte).

Muy delicadamente, los militares golpistas que conformaron un Comité para la Transición y la Restauración Institucional, anunciaron que habían “pasado a retiro” a Bongo Ondimba, quien pensaba asumir su quinto mandato consecutivo. “Las calles de Libreville (la capital) se vistieron de fiesta”, escribió el hebdomadario parisino Jeune Afrique. La revista señaló que la importancia geopolítica de lo ocurrido no es periférica sino central, dado que Níger y Gabón –el primero especialmente– eran los últimos bastiones estables y cercanos a Francia y Estados Unidos en una región asediada por la violencia yihadista (Estado Islámico y Al Qaeda) y la creciente presencia de los mercenarios rusos de Wagner. Para los analistas, los golpes de Estado previos en Burkina Faso y Malí, que dieron un giro pro Moscú, limitaron el área de influencia occidental en la convulsionada región del Sahel (sur del Sahara).

Como muestra de la inestabilidad que vive la otrora próspera nación colonial, dos episodios de “desacato” se vivieron justo cuando Macron visitaba la posesión de Nueva Caledonia, en Oceanía, en una estadía de fuerte simbolismo. Nada menos que reivindicar la soberanía francesa sobre las aguas del Pacífico en este tiempo en el que China –la gran obsesión occidental– da constantes muestras de expansionismo económico. Gracias a las islas, islitas y atolones del Pacífico, Francia se ha hecho de 11,6 millones de kilómetros cuadrados de aguas económicas exclusivas, y en ello Nueva Caledonia es vital. Macron llevaba tres días en la isla cuando el gobierno aliado de Níger fue derrocado. A la vez, en territorio propio, reaparecía el independentista Frente de Liberación de Bretaña, un pequeño pero molesto grupo de acción directa –como los corsos– que estaba inactivo desde hacía dos años.

Franc-África

La agencia Rusia Today, que pese a su nombre no actúa como vocera de Moscú, saludó alborozadamente el golpe y, sin precisar qué raíces ideológicas tiene, dijo que la caída de los gobiernos de Níger y Gabón “deja en ruinas la estrategia de París en África”. Refiriéndose concretamente al primero, señaló que además de los vínculos empresariales y culturales era la principal base de despliegue de las tropas francesas en la lucha contra el yihadismo, tras su retirada forzada del año pasado de Malí. Para los analistas de la realidad africana, el caso de Malí no fue bien entendido por el gobierno de Macron, que ante la ola de repudios por la presencia militar gala no supo ver que estaba ante un escenario similar al vivido un año antes en Burkina Faso, de donde debió “huir” precipitadamente.

En marzo pasado, sólo cuatro meses antes de ambos golpes, y cuando los analistas ya hablaban del malestar militar y popular con sus respectivos gobiernos, Macron hizo una visita a las antiguas colonias africanas durante la cumbre sobre protección de los bosques tropicales. Tampoco supo ver lo que se avecinaba y fue en vano su intento por mantener la influencia francesa. Durante su gira se mostró como el campeón de la democracia y aseguró que “la época de la FrancÁfrica” –la voz con la que se define la estrategia de París para defender sus intereses en las ex colonias– había llegado a su fin. Paralelamente, Rusia, no China, pese a las declamaciones de Occidente, seguía ganando peso con su política de créditos blandos, condonación de deudas y ayuda alimenticia sin costo.

«Esta es una primavera antifrancófona, existe un sentimiento antifrancés como factor dominante en todos estos procesos, desde Malí hasta Burkina Faso, Níger y ahora Gabón”, señaló el politólogo ghanés Michael Amoah, prestigioso académico invitado de la London School of Economics. Excepto Uganda, de habla inglesa, y Guinea Ecuatorial, castellana, todos los países donde hay gobiernos presidenciales extendidos son de habla francesa, observó Amoah, como Camerún, Ruanda y Togo. “Estos gobernantes permanecen en el poder durante décadas. En Camerún, el gobierno actual lleva más de 21 años, en Togo buscará un quinto mandato en 2025, y así también en Ruanda. La gente está harta de esta influencia francesa, que encubre la corrupción y el robo del dinero público”.        

Así no asombra que se oigan en las calles el persistente repudio a Francia y los vivas a Putin.

«El odio se explica por la explotación de los recursos y la soberbia»

No fueron tantos como en Níger el 31 de julio pasado, cuando coparon las calles de Niamey, pero el 31 de agosto en Libreville, Gabón, se repitieron escenas de igual talante, con manifestantes insultando a Francia y su presidente, Emmanuel Macron.

Y lo peor, vivando al ruso Vladimir Putin. “Estos señores deberían callarse la boca, cada frase que pronuncian se utiliza en contra de Francia y con conceptos cada vez más duros”, comentó Moussa Mara, ex primer ministro de Malí, analizando los episodios que se repiten en los países africanos. “El odio se explica por la explotación de los recursos, pero lo que más indigna es la soberbia que exhiben obscenamente sus militares”.

En Niamey los nigerinos se manifestaron con banderas rusas y llegaron a atacar e incendiar la embajada de Francia, mientras en Moscú se restregaban las manos y pedían un diálogo urgente. Exigen el retiro de las tropas extranjeras. La mayor base aérea gala en esta región se encuentra en la capital de Níger. Son 1500 efectivos de élite. También hay unidades de Alemania e Italia, y Estados Unidos mantiene casi 2000 efectivos en dos bases de drones montadas para recabar información sobre África oriental y el Sahel –barrera natural entre el Sahara y el área selvática–, desde Sudán hasta Malí, norte de Libia y sur de Nigeria.

Tras la destrucción de Libia y el asesinato de Muamar Khadafi (2011), esa región padeció una serie de conflictos capitalizados por Francia, Estados Unidos y los países invasores de la OTAN. El primero montó una red de diez bases –entre ellas el Campamento Général De Gaulle, en Libreville, con 350 soldados, según el Instituto Sueco de Investigación para la Defensa. En Niamey tiene estacionados 1500 efectivos en el marco de la lucha contra los grupos yihadistas. Y el segundo, entre otras 29, comenzó a operar la mayor base de drones del mundo. Semejante presencia militar es preocupante en una zona que atesora grandes reservas estratégicas: 98% de cromo, 90% de cobalto, 50% de oro, 33% de uranio y 65% de las tierras cultivables del globo.