Cuando el escenario internacional aparece confuso, conviene considerar la dimensión histórica de los acontecimientos presentes. De lo contrario, corremos el riesgo de caer en el inmediatismo, tan proclive a las equivocaciones.

Así diremos que desde 1889 a 1954 existió una seguidilla de “Conferencias Panamericanas”, que convocaban los países del continente. Desde los años ’90 del siglo pasado, esos eventos son comercializados bajo la marca “Cumbre de las Américas”. Hay que reconocer que si bien cambia el nombre de estos encuentros, en general no cambian tanto ni las intenciones ni los resultados.

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En esos encuentros los temas importantes pueden variar, a veces son temas de comercio, como antes de la “guerra fría”; otras tantas son temas de seguridad, como durante la “guerra fría”; o incluso asuntos políticos, como la creación de la Organización de Estados Americanos en la conferencia de Bogotá, el año 1948.  Si consideramos que sea posible distinguir comercio, seguridad o política cuando hablamos de poder.

Es que con mayor o menos énfasis, esas reuniones reviven la “Doctrina Monroe”; también expresan la proyección continental del “destino manifiesto”; así como articulan la relación de dominación y consentimiento que los Estados Unidos ejercen y exigen sobre el resto de los países del continente. Con reserva de admisión y permanencia, claro.

Sin embargo, las circunstancias de esta reunión en Los Ángeles, California, son un poco particulares. Hay un conflicto en Europa. Los Estados Unidos alinearon a la Unión Europea, comprometieron en una guerra a la Otan e impusieron un bloqueo total a Rusia.

Si las consecuencias son gravosas para los europeos, peligrosas para la misión de la Otan y catastróficas en cuanto a las perspectivas de hambruna mundial (debido al bloqueo del trigo y los fertilizantes rusos), tales cosas no importan. Lo esencial es mostrar quién manda. Además, es una cuestión de reputación.

De este modo, es posible que los países latinoamericanos que asistan a esta cumbre californiana encuentren a un Estados Unidos envalentonado por los sacrificios que pide y obtiene de sus aliados occidentales, en especial europeos.

Como en los buenos viejos tiempos de la guerra fría, cuando la lucha contra el comunismo habilitaba cualquier aberración, será necesario que adoptemos la agenda norteamericana en materia de soberanía, democracia e integralidad territorial de Ucrania. Un asunto urgente para nuestros países, por cierto.

Sobre todo cuando la soberanía fue vulnerada por las intervenciones de marines o las injerencias económicas; cuando las democracias sufrieron golpes de Estado o de mercado; y en cuanto a la integralidad territorial, los argentinos solo podemos decir: Malvinas. “De tan usada, la faca ya no corta”, diría Chico Buarque.

Aunque hay un asunto más grave. En numerosas declaraciones, autoridades norteamericanas civiles y militares han expresado el peligro inminente que representan Rusia y China para “el orden internacional establecido por reglas”. ¿Cuáles son esas reglas? ¿Dónde están escritas? ¿Alguien las leyó?   «

En los hechos, esto significa que para EE UU y sus clientes occidentales la Carta de las Naciones Unidas ya no rige las relaciones internacionales. Enfrentamos pues una cumbre borrascosa. Es un adjetivo que entre otros, significa “dominada por el desorden de las emociones y la ausencia de normas”. El abismo está tan cerca.