La semana pasada Polonia le pidió a la Unión Europea (UE) que le financie la construcción de un muro que selle su frontera de 420 km con Bielorrusia. El mismo día Lituania empezó a levantar un cerco de alambres de púa de 400 km para evitar que, desde el vecino común, los migrantes del Medio Oriente entren a territorio comunitario. En el occidente extremo, Joe Biden va camino de concretar el sueño de Donald Trump, con un paredón de 3200 km que aislará a Estados Unidos de México. La cosa aquí es que los hambrientos de Honduras, Guatemala y El Salvador no crucen el río Bravo. Emulando a los jefes del norte, el favorito para las presidenciales chilenas del 21 de noviembre, José Antonio Kast Rist, prometió hacer una zanja de 860 km de largo para aislar a la ya aislada Bolivia.

La experiencia, por no hablar de historia porque la construcción de barreras fronterizas es un fenómeno relativamente reciente, es categórica, en cuanto a que los muros o cualquier otra forma física de freno a las migraciones son de efecto tan nulo como doloroso. Sin embargo, en los últimos años los gobiernos de extrema derecha de todas las geografías (ver aparte) acuden al recurso, pese a saber que la gente no se va de su tierra en busca de aventuras sino tras un empleo y un plato de comida. Así, no hay muro que la disuada. “Las vallas no detienen a los migrantes, se desbordan y sufren travesías más riesgosas, dolorosas y trágicas, a lo que hay que agregar el inhumano tráfico de personas en manos de una mafia organizada a nivel mundial”, analiza el geógrafo y sociólogo norteamericano Reece Jones.

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Al finalizar la II Guerra Mundial (1945) había sólo tres vallas. Al caer el publicitado “Muro de Berlín” (1989) ya eran 15, y de ellos nunca se habló en los años de la Guerra Fría (de la posguerra a la disolución de la Unión Soviética, en 1991). Ahora hay unos 70, a los que se debe agregar el aporte de Polonia, Lituania y Chile. Es patética la escasa inventiva de los gobiernos de derecha, y algo más, que acuden todos al mismo recurso, probadamente fracasado como los bloqueos, que generan sufrimiento y dolor pero no doblan el lomo de los pueblos.

Un último recuento indica que desde 2015 los muros se repiten en países tan distintos como Austria, Bulgaria, Estonia, Hungría, Kenia, Arabia Saudita y Túnez. La serie continuó en 2016, cuando Noruega provocó una universal sonrisa al instalar muros en su frontera con Rusia, el gigante euroasiático.

Para justificar la existencia de su muro, cada gobierno tiene un discurso propio, aunque el último verso es siempre el mismo: racista, xenófobo, nazi podría decirse. En su mayoría no disimulan el odio al inmigrante –Polonia, Lituania y sus aliados son buenos ejemplos– y otros lo disfrazan con supuestas causales de seguridad nacional. Tal es el caso de Estados Unidos, que necesita de los inmigrantes como del agua pero les hace difícil el ingreso. O el de Uzbekistán, que en aras de la supuesta protección de su territorio, decidió defenderse de cualquier agresión externa con una cadena de modestas vallas, justo allí donde todos están armados hasta los dientes: al norte, una alambrada de púas lo separa de Kirguistán; al sur, campos de minas y un alambrado electrificado cubren la frontera con Afganistán.

Polonia, con su pasado nazi y su presente no muy diferente, está encargada de defender la última frontera de la UE con l’autre monde, el oriente que alguna vez fue comunista y hoy es un mosaico infernal. Por ambas cosas, por integrar la Unión y por ser su última frontera, se siente con derecho a reclamar que le financien su, hasta ahora, última aventura xenófoba. El pasado 29 de octubre le pidió a la UE un giro de 407 millones de dólares para construir el muro que la separe de Bielorrusia, aquel punto de partida del grueso de los emigrantes judíos llegados al Río de la Plata, tras embarcar en el puerto ucraniano de Odesa. La misma UE dijo que desde Bielorrusia llegan los inmigrantes de Medio Oriente, impulsados y ayudados por el gobierno de Minsk, en venganza por las sanciones económicas y el bloqueo de la Europa comunitaria.

A la espera de los 407 millones, Polonia mandó a su frontera oriental a 10 mil soldados y puso en vigencia una legislación que dispone unas deportaciones exprés violatorias de la normativa de la UE y los tratados internacionales. Lituania se colgó de la ofensiva polaca porque sus 400 kilómetros de alambradas de púa electrificadas se “lo merecen”. Ambos países cuentan con el respaldo de diez hermanos menores de la UE –Austria, Bulgaria, Chipre, República Checa, Dinamarca, Estonia, Grecia, Hungría, Letonia y Eslovaquia–, que en un documento conjunto dieron su apoyo y veladamente exigieron que se financie ya las aventuras xenófobas de sus amigas.

Por este extremo occidental y sureño el mundo andaba libre de estas aventuras. El único muro existente era el de Río de Janeiro, construido para separar a los ricos de los pobres de las favelas y a estos de los más ricos que llegarían tentados por los Juegos Olímpicos. Pero apareció José Antonio Kast Rist, un chileno con progenitores alemanes, madre devota del ultramontano movimiento apostólico Schoenstatt y padre alto oficial de las Wehrmacht, las fuerzas armadas unificadas nazis. Hoy, siglo y medio después de que el argentino Adolfo Alsina delineara la línea de zanjas –fosas, terraplenes y fortines– con las que se definió la última etapa de la sanguinaria Conquista del Desierto (1878-1885), de ganar, el nazi chileno promete arremeter contra otro pueblo, rindiendo homenaje a la vergonzante Zanja de Alsina. «

De los tres que dejó la II Guerra a los más de 70 en la actualidad

En el mundo existen muros entre países por un total de 7500 km, aunque llegarán a  más de 18 mil km cuando estén terminados. Son alrededor de 70 muros. Los más notables:

Ceuta y Melilla: a mediados de los ’90 España levantó 8,2 km de alambrada en Ceuta y 12 en Melilla.

EE UU y México: Norteamérica comenzó a construir en 1994 un muro metálico en un tercio de su frontera con México, que ahora se complementa con el ordenado por Trump.

Río de Janeiro: el gobierno estadual de Río (sede de los JJOO 2016) comenzó a levantar en marzo de 2009 muros para cercar algunas favelas. En total son 11 km.

Cisjordania: construido por Israel, ocupa un 20% de la Línea Verde internacional y un 80% en territorio cisjordano, donde se adentra hasta 24 km con el fin de incluir asentamientos israelíes. Cuando esté terminado, el 10% del territorio cisjordano quedará en el lado israelí y aislado del resto de Cisjordania.

Irlanda del Norte: en Belfast, Derry y otras localidades se han levantado barreras desde 1970. Se las conoce con el eufemismo de “Líneas de Paz”.

Corea del Norte y del Sur: una franja de 4 km de ancho y 250 de largo divide ambas naciones desde el final de la guerra, en 1953. Es la zona desmilitarizada.

Arabia Saudita: el reino está fortificando su frontera de 9000 km con una de las barreras de más largas del mundo y de alta tecnología. Es física en partes y virtual (satélites, radares, infrarrojos) en otras.

Sahara Occidental: construido por Marruecos a partir de 1980. Tiene 2720 km y está formada por muros de piedra y arena de 2,5 metros de altura, campos de minas, alambradas y zanjas.

Bagdad: EE UU empezó a construir en 2007 una barrera de 5 km de largo y 3,6 metros de alto en la capital de Irak, rodeando un distrito religioso.

Chipre: una Línea Verde gestionada por la ONU divide Nicosia, la capital de Chipre, en dos partes. La alambrada tiene 180 kilómetros.

Botswana y Zimbabue: en 2003, el primero levantó en la frontera entre ambos una cerca de alambre de púas de 2,5 metros de altura y 500 km de largo.

India y Pakistán: dos países poseedores de armas nucleares, que están separados por muros y alambradas en aproximadamente la mitad de su frontera de 2900 km.

Cachemira: unos 500 km de cerca de alambrada se extienden a lo largo de la disputada Línea de Control de la zona controlada por India.

India y Bangladesh: India construye a lo largo de 4000 km de su frontera con Bangladesh una verja de seguridad.

Irán y Pakistán: en su frontera, Irán levanta un muro de cemento de casi un metro de grosor y más de 3 metros de altura.

Irak y Kuwait: la barrera tiene 190 km. Fue construida al término de la primera Guerra del Golfo por orden de la ONU. Se trata de una cerca electrificada, con alambre de púas, muros de arena y zanjas.

Uzbekistán: defiende su territorio con vallas. Al norte, un cerco de alambre de púas lo separa de Kirguistán. Al sur, campos de minas y un alambrado electrificado (380 voltios) cubren parte de la frontera con Afganistán.

Tailandia y Malasia: en los ’70 ambos países acordaron construir muros de cemento coronados de alambre a lo largo de parte de su frontera común. Desde 2007, Tailandia construye, además, un muro de 75 km.

Brunei: construyó una verja de seguridad a lo largo de sus 20 km de frontera con la región malaya de Limbang.

Egipto y Gaza: la separación en el paso de Rafah, entre la Gaza palestina y Egipto, fue construida por los gobiernos de ambos países tras el tratado de paz firmado en 1979.

Noruega y Rusia: Noruega levantó muros en su frontera este con Rusia para evitar el ingreso de migrantes de los países del Medio Oriente. Otros: países tan diferentes como Austria, Bulgaria, Estonia, Hungría, Kenia, Arabia Saudita y Túnez van o empezaron a levantar sus muros. En su “frontera adelantada” con Francia, y en territorio francés, el Reino Unido levantó un muro en Calais.