Aurora Bernárdez, la mujer que estaba hecha de papel

Acaba de aparecer, editado por Alfaguara, "El libro de Aurora", una recopilación de poemas, relatos, conversaciones y notas de quien fuera identificada siempre como la primera esposa de Julio Cortázar. En él muestra el singular talento literario que nunca hizo público y que dejó disperso en agendas y cuadernos dentro de un armario.
21 de Julio de 2017

Aurora Bernárdez tuvo una vocación que fue mucho más fuerte que el resto de sus inclinaciones: el anonimato. Si fue conocida fue muy a su pesar y no por sus propios méritos, que los tenía de sobra, sino por ser la primera esposa de Julio Cortázar y la medio hermana del poeta Francisco Luis Bernárdez. El amor hacia su marido fue más fuerte que la separación, que las parejas que él formó luego e incluso que su propia muerte, ya que ella fue su albacea literario y también la compiladora y editora de los textos de Cortázar que se publicaron luego de su fallecimiento. 

Sería injusto decir que un marido y un hermano famosos fueron los causantes de su silencio literario que, a tres años de su muerte ocurrida en París, se acaba de quebrar con la publicación de El libro de Aurora (Alfaguara) con edición del músico y cineasta francés Philippe Fénelon y de la reconocida editora argentina Julia Zaltzmann, en el que compilan textos, conversaciones, notas y el texto de una entrevista que, según se aclara, es la única que dio en su larga vida. Sencillamente ella se definía como alguien que vivía o que era “hacia adentro” razón por la cual no necesitaba que la práctica de su escritura se hiciera pública. A ella le bastaba con escribir. 

Su único libro publicado la revela como una mujer talentosa, sensible y de una gran formación literaria aunque como carrera universitaria había elegido Filosofía. “Pero, ¿quién fue Aurora Bernárdez?–se pregunta su amigo y editor Fénelon en el prólogo - Responder a esa pregunta es la finalidad de este libro. Escuchar la voz más personal de Aurora. Aunque ella nunca se decidió a publicar lo que escribía –primero su hermano poeta y después su marido escritor proyectaban sombras muy alargadas-, sabíamos que en su casa de la place du Général Beuret existían agendas y cuadernos con textos y narraciones, diarios y poesías. Pero sabíamos también que en los últimos años de su vida numerosos documentos, libros y objetos de aquella casa habían ido desapareciendo. Un día de sus últimos meses Aurora, desamparada, me señaló los estantes de su biblioteca preguntándose con angustia qué había pasado, quién había venido, dónde estaban los libros. Cuando ella murió, la rápida intervención de su heredero mantuvo a salvo todo lo que quedaba.”
Nacida en 1920, desde muy joven se dedicó a la traducción. Los autores que tradujo eran tantos que le costaba enumerarlos y, a veces se sorprendía al encontrar casualmente algún libro traducido por ella que había olvidado. Trabajó, además, como traductora junto a Cortázar en la UNESCO cumpliendo un horario de oficina de ocho horas que les permitió a ambos comprar su primer departamento en París. La paga era buena y eso les daba la oportunidad de trabajar seis meses al año y dedicar los otros seis a sus actividades literarias. 

Aunque brillaba con luz propia, resulta imposible no referirse a ella en relación con Cortázar quizá porque durante toda su vida se empeñó en cederle totalmente el protagonismo, como si ella no necesitara ningún tipo de reconocimiento. Aurora y Julio se conocieron en 1948 en la famosa confitería Richmond de la calle Florida donde ella había concurrido con una amiga que debía encontrarse con Cortázar. 

En la entrevista que se publica en el libro y que forma parte del documental realizado por Fénelon en el número 9 de la calle Beuret, donde se escribió Rayuela y vivió Aurora hasta su muerte, ella cuenta cómo fue aquel primer encuentro con el autor de Casa tomada, lo primero que ella había leído de él y que le había encantado. “(…) entré –cuenta- y en una mesa vi a dos muchachos jóvenes: Julio, que desplegó toda su estatura para saludarme -yo digo que se desdoblaba como una cinta que se va abriendo, abriendo y no termina-, y un amigo que se llamaba Pérez Zelaschi, un buen escritor de la época. Tuve que mirar hacia arriba, muy alto, hasta encontrarle la cara a Julio, esa cara de muchacho que parecía mucho más joven de lo que era, como siempre ocurrió y siempre se dijo.”

Años después, en 1952, Aurora viajó a París donde se casó con Julio. Se separaron en 1968, pero ella siempre estuvo cerca de él y fue la encargada no sólo de ocuparse de su obra, sino también de cuidarlo en los últimos días de su vida. Los años de felicidad compartida, según parece, hacían imposible una separación absoluta. Una evidencia de esa felicidad se encuentra en una de las cartas destinadas a Eduardo Jonquiéres que data del 16 de marzo de 1957. En ella le decía Julio a su amigo: “Yo vivo tan en mis cosas, tan contento con la presencia de Aurora, que no necesito una vida de relación intensa.” Y en uno de sus poemas fechado en el año de la separación él apunta: “Sólo una cosa habrá en común alguna vez, / tu llanto cuando leas esto / y el mío ahora que lo escribo.”

Recorrer los poemas y relatos de Aurora es una experiencia singular. Esa mujer que dedicó su vida a la literatura al punto de decir que estaba hecha de papel tenía una escritura tan precisa como sensible. Evidenciaba, además, un gran sentido del humor que es una de las forma mayores de la inteligencia. 

El material que conforma su libro estaba guardado en un pequeño armario y disperso en cuadernos y agendas. Tenía la costumbre de dejar los cuadernos por la mitad y de seguir escribiendo en otro para  retornar al cuaderno abandonado después de muchos años, por lo que la tarea de compilación no fue fácil. Resulta evidente que no pensó que aquellos escritos podrían hacer perdurar su memoria en el mundo por otra razón diferente a la de haber sido la primera esposa de Cortázar. 

Pero es probable que ni siquiera la muestra de su propio talento resulte suficiente para despegarla de su figura, como si ella tuviera una sucursal de sí misma en otro cuerpo, como si la separación y la muerte no bastaran para hacerle cortar el cordón y lograr así una existencia singular. “Yo siempre he tenido la sensación de que no soy yo –le confió a su amigo en la entrevista que figura en el libro-, eso te lo puedo decir, pero no sé quién soy.”

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