Curiosamente, desde que la computadora ha borrado la huella personal de la escritura –la máquina de escribir, al menos, dejaba la impronta de la presión ejercida y el desgaste de sus tipos- los objetos de la escritura arcaica no dejan de multiplicarse.

La tradicional Moleskine ha encontrado multitud de nuevas versiones, desde las imitaciones industriales a las libretas artesanales que compiten en belleza y originalidad. Algo similar sucede con las lapiceras llamadas estilográficas que compiten en audacia de diseño o que perseveran en el formato y la calidad que las llevaron a la fama.

Hubo una época en que  una Parker era  un  regalo privilegiado para alguien que terminaba el colegio secundario o la universidad o para agradecerle al médico de familia sus cuidados y que siguiera ejerciendo su escritura encriptada e inentendible que siempre necesitó de la condición de exégeta de un farmacéutico para ser comprendida.

 No para todos los escritores la computadora  es la primera instancia de escritura. Desde hace mucho –le decía Guillermo Saccomanno a Tiempo Argentino en relación con su libro de cuentos Cuando Temblamos: “Desde hace mucho, vengo escribiendo en libretones tipo Moleskine.” Tanto escribía en ellas que calculada su capacidad, como si tuviera un contador de caracteres analógico: “Cada libreta de esas equivale a veinticinco carillas.” 

Estilográficas Guillermo Saccomanno
Guillermo Saccomanno

Que muchos escritores rechacen hacer la primera versión de un cuento o en una novela en una computadora, tiene su razón de ser. En El concepto de ficción, Juan José Saer afirmaba que el primer borrador lo hacía siempre a mano porque sin la mediación de una máquina, su propio cuerpo pasaba a la escritura. «(…) todo el cuerpo interviene en el acto h la escritura –afirmaba–, el cuerpo materia, macizo, sentado en la silla, sin cesar en movimiento y acompañando con sus latidos, sus estremecimientos, sus sobresaltos, el trabajo de escritura».

La estilográfica es de alguna forma, la extensión de la mano y deja su impronta sobre el papel. Quizá por eso sigue siendo la preferida de muchos escritores y escritoras.

Antes de su existencia, se escribía con una pluma de acero insertada en un mango de madera. Y antes aún, con un pluma de pájaro cuya punta era debidamente trabajada para que pudiera sumergirse en la tinta y luego obedecer a los mandatos de la mano.

La novelista británica Jane Austen (1775-1817) escribía con  una de esas plumas que mojaba en tienta de factura casera hecha con limaduras de hierro.

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert (1821-1880) vivió en la época de la pluma de metal y murió apenas diez años después de la invención de la estilográfica, pero más allá del instrumento que utilizara para escribir, sin duda hubiera sido un fanático de la computadora. Su afán de perfección se traducía en una obsesión por la corrección. Cuando las sucesivas tachaduras de una palabra la volvía ininteligible, cortaba un trocito de papel con la palabra correcta y lo pegaba sobre la tachadura. Todo un adelantado del copy /paste.

Jane Austen

La estilográfica que Cortázar llevaba siempre cerca del corazón

En uno de sus libros más hermosos  y quizá menos difundido, Imagen de John Keats, un ensayo entrañable sobre el poeta con el que Cortázar dialoga como si hubieran sido contemporáneos, el cronopio se refiere a su lapicera Waterman no sólo como instrumento de su escritura, sino como verdadera artífice de ella.

Hace años –afirma en la “Declaración jurada” del libro mencionado- que he renunciado a pensar coherentemente, mi lapicera Waterman piensa mejor por mí. Parece que juntara energías en el bolsillo, la guardo en el chaleco, encima del corazón, y es posible que a fuerza de escucharlo ir y venir al gran gato redondo cardenal su propio corazón de tinta, su pulpito elástico , se vaya llenando de deseos y de imaginaciones . Entonces me salta al a mano y el resto es fácil, es exactamente ahora”.

Julio Cortázar

“De todas manera, mis numerosos prejuicios no la dejan andar libre por la página. Si en verdad se pudiera escribir automáticamente, es probable que los ojos distraídos por la contemplación de un reflejo que resbala en los cristales, renunciaran a vigilar a la obstinada patinadora, nada más violento que su deseo de agotar la pista, salir con su última pirueta dejándola cubierta de signos y dibujos”.

Más allá de lo que pensara Cortázar, su Waterman y él hacían un dúo extraordinario. En Imagen de John Keats palpitan dos corazones: el suyo y el de su lapicera.

Antoine de Saint Exupery, el autor de uno de los libros más vendidos del mundo, según parece, también era amante de esta marca de lapicera.

La estilográfica preferida de Javier Marías

Javier Marías, quien falleció el 11 de septiembre de 2022, tenía una escritura arborescente. Cada una de sus oraciones era todo un árbol, una obra maestra de la digresión en la que aludía a mundos diversos. Competían en largo con las de Proust y todas ellas tenían –siguen teniendo- un ritmo hipnótico que hace imposible quitar los ojos de la página. La digresión era para él la forma misma de su escritura.

Era un maestro en manipular los hilos el sentido, hacer malabares con ellos y luego recoger como un excelente prestidigitador todos los hilos para incluirlos en un sentido mayor.

En su museo sentimental, Marías enumera diversos objetos a los que considera «pequeños dioses del hogar que nos recuerdan a nosotros mismos, conformando una suerte de autorretrato”. El suyo está compuesto por la toga oxoniense que tuvo que llevar durante dos años mientras fue profesor en Oxford, un collage de Juan Benet, un sello de una galera que era su ex libris y otros objetos entre los que se cuenta su “pluma negra” como él la llama a esta estilográfica.

Javier Marías
Foto: Télam

“Aunque escribo a máquina –explica-, corrijo a mano y corrijo mucho. Esta pluma Lamy no es muy bonita, no es nada elegante, pero tiene una virtud para mí indispensable: la plumilla es negra, algo infrecuente en las estilográficas. Como le sucedía a un personaje de una novela mía, el León de Nápoles, si escribo con plumilla plateada o dorada mi vista se ve atraída por sus reflejos y acabo perdiendo la concentración. Nadie que me conozca se atrevería a regalarme una pluma (y la verdad es que me gustan mucho) que no tuviera la plumilla negra”.

Aunque no se puede decir con certeza que se refiera realmente a ella en su novela Corazón tan blanco aparece un párrafo que parece estar dedicado a esta estilográfica:

“—¿Tienes repuestos para esta pluma? Eso fue lo que le pregunté, sacando de mi bolsillouna pluma alemana que había comprado en Bruselas y que me gusta mucho porque la plumilla es negra y mate.”
“—A ver —dijo ella, y abrió la pluma y miró el cartuchocasi vacío—. Me parece que no, pero espera, voy a mirar en las cajas de arriba.”


“Yo sabía que esos cartuchos no los tendría, y pensé que ella debería haber sabido que no los tenía. Sin embargo arrastró la vieja escalera y la colocó en su lado del mostrador a mi izquierda, y pesadamente, como si tuviera veinte años más de los que tenía (pero llevaba ese tiempo arriba y abajo), fue subiendo peldaños hasta quedarse en el quinto y rebuscar desde él en varias cajas de cartón que no nos servirían.»

«La vi de espaldas, con sus zapatos bajos y su falda a cuadros de colegiala anticuada, sus caderas ensanchadas y la tira de su sostén algo floja transparentándosele bajo la blusa; y con su bonita nuca, lo único inalterado. Miraba en las cajas y sostenía en la mano mi pluma abierta para ver el cartucho y poder compararlo, la sostenía con mucho cuidado. De haber estado a su altura en aquel momento le habría puesto una mano en el hombro o acariciado esa nuca, afectuosamente.»

Escribir sobre la lapicera con la que corrige, si es que efectivamente se refiere a ella, es una forma de afirmar que los instrumentos de escritura no son ajenos a la escritura misma.

Las estilográficas de Arturo Pérez Reverte

No se considera un coleccionista, pero si un acumulador de lapiceras de pluma. En una entrevista que aparece en el sitio Amics de l`estilográfica, Arturo Pérez Reverte dice que heredó la pasión por las lapiceras estilográficas de su abuelo y de su padre.

Durante mucho tiempo, mientras fue corresponsal de guerra, no las utilizó porque, según él, constituían un “engorro” en esas circunstancias, pero que hoy se desquita de esa privación temporaria.

Cuando le preguntan si todos los escritores utilizan estilográfica, contesta: “No todos. Algún amigo ni las ha usado jamás. Javier Marías las utilizaba para corregir lo que había escrito en su vieja máquina de escribir eléctrica. También Juan Eslava Galán la  usa.”

Arturo Pérez Reverte
Foto: PIERRE-PHILIPPE MARCOU / AFP

A la pregunta si no es un esnobismo utilizarlas aún, responde. “No, lo que hay es un enorme placer físico que se sube a la cabeza. Para mi es adictivo. Nada como una pluma adecuada que, cargada con la tinta adecuada, se desliza de modo adecuada sobre el papel adecuado”.

Y agrega: “Mis tres marcas preferidas son Conway, Montblanc y Parker, por ese orden. Con todo el respeto para las otras, naturalmente: por ejemplo, tengo una Montegrappa que además de bonita es extraordinaria, y la Aurora Oliva me gusta mucho. También soy muy partidario de la Lamy Safari (amarilla, por supuesto) que es  bonita  y asombrosamente buena, sobe todo en calidad/precio”.

«La estilográfica es un ritual –añade-: desde cargarla de tinta hasta quitar el capuchón) (desenroscarlo, claro, es lo que no perdono a las Waterman) y escribir con ella. No tiene que ver con el sentido práctico de la vida sino con el intelecto y el placer sensorial. Con cierta manera elegante de hacer ciertas cosas.”

Cuando el entrevistador le pregunta si lo inspira más una estilográfica o un teclado de ordenador, Pèrez Reverte no duda:

“La estilográfica, por supuesto. El teclado (y yo uso uno que reproduce una máquina de escribir antigua, y hasta hace ruido) es un mero ejecutor mecánico, un sicario sin alma, y más los teclados de ordenador actuales, que ni ruido hacen. La pluma, sin embargo, es una compañera viva que te habla y te estimula. Es todo un idilio”.