Cuando las mujeres lograron que su hogar no fuera solo su casa, sino también el mundo

En Mujeres viajeras, Luisa Borovsky compila textos de las precursoras de los viajes y de su relato. Su aparición concuerda con el surgimiento del feminismo en el siglo XIX.
22 de Diciembre de 2019
Como en casi todos los órdenes, también para convertirse en viajeras las mujeres tuvieron que esperar un largo tiempo. El viaje de Ulises y la espera de Penélope en el hogar parecen inaugurar un modelo que se mantuvo hasta el siglo XIX. Así se consigna en el libro Mujeres viajeras (Adriana Hidalgo) con selección, traducción, introducciones, notas y cuidado de la edición a cargo de Luisa Borovsky. En la Antigüedad, mientras los hombres se lanzaban a expediciones de exploración las mujeres esperaban en sus casas. En la Edad Media, sólo les estuvo permitida la peregrinación a los Santos Lugares. Durante el Renacimiento, para que pudieran desplazarse por el mundo les fue imprescindible hacerlo al lado de un marido. “Con la descolonización y la creación de nuevos Estados –dice Borovsky-, el siglo XIX impuso la necesidad de definir una identidad para las naciones emergentes, tanto desde las nuevas metrópolis como de las antiguas colonias. Ese momento de cambio coincidió con el surgimiento del feminismo que, a su vez, comenzó a esbozar una nueva identidad para las mujeres. Ya no escribieron recluidas en sus casas o en los conventos, y con el avance hacia la emancipación civil y política que alcanzarían en la centuria siguiente, reseñar sus viajes fue una manera de apropiarse de ciertos derechos exclusivos de los varones. Accedieron así a la escritura como profesión y, en consecuencia, a la esfera pública.” Las mujeres viajeras incluidas en el libro son Lina Beck-Bernard, Florence Dixie, Katherine Dreiter, Ada Elflein, Eduarda Mansilla, Juana Manso y Juana RoucoBuela. Aunque cada una de ellas viaja por motivos diferentes, tienen dos cosas en común: pertenecen a la burguesía y Argentina es su punto de llegada o de partida. Eduarda había nacido en una familia de hombres notables. Era hija de Agustina Ortiz de Rosas y el general Lucio N. Mansilla y, además, hermana de Lucio V. Mansilla, militar y escritor. La cultura de Eduarda superaba en mucho el nivel medio de las mujeres de su época. Era políglota y amante de la música. En 1880 sus memorias de viaje aparecieron como folletín en La Gaceta Musical bajo el nombre de Recuerdos. Dos años más tarde, en 1882, esos textos se transformaron en un libro, Recuerdos de viaje. En la literatura de viajes escrita por mujeres argentinas, según lo señala Borovsky, Eduarda fue pionera. Si bien viajó para acompañar a su marido diplomático, supo ganarse un lugar en un mundo en que todos los emprendimientos, viajes incluidos, eran masculinos. En los textos recogidos en Mujeres viajeras, se dedica a analizar la sociedad norteamericana, según Borovsky con una finalidad política ya que la división en norte y sur de Estados Unidos, le permitía discutir otra división que se daba en su patria: civilización y barbarie. El mestizaje, según Eduarda, era la solución para terminar con esta oposición destructiva. Hija de suizos, Lina Beck-Bernard nació en Santa Fe en 1824. Pero volvió a la patria de sus padres luego de que muriera una hija también nacida en Santa Fe. Allí escribió La pena de muerte, Memoria sobre las prisiones de mujeres y Patronazgos preventivos para las mujeres. El libro recoge sus observaciones acerca de la Argentina luego de haber vivido aquí cinco años. Juana Manso viajó a Estados Unidos y también a Cuba. Amiga de Sarmiento y enemiga de Rosas, actuó en ámbitos que en su época estaban vedados para las mujeres: el periodismo, la política, la función pública y la defensa de los Derechos Humanos y muy especialmente los derechos femeninos. Tanto las introducciones a cada autora como la selección de sus textos, que están comprendidos entre 1864 y 1920, dan cuenta no sólo de mujeres que viajan, sino también de mujeres que fueron pioneras en materias muy diversas, desde la política al turismo aventura. En el momento en que vivieron, contrariamente a lo que sucede hoy, el viaje era un encuentro con lo nuevo. Aún no existía el turista, alguien diferente del viajero. Contar el mundo era una empresa difícil no exenta de ciertos riesgos. Mujeres viajeras es una evidencia de que el imparable empuje de las mujeres no es un fenómeno nuevo. «
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