El regreso de Lula

(Foto: AFP)
Por Ricardo Romero - Politólogo UBA
24 de Junio de 2018
No fue fácil para Lula llegar a la presidencia. La disputó tres veces sin éxito, en 1989, 1994 y 1998. Incluso, cuando su proyecto parecía frustrado, resulta interesante recordar que cuando visitó Buenos Aires en 1999, invitado por la CTA para dar una charla en el Colegio Nacional de Buenos Aires, ningún líder de peso político quiso recibirlo. Sólo Raúl Alfonsín le abrió las puertas de su departamento de la avenida Santa Fe. A pesar de la adversidad, Luiz Inácio “Lula” da Silva siguió adelante y lo logró.

Cuando el 1° enero de 2003 asumió la presidencia de la República Federativa de Brasil, enarboló la bandera del “Hambre Cero” como una exclamación de consenso para su país. Invitaba a sumarse a los grandes gritos de la historia brasileña, como el “Fico” (me quedo) que marcó su independencia en 1821; “Libertad”, que abrió el inició de la República en 1889; y “Petróleo e Nosso”, en 1947, que puso en marcha un proyecto de soberanía económica. Lula puso en marcha esa nueva consigna y logró sacar a 40 millones de la pobreza, además de erradicar prácticamente la indigencia, el gran logro de su gestión.

Mientras América Latina celebra el Centenario de la Reforma Universitaria, cabe recordar que Lula generó una verdadera revolución en la educación superior. Mientras Fernando Henrique Cardoso no inauguró una sola universidad federal, Lula creó 14 durante su gestión. Cuando dejó el gobierno en 2010, había consolidado un sistema de 278 universidades y 2099 instituciones privadas. Y abrió la educación superior a enormes masas de estudiantes, al pasar de un millón de ingresantes en 2001 a dos millones en 2010. La matrícula universitaria pasó, en consecuencia, de 3,1 millones en 2001 a seis millones en 2011.

La inclusión educativa se vio fortalecida por el crecimiento económico promedio del 5%, que colocó a Brasil como sexta economía del mundo: su PBI per cápita pasó de US$ 8900 en 2002 a 11.600 en 2011. Y fue una expansión con redistribución, porque el 10% más pobre pasó del 0,8% de participación en el PBI al 1,2%, en tanto que el decil más rico bajó del 46% al 41% del ingreso a nivel nacional. Lo que arrojó una mejora del índice de distribución Gini, que pasó del 58,4 al 52,9.

La impronta más notable de Lula fue su influencia en la región. Fue soporte del discurso de Hugo Chávez en 2005, el famoso “ALCA, al carajo”, en alianza con Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez, para detener el avance del proyecto de subordinación comercial que impulsaba George Bush hijo. Desde allí se fortaleció el Mercosur y se dinamizaron instancias como Unasur y la CELAC, que permitieron pensar proyectos autónomos de desarrollo. A su vez, en el plano mundial, el vínculo con China y Rusia, junto a India y Sudáfrica, formando el BRICS, ofreció un contrapunto al orden mundial.

Los cambios abiertos por Lula fueron revertidos por un golpe de Estado, que implantó un gobierno de corruptos encabezado por Michel Temer. Su encarcelamiento es el intento de mantener en prisión las conquistas que lograron millones de brasileños y, colateralmente, latinoamericanos. Por eso, en su libertad y regreso se juega el destino de Brasil y la región.

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