Santa Evita sonríe en el corazón frígido de Palermo Cheto. Perdón, Palermo Chico. El cartel que lleva grabado su rostro decora la fachada de un soberbio caserón de aires neorrenacentistas. Está encajado sobre la calle Lafinur, a pasitos del verdoso Jardín Botánico y de las anchas avenidas oligarcas Las Heras y Del Libertador. El petit hotel fue parido a principios del corto siglo XX. Dio asilo a la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón hasta el golpe de Estado de la Revolución Fusiladora.

Desde hace 20 años, el coqueto inmueble abraza al Museo Evita, un espacio dedicado a narrar vida y obra de la abanderada de los humildes. Lejos del mito, mantiene encendida la llama de sus luchas. Victorias tórridas frente al gélido presente del campo de batalla nacional y popular.

El retrato deja ver el rostro de una muchacha dulce, tierna, bella, plebeya. Eva ilumina la mañana gris del viernes. Otro día sin sol, poco peronista, y van… La imagen lleva tatuada al pie un mensaje tan potente como esa mujer. Una palabra solitaria, justa como el justicialismo, que es grito de masas: “Inmortal”.

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Foto: Eduardo Sarapura
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La razón de mi vida

¿Habrá algo que Santiago Régolo no sepa de Evita? Peronólogo eminente, el joven investigador es capaz de detallar, sin repetir y sin soplar, desde el árbol genealógico de la muchacha nacida en Los Toldos, su rol central en la creación del Partido Peronista Femenino (PPF) hasta los rasgos del vestido de jersey de seda negra con par de guantes de organza que lució la primera dama el día que visitó al Papa Pío XII durante su gira europea del año ’47. “Mi vieja me carga con que era peronista desde muy pibito. Ella militó en su juventud. Más atrás, mi abuela Elba defendía mucho a Evita y mis tías hicieron el magisterio gracias a ella. Vengo de una familia con ramas justicialistas y de la contra. Desde muy chico me vinculé con lo que significaba el peronismo como la verdadera expresión popular argentina y ahí está Evita, sus luchas y las historias que siguen interpelando”, juega Régolo su carta de presentación. Luego canta envido: “Nuestro trabajo en el Museo no solo es mantener el legado, sino hacer el puente con el presente. No contamos una Eva del pasado. Recuperamos su historia y la de miles y miles de personas a las que les transformó la vida. Por eso hay millones de Evitas, porque a cada persona la toca distinto”.

El sociólogo egresado de la UBA es miembro activo del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Eva Perón e integrante de la Comisión Directiva del museo. Actualmente, coordina el área de contenidos. Labura en el espacio hace 18 años. Arrancó bien de abajo, guiando a los visitantes. Resalta que el museo es de los más concurridos de la Argentina. Un must para los turistas extranjeros que visitan la opulenta ciudad de la furia macrista.

El investigador conoce al detalle cada milímetro del caserón. Cuenta que perteneció a la patricia familia Caravassa. En 1923, fue reciclado por el arquitecto Estanislao Pirovano, dentro de la corriente de la restauración nacionalista. En 1948 fue adquirido por la Fundación Eva Perón y se transformó en una casa de tránsito para atender las necesidades de los “nadies”: mujeres, pibas, pibes, abuelas y abuelos olvidados, llegados desde los rincones más enterrados de nuestro país. “Pero no era un típico espacio de asistencia social, era más bien un hogar. Evita cambió la lógica de cómo se pensaba al otro. Un sujeto íntegro, con sus derechos y necesidades materiales, pero también con sus sueños, anhelos y deseos. Este lugar tan cálido, cuidado, ‘lo mejor de lo mejor’, transmitía la idea real de que el ascenso social efectivo no es solo desde el punto de vista material, también desde lo simbólico. Por eso sigue tan presente Eva, su forma de hacer política, pensando al otro en su integridad”.

En las paredes del hall del primer piso sobresalen imágenes cotidianas que capturan el día a día en el hogar. Postales sempiternas del primer peronismo. Las fotos parecen frescos de Daniel Santoro. Cerquita está la sala dedicada al 17 de Octubre. La banda de sonido mixtura las voces de Perón y su compañera. Sinfonías de un sentimiento. Detalla Régolo: “El mito fundacional, la campaña electoral y el rol fundamental de Evita en ese tiempo. Su actividad gremial, su aporte en la rama femenina del movimiento y, sobre todo, la extensión de la seguridad social a los sectores que estaban por fuera del paraguas de las redes formales de contención”. ¿Qué pensaría Evita de los funcionarios que no funcionan en el presente? Seguro usaría la lapicera. Pondría el cuerpo.

Foto: Eduardo Sarapura
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Donde existe una necesidad

Muñecas, autitos, libritos, pelotas de cuero. El museo tiene una sala repleta de juguetes salidos de un cuento del “Gordo” Soriano. Aquel justiciero peronismo de juguete. Amalia es del equipo de seguridad de la institución. Custodia con recelo militante el espacio juguetero. “Es un orgullo cuidar estos tesoros. Los miro y pienso en mi vieja –sonríe la colosa guardiana-. Su primer juguete fue un conejo de tela que le mandó Evita al monte santiagueño, donde vivía. Mire si no voy a ser peroncha”.

Muchos juguetes fueron donados por anónimos y memoriosos hijos e hijas de descamisados. Cada uno guarda una sonrisa, una alegría, una historia. El trencito a cuerda que se exhibe en una de las vitrinas es especial. “Lo acercó Saúl Masisin, un hijo de obreros de origen polaco que tuvo un grave accidente cuando era muy pibe. Estuvo a punto de morir y perdió un brazo –cuenta Régolo-. Evita lo conoció durante una visita a un hospital. Pidió que se le dieran los mejores cuidados. Saúl recuerda que, más allá de que le salvaron la vida, Evita le salvó la infancia. Por su delicada salud, no podía salir a jugar a la plaza. Todos los pibes del barrio iban a su casa a compartir las tardes de trencito a cuerda. Años después, fundó una asociación para ayudar a personas discapacitadas. ‘Me enseñó Evita’, me dijo la última vez que lo crucé”.

Foto: Eduardo Sarapura
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Nace un derecho

Los mechones rubios, el rodete, la boquita pintada le dan un aire de personaje de novela de Manuel Puig. Pura “belleza evitista”. Renata Donaire luce su elegancia en la primera planta del museo. Cerca de las salas dedicadas a contar la infancia y juventud de María Eva. La chica trans dice que está muy feliz de trabajar en el museo. Es su primer laburo formal. Hace cinco meses que colabora en el área administrativa. “Entré gracias al cupo travesti-trans, soy pionera. Usted sabe, nuestra comunidad era muy rechazada por la sociedad, y el trabajo dignifica, me cambió la vida. Sin dudas, Evita sigue dando derechos, no me desamparó”. Renata no duda cuando le consulto por el objeto que más la atrapó del museo: “El vestido largo acampanado del primer piso. Es un sueño, aunque me gustaría que fuera un poquito más escotado. Evita era un ícono de la moda. Orgullo del pueblo.”

Más que un ícono, Evita es un símbolo. Polisémico. Así piensa la historiadora Romina Martínez, encargada de las relaciones institucionales del museo. “Se va resignificando, porque nos vamos reapropiando de Eva. Lo digo, por ejemplo, por las luchas feministas del presente, que la llevan como bandera a la victoria. También mueve mucho a los jóvenes y no sabés las experiencias que tenemos con las visitas de los colegios, otra gran apuesta de nuestro museo”. Martínez anda a las corridas, preparando la muestra que se inaugura el próximo martes 26 de julio, por el 70º aniversario del paso a la inmortalidad. Prometen tirar la casa por la ventana. La historiadora deja una reflexión postrera: “Este espacio se abrió en 2002, muy poco después del estallido de diciembre. Es el único museo dedicado a un movimiento político que todavía se presenta a elecciones. Nos hacemos cargo de esa historia, también de la reconstrucción de la memoria que intentaron borrar los golpes de Estado y las dictaduras. Entendemos que un museo es un espacio de disputa. Un lugar que te interpela”.

Cerca de la salida anda dándole duro y parejo a la escoba Fernando Siles, el encargado del mantenimiento. En criollo, de que el museo luzca radiante como una joya en cada jornada. Piensa Fernando en voz alta: “Para muchos es un museo sobre Evita. Pero también es un museo sobre nosotros: los trabajadores”.

Antes de dejar el museo, este cronista leyó algunos mensajes en el libro de visitas. Con letra prolija, alguien tatuó certero: “En tiempos de especulación, uno debe saber dónde tener el corazón: con Perón, Evita y la patria peronista”. Cuánta razón. Otro, más simple y amoroso, cerraba el cuaderno: “Gracias, Evita”. «