Quizás, desde sus vacaciones en España, Mauricio Macri se arrepienta de la ansiedad casi canina que durante su presidencia lo impulsó a liquidar –claro que en el sentido penal de la palabra– a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Ya se sabe que, al respecto, su apuesta fue dar nueva vida a la trágica denuncia por el Memorándum con Irán que, al parecer, llevó hacia el suicidio al fiscal Alberto Nisman. ¿Acaso en aquel asunto subyace una maldición? Porque, ahora, el azar de los hechos dejó al descubierto que en dicha iniciativa hubo una asociación ilícita entre la DAIA, el juez de la Cámara de Casación, Mariano Borinsky, y él. Vueltas de la vida.

En ese sentido, las malas nuevas más recientes están centradas en la figura del diligente secretario, Darío Nieto, y en su inoportuno smartphone.  

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Porque los integrantes del Tribunal Federal Oral Nº 8, que están a punto de resolver la nulidad de la causa por “inexistencia de delito”, le solicitaron al juez federal Marcelo Martínez de Giorgi –que tiene ahora en su escritorio el expediente por espionaje que hasta hace unos meses tramitaba en Lomas de Zamora su colega, Juan Pablo Augé–, la confirmación de las anotaciones sobre el vínculo y los encuentros entre Macri y Borinsky, nada menos que el resucitador de ese expediente, después de que fuera desestimado por el juez federal Daniel Rafecas.

Lo cierto es que aterra saber que Borinsky aún integra el tribunal penal más importante del país, a sabiendas del rol que le cupo en esta historia.

Este individuo, además de habilitar la apertura de la causa junto con Gustavo Hornos, coordinó los pasos previos con la DAIA.

Según consignaron los periodistas Horacio Verbitsky y Jorge Elbaum en el portal El Cohete a la Luna, el enlace entre unos y otros fue el abogado de la DAIA, Santiago Kaplún, y el tesorero Daniel Belinki. El primero es socio de Ramiro Rubinska, nada menos que cuñado de Borinsky.

Por lo tanto, la tercera pata del complot corrió por cuenta de la DAIA, ya convertida en una suerte de unidad básica del PRO. 

En este punto conviene refrescar una significativa cadena de eventos.

El 18 de diciembre de 2018 asumió la actual conducción de DAIA, encabezada por Jorge Knoblovits. Fue en el Hotel Intercontinental, ante mil invitados que incluían altos dignatarios del régimen macrista, como la ministra Patricia Bullrich, quien al tomar la palabra, no se privó de decir: “Sería muy importante para nosotros tener un juicio en ausencia”. Se refería, obviamente, a los funcionarios iraníes sospechados por el atentado a la AMIA.

Tal alternativa –no contemplada por las leyes argentinas– ya había sido propuesta con insistencia en 2013 por el entonces presidente de la DAIA, Julio Schlosser, durante una reunión con el canciller Héctor Timerman, a propósito del Memorándum con Irán.

Ese cónclave fue reconstruido por Timerman durante la mañana del 10 de enero de 2018 en su piso de la calle Castex, frente a la Plaza Alemania, al recibir –ya convaleciente y con arresto domiciliario– al autor de esta nota; también estaba el dirigente de Familiares y Amigos de Víctimas de la AMIA, Sergio Burstein, y el periodista Juan José Salinas. Los detalles vertidos por él no tardaron en adquirir una notable relevancia.

Schlosser había concurrido al despacho de Timerman en la Cancillería con el vicepresidente de la AMIA, Waldo Wolff (hoy diputado de PRO), y el entonces secretario general Knoblovits. Al ministro de Relaciones Exteriores lo acompañaba el secretario de Culto, Guillermo Oliveri.  

Los visitantes no creían que el acuerdo con Irán para interrogar allí a los presuntos responsables del atentado pudiera guiar la pesquisa hacia la verdad. También invocaron “impedimentos estratégicos” no debidamente aclarados. Y al respecto, Schlosser esgrimió un notable argumento: “Los muertos ya están muertos, Héctor; hay que pensar en los vivos”.

Wolff, a su vez, permanecía mudo, con los ojos clavados en el suelo.

Y Knoblovits, abogado de profesión, iba levantando temperatura. Hasta que, de pronto, saltó de su asiento, al grito de: “Si Canicoba Corral (el juez de la causa) va a Irán y le dicta a los acusados la falta de mérito porque la prueba no alcanza, ¿de qué nos disfrazamos?”. Y remató: “¡Eso sería inaceptable!”.

Schlosser entonces le ordenó con un parpadeo que se llamara a silencio. Wolff continuaba con los ojos clavados en el suelo.

El relato de Timerman sobre aquel cónclave fue volcado por quien esto escribe en la edición de Tiempo del 21 de enero de ese año.

Exactamente 12 meses después, en un encuentro callejero con el doctor Knoblovits, este se permitió una rectificación:

– No es verdad que aquella vez yo le haya levantado la voz a Héctor.

Pero no objetó la reproducción de sus palabras.

¿Qué temía realmente Knoblovits? ¿Acaso no estaba convencido de la autoría iraní del atentado?

Tanto las circunstancias de esa reunión como el registro textual de los diálogos –y también el volumen con el cual Knoblovits manifestó su parecer–fueron confirmados a este diario por Oliveri.

A un lustro de semejante “sincericidio”, Knoblovits alcanzó la cima de la DAIA. Su asunción coincidió con la agonía de Timerman.

El ex canciller exhaló unos días después su último suspiro.

Ahora, parte del epílogo de esta trama está en el teléfono de Nieto. «