Hay un grupo de personas encerradas en una casa. Todo ocurre en un pueblo construido al pie de la Cordillera: un valle, pinos altos y verdes, un lago en el que se refleja la ladera nevada de la montaña. Hay una erupción volcánica hace varias semanas. El aire está lleno de cenizas. El encierro se prolonga. Comienza a producir angustia. Una de las personas convence al resto de que podrán sobrevivir en la erupción. Es hora de salir, de volver a la normalidad.

Horacio Rodríguez Larreta se aferró a una teoría sanitaria que engarza con la angustia de los padres preocupados por el impacto en los chicos de la falta de clases presenciales. No tiene sentido negar que las clases presenciales son irreemplazables. En cualquier recuerdo que se busque en las memorias de la infancia, en cualquier maestra o maestro que haya producido una marca, está presente el tono de la voz, la forma de gesticular, la mirada, el aroma. Está el contacto. No hay nada sin eso.

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Esto vuelve más compleja de enfrentar la estrategia desplegada por la derecha. Construyeron una consigna para decirles a los padres angustiados que no tienen de qué preocuparse. “La escuela no contagia el Covid-19”. Es extraño. En la escuela los chicos se contagian piojos, gripe, hongos, todo. Sin embargo, por algún motivo inexplicable, el Covid no se transmite.

La consigna fue creada para que los padres manden a sus hijos sin sentir preocupación. Hubiera sido más honesto plantear un debate adulto. Decir que la escuela tiene los mismos riesgos que cualquier espacio en el que se reúnen muchas personas, que se pueden tomar recaudos para reducir el peligro, pero que la falta de presencialidad también tiene un impacto, un costo, y es cierto. Entonces la discusión sería seria. No hay una decisión sin costos. No la hay en la vida cotidiana, menos en ejercicio del gobierno en una pandemia.

Patricia Bullrich dijo la semana pasada en la mesa de la bella Juana Viale que la derecha había ganado las elecciones locales en Madrid porque la alcaldesa, Isabel Díaz Ayuso, del Partido Popular, había logrado “integralidad” en el manejo de la pandemia. Es decir que la transitaba sin restricciones. Dijo que los resultados sanitarios de Madrid no eran tan distintos a los de Cataluña, donde hubo más medidas de control. Una vez más, mintió. La comunidad de Madrid tiene 221,1 muertos cada 100 mil habitantes y Cataluña 178. Madrid tiene cerca de 40% más de fallecidos que Cataluña, gobernada por los socialistas.

Hay algo, sin embargo, que no se pude ocultar. El triunfo de la derecha española en uno de sus bastiones no es una sorpresa, pero el margen por el que ganó, sí. Podría ser una señal de que hay un agotamiento de los discursos de cuidado. Que la población ya no quiere escuchar que tiene que quedarse en su casa, no reunirse, usar barbijo.

Los seres humanos se aferran a las palabras que quieren escuchar cuando algo produce dolor, ansiedad. Es probable que esto esté ocurriendo con los discursos de cuidado por la pandemia. Es lo que el macrismo explora al inventar una consigna para que los padres que ven sufrir a los chicos por la falta de clases presenciales los lleven sin preocuparse.

Hay un grupo de personas encerradas en una casa y afuera un volcán en erupción hace varias semanas. Uno de ellos convence al resto de salir: vayamos afuera, la lava del volcán no quema, las cenizas no intoxican.  «