“Hasta el día de hoy tienen miedo, 45 años después dicen que no quieren ser desaparecidos. El miedo está intacto”, afirma sobre los isleños del Delta del Paraná la fiscal federal Josefina Minatta, quien llegó a la jurisdicción en 2018 y le imprimió al caso de los vuelos de la muerte un impulso que nunca había tenido.

En los últimos meses, comenzaron a aparecer cada vez más relatos de testigos que vieron aviones y helicópteros que arrojaban cuerpos al río, también de personas que encontraban cuerpos flotando, atascados entre los juncos o colgados de los árboles. Sin embargo, la causa aún no tiene imputados ni víctimas ya que no se logró hallar alguna prueba que permita dar con algún resto o conocer el origen de esos vuelos.

Esa búsqueda ocupa ahora a la fiscal, quien, junto con Lucía Tejera, representante de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, y la Dirección de Derechos Humanos de la municipalidad de Gualeguaychú, comenzó a recorrer las islas y a hablar con los lugareños para reconstruir los hechos e intentar dar con algún enterramiento o resto.

“No nos queda ninguna duda de la existencia de los vuelos en el territorio de Entre Ríos, acá en esta zona del delta entrerriano. Esa prueba está consolidada. Ahora, el segundo paso es ver si podemos identificar quiénes eran las víctimas que arrojaban a nuestro río, ahí vamos a poder saber de qué centro clandestino venían y poder reconstruir un poco la historia de los responsables, qué víctimas o grupo de víctimas eran”, explica Minatta.

No hay información sobre vuelos de la muerte del Ejército en Entre Ríos, por lo que una de las sospechas es que podrían provenir de centros clandestinos de la Ciudad o la provincia de Buenos Aires, donde está probada la existencia de este método en lugares como Campo de Mayo o la ESMA.

La búsqueda

Las condiciones geográficas de la zona del delta de Entre Ríos lo convierten en “El lugar perfecto”, como el periodista entrerriano Fabian Magnotta llamó a su libro, en el que logró recolectar decenas de testimonios. Ríos de hasta 60 metros de profundidad, zonas impenetrables, anegadizas, con inundaciones periódicas y controladas por Prefectura. El periodista menciona además que el entonces jefe de la Armada, Emilio Massera, conocía la zona, ya que había nacido en la localidad entrerriana de Diamante y su cuñado era de Paranacito.

“Estamos buscando una aguja en un pajar”, reconoce la fiscal Minatta y cuenta: “El terreno es muy inundable, pasó mucho tiempo, pero pienso que igualmente tenemos que buscar hasta agotar todas las posibilidades. Nunca nadie se había tomado el trabajo de ir al lugar, ni de revolver el cementerio, ni de ir a ver donde decían que podían estar”.

La búsqueda se centra en el delta de Villa Paranacito, entre los ríos Ceibo, Gutiérrez, el Sauce, aledaño al Paraná Bravo. La zona estuvo mucho más poblada 40 años atrás, cuando Celulosa Argentina y Papel Prensa tenían tierras para explotación forestal. Hoy, apenas quedan unas 5000 personas.

La investigación comenzó en 2003, con la declaración de un expolicía: el padre y tío de su expareja habían encontrado a la orilla del río un tambor con restos humanos, se asustaron y lo enterraron. A partir de ese relato, Minotta comenzó su investigación, que volcó en el libro El lugar perfecto, y luego hizo una presentación en 2016 ante la Justicia federal.  

Además de las recorridas por el terreno, se siguió el rastro de la burocracia estatal: los archivos administrativos sobre personas enterradas como NN por muerte violenta en los cementerios de la zona. Se perdió una oportunidad con siete cuerpos sin identificar en la zona de Gualeguaychú y que fueron pasados a un osario apenas tres años atrás. Ahora, las tareas se centran en el cementerio de Villa Paranacito, donde hay unas siete fosas con cuerpos NN que se podrían exhumar. Allí ya se hizo una búsqueda cuando se investigaba la desaparición del empresario Rodolfo Clutterbuck en 1988. Como en esa época ni se sospechaba que podía haber desaparecidos allí, se realizará un nuevo análisis.

Los testimonios

Docentes, lancheros, pescadores, junqueros, trabajadores de los campos: todos coinciden en los relatos de aviones y helicópteros que pasaban bajo, se hacía una ola muy fuerte en el agua y ahí aparecían los cuerpos. Otros vieron el momento exacto cuando eran lanzados. La orden de Prefectura, de fuerte presencia en el delta, era que los dejaran seguir corriente abajo, incluso bajo la amenaza de que les podía pasar lo mismo. Algunos testimonios incluso mencionan que les avisaban algunas noches para que no salieran de sus casas.

“Cuando era chico, el lanchero que me llevaba a la escuela me contó sobre los llamados “Vuelos de la Muerte”. Dijo que vio en muchas oportunidades, más de 30, que los aviones realizaban vuelos rasantes. Era en la Isla que queda entre el Gutiérrez y el Bravo”. El testimonio es uno de tantos que comenzaron a llegar a partir de la campaña que realiza la municipalidad de Gualeguaychú para recabar información. Quienes tengan datos sobre los vuelos o enterramientos pueden aportarlos al teléfono 03446 629285 o a [email protected]

“Una testigo me contó que tenían prohibido hablar en la mesa, tocar cualquier tema de estos y que por primera vez lo habló conmigo. No sabían con quién hablarlo, a quién decírselo, porque tenían miedo de que, si se lo decían a la persona equivocada, pudieran tener el mismo destino que estas víctimas”, cuenta Matías Ayastuy, titular de la Dirección de DD HH de Gualeguaychú.

“Los testimonios empezaron a aflorar durante estos últimos meses y una gran parte de las personas que viven o se fueron de ahí se guardaron esto durante tantos años. Ahora pueden hablarlo y tienen la tranquilidad de que no va a tener ningún tipo de represalia porque aportan información desde el anonimato o como testigos”, destaca el funcionario.


Fantasmas en El Silencio
 

Entre el delta de Tigre y el delta de Entre Ríos hay apenas 60 kilómetros, unas 5 horas en lancha por ríos y canales que los conectan. Ese trayecto hizo semanas atrás la fiscal Minatta junto a un isleño de casi 80 años.

El hombre, delgado y canoso, contó de un lugar donde nadie quería ir a trabajar porque se escuchaban gritos desesperados. Creían que eran fantasmas y por eso nadie quería navegar solo e iban de a tres personas en los botes.

Se subieron a una lancha y desandaron el camino que había hecho tantas veces más de 40 años atrás. De repente, llegaron a una isla y vieron un cartel: “Quinta El Silencio” y la señalización que la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación realizó allí en 2019.

“Él había estado trabajando atrás de El Silencio, nos quedamos helados. Se re angustió, se dio cuenta que los gritos que escuchaba eran de la gente que estaba ahí”, relata Minatta.

El hombre también mencionó que podría haber personas enterradas en esa isla, una quinta perteneciente a la iglesia católica que la Armada utilizó en 1979 como centro clandestino de detención.

Allí llevaron a un grupo de personas que estaban cautivas en la ESMA para ocultarlas de la inminente visita de la CIDH. Permanecieron en condiciones inhumanas, bajo tortura y obligadas a realizar trabajo esclavo hasta fines de ese año, cuando fueron llevados nuevamente al centro clandestino de detención de Avenida del Libertador al 8100.