La imposibilidad de hacer pronósticos certeros ha sido un axioma de la pandemia. Las mutaciones del virus y la transmisibilidad creciente de sus variantes generaron segundas olas devastadoras en muchos países. Y el advenimiento de la tercera, en la Argentina, es desde hace meses una verdad revelada: Delta iba a llegar y, efectivamente, llegó, pero su eclosión no ocurre o, si es cierto que ya hay circulación comunitaria –a juzgar por el puñado de casos detectados sin nexo verificado con viajeros–, por lo menos no se manifiesta en un aumento de los contagios. Por el contrario, el país registra 14 semanas de descenso sostenido de los nuevos casos diarios de Covid-19, con una disminución de más del 88% desde el pico del mes de mayo. Para observar un escenario epidemiológico similar hay que remontarse a julio del año pasado, en plena cuarentena.

Las curvas de casos, ocupación de camas de terapia intensiva y decesos no se recortan sobre un tiempo indefinido, menos en un país como la Argentina. En las lecturas políticas del manejo de la pandemia, los índices evolucionan gravemente por la “filmina”, dibujan realidades pesadas que afectan la salud y la economía, y fijan, sobre todo, puntos de llegada: uno de ellos, crucial, es el día de las elecciones.

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Gobierno y oposición llevan meses avizorando el clima sanitario de las PASO. El 19 de mayo, cuando en Diputados se decidió postergarlas hasta el 12 de septiembre, el país contabilizó 39.652 nuevos casos, récord que se superaría por única vez ocho días después. El 2 de junio, cuando el Senado ratificó la decisión, hubo más de 35 mil. Era el pico de la pandemia. Desde entonces, dos elementos clave fueron prefigurando el cuadro de situación del domingo que viene: la decidida aceleración del plan de vacunación y la siempre inminente irrupción de Delta.

El paisaje que muchos daban por seguro era el de una votación atravesada por una curva ascendente, con un ojo en el operativo de inmunización y otro en el aumento de contagios que la variante originada en la India provocaba en Europa y EE UU. Cualquier vaticinio pecó de apresurado. El del candidato a concejal del PRO en Malvinas Argentinas y exdirector del Hospital Garrahan durante la presidencia de Macri, Carlos Kambourian, fue el más insensato, augurando un agosto “con hospitales llenos de pacientes” y desafiando: “Guarden este tuit”.

No es osado decir que, hoy, la carrera contrarreloj entre la vacuna y Delta la ganó la vacuna. Aunque los casos eventualmente suban de aquí a poco. Fatalmente ocurrirá: anoche se supo que el fiscal Carlos Stornelli impulsa una causa contra Migraciones y la Provincia por obligar a aislarse en hoteles a los llegados del exterior, combatiendo las restricciones que evidentemente contuvieron el ingreso al país de Delta. Pero la Argentina tiene en este momento tasas de vacunación con una y dos dosis superiores a las que tenía el Reino Unido cuando penetró la variante más de contagiosa del SARS-CoV-2, que no se tradujo en un sensible incremento de las hospitalizaciones y las muertes.

Las PASO se darán en un entorno que era complejo vislumbrar hace apenas cuatro meses. Y mientras el gobierno y sus candidatos apuestan a conquistar voluntades hablando de la recuperación que viene, la pandemia comienza a ausentarse, tímidamente, del discurso social. ¿Votarán los argentinos pensando en el virus, en la vacuna, en la pandemia que viven hace un año y medio, en cómo se la manejó, o pensarán en otra cosa?  «