A escasos meses de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarase el cese de la emergencia sanitaria global causada por COVID-19 el pasado 5 de mayo, parecería que esta nunca transcurrió en nuestras vidas. Poco se habla de esos 3 años en los que cambió el mundo, precipitándose al límite de la catástrofe. Se habla de la pandemia como el evento traumático que marcó un antes y un después, pero ya no se habla de lo ocurrido durante ese tiempo. 

En el presente artículo se intentará articular el impacto que tuvieron algunas áreas afectadas durante la pandemia, y se explorarán también los posibles factores que persisten en aislar su recuerdo del discurso y de la vida cotidiana.

Entendemos la necesidad de dejar atrás aquello que nos afectó y nos preocupó tanto. La dificultad surge cuando ese silencio y esa forma de negación o disociación nos impide analizar la magnitud de este fenómeno mundial. La OMS ha recibido la notificación de casi 7 millones de muertes, pero se sabe que el número de víctimas puede superar los 20 millones. Por otro lado, otros tantos millones de personas siguen siendo afectadas por patologías relacionadas al COVID-19 prolongado: la incidencia en enfermedades cardiovasculares, respiratorias, entre otras complicaciones de salud física y mental. 

También es importante tener en cuenta que la saturación del sistema de salud durante esos 3 años afectó en gran medida los cuidados y controles necesarios para enfermedades crónicas.

Salud Mental

Presentado este panorama, consideramos que el efecto de la pandemia en la salud mental, también llamada ¨la otra pandemia ̈ es de gran relevancia. La negación o disociación a la que aludimos sigue tallando para que muchas personas y grupos sociales no quieran hablar de algo que sin embargo conocen y padecen. Este mecanismo de olvido a su vez pretende desentenderse de las consecuencias que toda pérdida trae aparejadas: empeoramiento de la calidad de vida, imposibilidad de hacer el duelo del ser amado perdido y ruptura de los vínculos afectivos.

Otras consecuencias que se notaron en el ámbito de la salud mental están expresadas en el aumento de la ansiedad, la depresión el consumo problemático de sustancias psicoactivas, el incremento de conductas como las enmarcadas en el uso indiscriminado de pantallas para el acceso a videos y redes sociales. Estas nuevas prácticas sociales pueden llegar a cristalizar un empobrecimiento del lazo social y una alteración del mundo psíquico, cada vez más rígido, ligado a una imagen virtual y dirigido por algoritmos y tecnologías diseñadas con la finalidad de generar adicción.

La pandemia ha puesto al sujeto en un punto equidistante entre la melancolía y un optimismo insulso. El aislamiento, el confinamiento en espacios de vivienda reducidos, el desempleo o el trabajo informal son factores existentes previos a su ocurrencia, que aumentaron su impacto sobre poblaciones desfavorecidas.

En los países latinoamericanos, por sólo hablar de nuestro continente, la falta de acceso a servicios básicos puso en evidencia la injusticia estructural en las que estas poblaciones se encuentran al no contar con servicios básicos de agua corriente o carecer de acceso a tecnologías como internet y computadoras que garantizan el derecho al trabajo y a la educación. 

En Estados Unidos una de las cuestiones que pesaron negativamente sobre poblaciones de inmigrantes indocumentados fue la falta de acceso a beneficios de salud, laborales y financieros. Dichas limitaciones generaron aumento de contagios de COVID-19 en las familias sustentadas por trabajadores que no contaban con el derecho de tomarse licencia por enfermedad a riesgo de perder su trabajo y con ello, del beneficio indemnizatorio. Estas variables continúan manifestando injusticias estructurales contra estos grupos sociales 

Trabajo y educación

Las condiciones laborales de la post pandemia son el producto acelerado de un proceso que se venía dando en los años previos. El trabajo virtual precipitó novedosos dispositivos técnicos basados en la autonomía físico-motriz debido a la flexibilización de los espacios y los tiempos. También facilitó y profundizó el desarrollo de una transnacionalización del flujo laboral, aunque la meseta virtual que eso presupone todavía encuentra visibles limitaciones burocráticas.

¿Tendrá que ver esto con logros de la libertad individual o con un modo de aislamiento personal que se desentiende del mundo social?

Novedosas formas de aprendizaje virtual mostraron los beneficios de estas herramientas, sobre todo para aquellas personas que viven alejadas de los organismos educativos especializados, localizados mayormente en los centros urbanos. Las redes sociales y las fuentes de información virtual ganan cada vez más terreno y se acoplan a un proceso creciente de difusión del conocimiento a partir de la liberación de material científico y disciplinar que antes era administrado de manera exclusiva por las instituciones educativas formales.

No hace falta aclarar que la enseñanza de carácter on line nunca podrá sustituir a la presencial, pero una pregunta flota en el aire ¿Cuál será la medida del éxito educativo para estos originales procesos pedagógicos? ¿A qué deberán enfrentarse ahora que terminó la emergencia sanitaria? 

Problemas globales y posibles soluciones

En Estados Unidos el movimiento Black Lives Matter generó una concientización sobre la importancia de la equidad y la influencia del racismo en las políticas, las prácticas y las interacciones sociales diarias. No obstante, la réplica no se hizo esperar, y los sectores más conservadores de la sociedad viabilizaron el movimiento anti-woke (movimiento anti-despertar).

Otra problemática global que gana en preponderancia es la del cambio climático. Voces autorizadas en todo el mundo anticipan una fecha límite de tolerancia considerando los estragos que produce en las poblaciones, sobre todo en aquellas que carecen de condiciones básicas de subsistencia, ya que el aumento de las temperaturas, los incendios, o el calentamiento de los océanos, están directamente ligados a las dificultades del acceso a los alimentos y al agua.  

El rápido avance de la investigación y la producción de vacunas es sin duda el gran logro para nuestro presente. La comunidad científica en coordinación con los sistemas políticos y de salud aunaron esfuerzos que propiciaron el objetivo deseado: terminar con la emergencia sanitaria. Si bien dichos esfuerzos fueron desparejos y de diferente efectividad dependiendo de cada país, existió una intención y esfuerzo global. En el otro extremo, a las respuestas que brindó la comunidad científica se le opuso una reacción anti científica y la creación de una red de desinformación que terminó organizando un movimiento basado en estas creencias.

En el libro Trauma y Recuperación de Judith Herman se identifican tres fases para el tratamiento de trauma: seguridad, recuerdo y reconexión.  Consideramos que luego de 3 años de angustia y preocupación logramos atravesar la crisis sanitaria relacionada con el riesgo de vida que implicaba el virus COVID-19. El recordar lo que fue este período de la humanidad, y el efecto en nuestras vidas es un paso necesario para poder reconectarnos y encontrar soluciones a una desigualdad que sólo puede atenuarse en la búsqueda de la coordinación y el diálogo democrático.   

Ante los nuevos escenarios políticos post pandémicos es importante prestar atención a la peligrosa aparición de líderes políticos que simplifican la complejidad de las problemáticas sociales en nombre de soluciones ideales y mágicas. Estos nuevos líderes se embanderan en la palabra libertad y se ubican en una posición de víctimas sobrevivientes al confinamiento y a la obligatoriedad de las máscaras.

Es llamativo observar cómo sus discursos, proclives a dañar las funciones vitales del Estado, olvidan o ignoran las muertes y las enfermedades generadas por la pandemia. Son discursos que incentivan una nueva economía de la liberación y una ausencia de los sistemas de protección social, como si dichos sistemas no hubiesen sido fundamentales para proteger a la sociedad durante y después de la pandemia. Parecería que en la acción mágica de olvidar la muerte y la enfermedad que generó la pandemia se alimentara una propuesta de libertad vacía de historia y afectividad.

Hay un dicho del acervo popular que dice ”Muerto el perro se acabó la rabia”. Si pensamos que la pandemia representa al perro, y la rabia al malestar y sufrimiento que provocó, podríamos aventurarnos en la afirmación de que, acabada la pandemia, igual destino les habría de caber a todos los males generados por ella. Pero la rabia aún está entre nosotros.

Ya sabemos que tanto a nivel individual como colectivo, el riesgo del olvido puede decantar en la repetición constante del pasado traumático. Un ejemplo en la historia de la salud pública mundial ocurrió con la primera pandemia conocida como la gripe española originada en Estados Unidos en 1918, y que durante 18 meses afectó a un tercio de la población mundial. Dicha pandemia puso en evidencia la baja eficacia de la estructura sanitaria mundial de ese momento.

Llegando al final del 2023, grandes sectores de las poblaciones de América Latina y EE.UU continúan postergadas respecto al acceso a una salud integral y a derechos básicos. Para que la experiencia de la pandemia no haya sido en vano es necesario aceptar la complejidad de los desafíos presentes en pos de una reconexión y reconstrucción social más justa.

*Artículo elaborado por Santiago Bahl (Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires) y Jaime Francisco Matorras (Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, que reside y trabaja en Boston, Estados Unidos)