A mediados de 2018, recibí un correo de Rubén Lafuente. Pedía tener unas palabras conmigo porque quería conocer sobre las actividades de su abuelo en La Forestal. Tardé unos segundos en conectar. Pero la mención del nombre Teófilo no abría el espacio para ninguna confusión. Hice rápidos y básicos números para calcular las edades de Teófilo y de Rubén. El abuelo podría tener unos 130 años y el nieto, arriesgué, unos 80.

Rubén aclaró enseguida en su correo: acababa de ver el segundo capítulo del documental de Canal Encuentro, Los trabajos y los días, conducido por Jorge Halperín, en el que contábamos sobre las grandes huelgas de hacía casi un siglo en La Forestal. Allí, se ficcionalizaban algunas escenas y el protagonista central era Teófilo, su abuelo. Agregaba Rubén: que los nietes no habían recibido mucha información de sus padres y que el abuelo no era de hablar mucho.

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Esta última información era ya de por sí reveladora. Teófilo había sobrevivido al terror empresarial y al de su Gendarmería Volante. En mi libro Revuelta obrera y masacre en La Forestal, le había perdido el rastro en las puertas de un juzgado santafesino, mientras se sucedía la masacre. Teófilo había sido brutalmente torturado. Por ello, se lo había dado por muerto. 

Pese a sobrevivir, Teófilo debió lidiar con los efectos de la violencia extrema de las clases dominantes y del estado que sufrió entonces. Rubén y luego otra nieta, Graciela Lafuente, le dan sentido ahora a algunas actitudes del abuelo, con quien compartieron apenas algunos años de sus infancias. Teófilo falleció entrada la década de 1950. Tendría unos 65 años.

El próximo 29 de enero, Teófilo quedará inmortalizado junto a una calandria, en el predio de la ex fábrica de tanino de Villa Guillermina, donde trabajó como electricista entre 10 y 15 años, al comenzar el siglo XX. Tallado en madera, su busto sostiene una calandria, pájaro santafesino que busca la libertad, y debajo del mismo se retrata a una mujer que abraza un cuerpo abatido pero aferrado a un pliego de condiciones cuya última demanda exigía a las jerarquías mayor respeto hacia los obreros. El monumento será instalado en el futuro Parque de la Memoria y la Identidad de los Pueblos Forestales.

El homenaje venía siendo masticado entre compañeros y compañeras de los pueblos forestales desde hacía tiempo. Se había pensado en un sitio web, un juego de mesa, el renombramiento de alguna calle en alguno de los pueblos. Se pintaron murales. Pero sin duda el monumento y la particular próxima locación es un gesto más que tiene que satisfacernos completamente. El año pasado, en ocasión de una nota en la que se hacía referencia al próximo centenario de la revuelta en La Forestal, Roque Chávez, ex intendente de Villa Guillermina, preguntó a quién había que homenajear. No dudamos en la respuesta. Agustín Tosco ha sido homenajeado en Córdoba con este tipo de obras. También Jose Font, uno de los fusilados de La Patagonia. Teófilo Lafuente los acompaña ahora. No representan la dignidad del trabajo, sino la de la lucha de les trabajadores.

La lucha de los tanineros

Teófilo Lafuente fue cofundador y primer secretario general del primer sindicato argentino del tanino, fundado en 1919 en el norte de Santa Fe. La organización se llamó entonces Sindicato de Obreros en Tanino y Anexos de La Forestal. Tenían la idea de formar más adelante una federación, que agrupara a los tanineros (obreros fabriles) y demás trabajadores del quebracho (de los montes, ferrocarriles, puertos y pueblos). Aquella primera experiencia sindical terminó trágicamente en 1921. 

Hubo fallidos intentos de resindicalización al finalizar la década de 1920, cuando Hipólito Yrigoyen asumía su segundo mandato presidencial. En 1936, se fundó el Sindicato de Obreros de la Industria del Quebracho (SOIQ), una experiencia guiada por activistas comunistas, que alcanzó al Chaco y el litoral del norte santafesino. Quince años más tarde, bajo el peronismo, cuando la industria languidecía en el norte de Santa Fe, se fundó la FATITA, con epicentro en Chaco. En esta provincia y en Formosa, el quebracho todavía es transformado en tanino.

Aquella primera experiencia sindical, lo tuvo a Teófilo entre sus promotores. Lafuente era correntino de origen. Habría nacido una década antes de finalizar el siglo XIX. Al comenzar el siglo siguiente, vivía en Villa Ángela, en Chaco. Estando allí, se habría enterado que en Villa Guillermina comenzaría a funcionar una fábrica de tanino, que demandaba muchos brazos. A poco de funcionar aquella fábrica, fundada por capitales alemanes, cambió su denominación y aparecieron nuevos dueños: los ingleses de La Forestal. Teófilo trabajó como electricista. 

Las condiciones laborales no eran buenas ni por asomo. Jornadas de doce horas de trabajo en la fábrica, un agobiante calor, ruido ensordecedor, una magra paga. Pero además, las condiciones de vida eran pésimas. Un pueblo recién creado, precariamente construido. En enero de 1911, Teófilo se unió a sus compañeros para fundar el primer Centro Recreativo Obrero. Poco después, en 1918, vinieron las luchas abiertas, las primeras huelgas y la fundación de la primera organización sindical. Hacía poco tiempo había terminado la Primera Guerra Mundial, se sentían los ecos de la Revolución Rusa y en el país comenzaba a salirse de una profunda y larga crisis económica. 

Lafuente, que rondaría los treinta años, fue el primer secretario general y uno de los encargados de llevar la voz sindical a cada rincón del Chaco santafesino, a cada fábrica, obraje, paraje y puerto. Había quienes se definían anarquistas, otros socialistas y también los sindicalistas revolucionarios. Lafuente no pareció estar atado ni a lo uno ni a lo otro, aunque conversó con todos, y también con todos discutió. 

A fines de 1919, mientras se expandía la organización sindical, fue despedido de la empresa, junto a una treintena de compañeros. La readmisión y el reconocimiento de la organización fueron una de las 35 exigencias del pliego de condiciones que inspiró la gran huelga comenzada el 14 de diciembre de 1919. El último ítem reclamaba a la jerarquía “más respeto hacia los obreros”. 

La violencia empresarial 

La gran huelga fue exitosa, pero la empresa no tardó en responder. Dos fueron los arietes de su revancha. El primero, la Gendarmería Volante, una policía montada creada en julio de 1920 por el gobierno provincial de Enrique Mosca, a pedido de la empresa. La Forestal financió hasta la última bala y montura que utilizaron estos represores.   

Fueron días de abusos, golpizas, allanamientos e incendios de casas obreras. Hasta un cronista enviado por el diario La Nación llegó a quejarse porque recibió un balazo de estos mortíferos empleados montados. Eusebia Villarreal, la pareja de Lafuente, telegrafió entonces al juez de instrucción: le suplicaba que trasladara a su esposo a la capital provincial para que dejaran de torturarlo.

Luego de la revuelta del 29 de enero de 1921, Lafuente fue llevado detenido a Santa Fe. Allí, antes de ser interrogado en un juzgado, declaró ante la prensa. Dijo que en Villa Guillermina estaba “el cuartel general de los apaleadores” y que como a sus compañeros, le “aplicaron 72 palos” y culatazos. “No se me permitía hablar ni comer, ni comunicarme con nadie. Con frecuencia, durante la noche, mientras dormía, penetraban los agentes de policía o de gendarmería y nos despertaban apuntándonos con winchesters. Hemos pasado un verdadero martirio”, declaró.

Un centenar de policías, borrachos y sucios, llegaron a alinearse frente a él para escupirle a la cara y pegarle culatazos. Lafuente se sacó el sobretodo, se tiró al suelo y le gritó al que mandaba: “¡Si es usted un hombre, sí no es usted un cobarde, máteme!”. Por su desgracia, declaró Lafuente, no lo han hecho: “me han dejado inutilizado para todo el resto de mi vida”, lamentó.

En mayo de 1921, las denuncias llegaron a la legislatura provincial. El diputado Belisario Salvadores, legislador por Vera, relató abusos difíciles de asimilar y nombró a varias de las víctimas. De Lafuente aseguró que probó “la altivez y la hombría” de un “modesto obrero”, ya que cuando se lo obligaba a delatar a sus compañeros, decía: “No tengo nada que decir”. Lafuente entonces fue apaleado hasta que su resistencia física fue vencida y cayó de boca en la puerta del calabozo, siendo empujado a puntapiés hacia el interior.

Detenido en Santa Fe, frente a un estado que se aprestaba a juzgarlo, ensayó un pronunciamiento público sobre la dignidad obrera y la avaricia empresarial: 

“Yo no soy huelguista y he tratado en todo momento de calmar los ánimos de los compañeros, que andan por los bosques vagando, porque no tienen trabajo ni qué comer. Son alrededor de 6000 argentinos que desde Resistencia hasta Margarita viven como las fieras entre las selvas, porque La Forestal los ha dejado sin trabajo y sin hogar. (…) Cuando algún obrero trabaja, como hermano de los que están en desgracia, reparte su jornal, y las galletas se distribuyen entre los chicos. Y es esto justamente lo que está ocurriendo en Villa Ana. Allí los obreros han sido maltratados por la gendarmería y echados a la calle por La Forestal. Entonces han huido a los bosques (…) y bien, allí ha ido la policía de Obligado como jauría a sacar ese criollaje. Allí van y los tirotean cazándolos como a fieras.”

A Lafuente se lo dio por muerto y esta barbarie empresarial fue silenciada y negada por mucho tiempo. Hubo quienes nunca olvidaron, como Gastón Gori. Ahora las luchas de aquellos hombres y mujeres del tanino quedan en aquella tierra extraña, enraizada como los quebrachos, partisanos de la memoria. 

(*) Alejandro Jasinski es historiador y periodista. Fue uno de los coordinadores del informe “Responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad: represión a trabajadores durante el terrorismo de Estado” y es autor de “Revuelta obrera y masacre en La Forestal: sindicalización y violencia empresarial en tiempos de Yrigoyen”. Está terminando una historia social de los pueblos forestales y la estrategia de La Forestal entre la masacre y el peronismo.